lunes, mayo 05, 2014

 Hoy es uno de esos días de mierda en los que sabes que todo va a salir mal. Para empezar, en Hannover hace sol. Cuando aquí hace sol las dudas acuden a ti como una borrasca, sabes que vas a salir a la calle con una camiseta de manga corta y encima un jersey, prevés un día apacible, tumbado en un césped leyendo a Cela u ocupando la tarde en la majestuosa tarea de mirar un cuervo andar sobre el tapete verde de la hierba. Pero cuando extiendes la manta y abres el libro de Cela, o miras al cuervo, un viento helado se adueña de tu cogote. Entonces ya intuyes que no hay remedio, que el frío se acoplará a tus huesos y éstos se partirán por la mitad como una manzana ante el mordisco de una serpiente, y te dices <<otra vez, Abraham, no vales ni para estar escondido>>.
No vales ni para estar escondido es la frase que más han utilizado mis allegados para referirse a mí. Con el tiempo, he tenido que darles la razón. Soy de esa clase de personas a la que todo le sale mal si en la tarea que tiene que llevar a cabo tiene que intervenir la virtud de la maña, de esa clase de gente que asume que si quisiera escaparse de la cárcel, fabricaría una pistola de jabón y la colorearía con betún negro, y no caería en la cuenta, apuntando con ella a dos guardias, de que cae un chaparrón descomunal y en la mano, en vez de una falsa pistola, sólo hay espuma de jabón, como le ocurre a Virgil Starkwell en Toma el dinero y corre, la película de Woody Allen.
Recuerdo una mañana que acompañaba a mi amiga Ana Rodríguez por Cádiz. Hubo un momento en el que necesitábamos coger un autobús urbano para ir a la facultad. Cuando metí el bonobús en la ranura, la máquina me lo devolvió. Lo volví a meter, y de nuevo me lo devolvió, así hasta que aquéllo se convirtió en una disputa personal entre la máquina y yo. El chófer, cansado de que la larga cola que había a mis espaldas mirara a los lados tamborileando en los cristales del autobús, salió de su cueva, me quitó con violencia el billete de la mano y lo introdujo en la ranura de la máquina, que picó el billete. Luego, el hombre me miró con compasión y me dijo: <<lo estaba metiendo usted al revés>>. Ana, que leyó el desamparo en mis ojos, se volvió para susurrarme: <<no te preocupes, Abraham, yo una vez dudé de cómo se abría una ventana, somos de esas personas que no está hecha para la vida cotidiana>>.
Saberme nulo para realizar cualquier actividad donde haya que involucrar la pericia, ya sea llenar un colchón hinchable, poner una mosquitera en la ventana, colocar la bisagra que se sale de la puerta o apretarle los tirantes del sujetador a Marian, me hace vivir alerta por si se requirieran mis manos para alguna de esas urgencias. Siempre envidié al Cuco, de hecho, cuando creía que era posible, yo quería ser como el Cuco. El Cuco es de esos amigos de quienes te sabes su número de móvil de memoria, que tienen la inhumana habilidad de arreglar igual de rápido el motor de un coche que el pomo de una puerta, que son capaces de arreglar las tuberías del fregadero o, si se diera la ocasión, de colocarle a Marian a la primera las tirantes del sujetador correctamente. Ansiaba la templanza del Cuco para hacer todas esas cosas. El Cuco, obviamente, fue el primero de nosotros en sacarse el carné del coche.  
 Un día, me dejó en sus manos la difícil tarea de recoger las hojas que dormían en su piscina, mientras él arreglaba el tubo de escape de su moto. Agarré el recogedor de superficies como el que empuña una bayoneta, dispuesto a acabar con toda la mugre que se empeña en vivir en las piscinas de la gente. Tras un largo rato evacuando hojas muertas que pululaban apelotonadas por las turbias aguas cloradas, comenzó la disputa con una hoja rebelde, que huía con gran destreza, y se escabullía cada vez que introducía en el agua el recogedor, ya fuera por la izquierda o por la derecha. Oí la moto del Cuco arrancarse, probándose con su nueva cilindrada, haciendo un gran estruendo en el vecindario, mientras yo, exhausto, seguía obcecado con la dichosa hoja. No recuerdo bien cuánto tiempo estuve luchando contra ella, sólo recuerdo que el Cuco se acercó, me quito disimuladamente mi arma y me dijo <<déjalo, Abraham, ya lo termino yo>>.  

Publicado en Arcos Información (23/09/2016)

Foto: Toma el dinero y corre. 

Publicado el lunes, mayo 05, 2014 por La enfermedad de las Turas

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martes, abril 29, 2014

    Es muy entretenido ir en un vagón del metro. Es más entretenido aún si vas en un vagón del metro que cruza la ciudad por las calles. Además hay días, en esta primavera alemana, en los que el sol consigue apartar forzosamente las dos columnas de nubes que oprimen el cielo. Si el sol alcanza a triunfar en su labor pertinaz, aparte de oír el suspiro de alivio de la ciudad, es interesante viajar en un vagón del metro que cruza las calles esta vez soleadas. Lo digo porque te sientas en la ventana en la que el sol puede colorearte la cara, te adormeces con sus cosquillas cálidas hasta que se adentra el metro en un túnel y te abofetea la oscuridad, pero no importa, porque cuando vuelves la vista al vagón, ves a una chica cruzada de piernas y riendo, no porque te hayas quedado dormido, sino porque siente la juventud trepar, entre sus piernas cruzadas, por el césped blando de sus sandalias.
Las sandalias son el mejor colorido que puede tener una ciudad. Recuerdo abril en un césped de un parque en el pueblo. Los chicos nos embrutecíamos hablando de películas de mafias, recreándonos en esos personajes italianos que tienen de nombre Sollozzo, Blasi, Corleone, Luchesse o Soprano, mientras las chicas estiraban al lado nuestra sus piernas moviendo coquetas los pies vestidos con sandalias, para llamar nuestra atención. Nosotros las ignorábamos porque éramos pobres. Fue más adelante cuando concreté en mi pensamiento que toda chica que llevara sandalias merecía la atención de mis ojos. Una vez caminaba, mientras amanecía, con una chica. Ella empezó a cojear, pero quizá el pudor evitara que no me diera el aviso de que había un problema. Yo había apreciado su vestido blanco, que resaltaba con su piel morena, pero cuando comenzó la cojera, miré sus pies, tallados a la perfección, pero dañados de dolor porque se había roto una sandalia. Nos sentamos y agarré ese pie con cariño, para que no se sintiera desahuciado porque su casa, la sandalia, ya no tenía arreglo.
Una mujer con sandalias es la belleza de nuestra juventud, uno aún se siente joven porque cuando llega esta época, alrededor tuya abundan chicas con sandalias y sentadas en un césped. Pedro Sevilla dejó de sentirse joven cuando miraba a unas jóvenes adolescentes con sus amigas en sandalias. En Adolescencia, de su poemario Tierra Leve, Pedro Sevilla nos dice lo siguiente: << Desde un exilio impuesto por los años, / hoy has vuelto a una patria de donde ya no eres. […] / Has vuelto de invitado a un solar que fue tuyo, / y aunque ellas te dejen frecuentar sus guitarras, / y oler en sus melenas el trigo de otro siglo, / sabes que es imposible, sin hacer el ridículo, / someterse a su ritmo>>. La juventud estará perdida cuando tu espíritu ya no pertenezca a esas chiquillas, cuando no puedas acompañarlas sentándote en el suelo para mirarles las sandalias: <<tú miras sus ojos, / sus cinturas desnudas como playas / para labios piratas, sus sandalias, / o la forma que tienen de sentarse en el suelo / y comprendes que es eso, la adolescencia es eso: / unos ojos muy limpios, un verso arrebatado, / y el raro privilegio de sentarse en el suelo / o andar casi descalzas por la calle>>.
La nostalgia de la juventud puede acrecentarse aún más si tienes una hija adolescente. Uno, que se ha contagiado de los poetas que añoraban la juventud, teme el momento en el que su casa esté inundada de chiquillas con olor a cuero de sandalias. Teme, incluso, enamorarse de la mejor amiga de su hija. Es como en otro poema de Pedro Sevilla, titulado Sensación de vivir, de su obra La luz con el tiempo dentro, en el que dice: <<no me provoques, hija mía: / no me traigas a casa tan dulces quinceañeras / de inexplicables ojos, de miradas / aún más inexplicables. Diles que no se pinten / los labios en mi espejo, que no te presten ropa. / No metas en mi infierno a esos diablos / que me tratan de usted. Sé buena hija / y evítale a tu padre el duro lance / de morirse de amor por tu mejor amiga>>.
Yo supongo que la muerte sonará a pasos de sandalias alejándose.  

Publicado en Arcos Información (09/09/2016)

Foto: Marilyn Monroe y Dan Dailey. 

Publicado el martes, abril 29, 2014 por La enfermedad de las Turas

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martes, abril 22, 2014

 Me suele ocurrir cuando acaece algo descorazonador y me voy a la cama. Por ejemplo, puede pasar que esté preparado para ver un buen partido de fútbol, con el sillón frente por frente de la televisión, una lata de Coca-Cola que me he tomado la molestia de mantener fría toda la tarde, tan fría que pueda dibujar garabatos en su escarcha. La abro con la seguridad de que es imposible acabar mejor un día. Doy el primer trago, largo, masoca, porque el gas dará puñetazos en mi garganta como si fuera Manny Pacquiao, pero no me importa, ahí se puede acabar el mundo si quiere. El olor de la pizza me invita a que vaya a recogerla. Cuando abro la puerta del horno estoy alerta, como el comandante que le pide a sus soldados que no pisen por si acaso, que puede haber minas. Meto la mano en el horno, pero no estás hecho para tener control sobre tu cuerpo, pierdo la noción del espacio y rozo el techo del horno. La fatalidad me ha tocado el hombro. Veo el partido como si no hubiera pasado nada, pero la quemadura, la molesta quemadura, ha ennegrecido el placer. Cuando vaya a la cama el revólver estará apoyado en la sien. Seguramente.
Antes de que el revólver aparezca, ideo la huida. Pero los cobardes no somos capaces de ingeniar la fuga, aunque tampoco haya que ir muy lejos. A ti te gustaría ser como Henry David Thoreau, que para huir se construyó una cabaña donde leía a los clásicos, observaba la naturaleza y escribía, porque la escritura, a fin de cuentas, es una excusa para evaporarse de uno mismo. Te decides a marcharte, con cuatro trapos y una tristeza muy rara, pero cuando te sientas al borde del colchón y metes los pies en las zapatillas, contemplas ataúdes, como aquellos versos de Nicanor Parra que decían Sepan que desde ahora en adelante / los zapatos se llaman ataúdes. Entonces vuelves sobre tus pasos, mirando el culo del revólver que se asoma a fogonazos, con la luz de la cruz de la farmacia de fondo, por el cajón de la mesita de noche. Aprietas los ojos para no ver nada más y te aferras al nórdico, como si debajo de él fueras capaz de sobrevivir a un naufragio.
No es un afán de tremendismo lo que te sujeta a pensar en revólveres y ataúdes, es la merma, la misma de Bukowski, que puede hacer que te vengas abajo porque te has quemado con el horno, o porque tu hermano te ha ganado a un juego de la consola, o por causa / del mensaje en una / galletita de la suerte. No sabes aún cómo te has salvado del revólver, pero tanto pensar en él te ha sometido a una tristeza irónica, a alguna oscuridad, como aquel poema de Luis Antonio de Villena -su poesía rebosa merma-, en el que afirma que pensó en el suicidio de chiquillo, pero que fue pasajero, eso sí, del suicidio no quedó, lógicamente, / más que una notoria disposición a la bruma / y la fraternal nostalgia hacia todas las caídas. Yo si caigo, caigo con mi revólver.
El caso es que cumplo años y el revólver ha vuelto a acecharme por las noches. No soy muy viejo, supongo, pero he jugado demasiado con los ataúdes. Uno lee las Soledades de Machado y parece que estuviera hablando un hombre muy mayor. Yo creo que me he contagiado de ese espíritu. Ves tambalearse la veintena cuando todos los futbolistas son menores que tú. Cuando caes en la cuenta, oyes un zumbido pasar al lado tuyo, como el de un tren cuando se adentra en un túnel, y recuerdas al amigo que es mayor que tú y te decía <<ya te llegará, ya>>. Porque hubo una época en la que te creías intocable. Incluso te llegaste a reír del Tiempo. La merma pasará, porque la nostalgia también necesita descanso. Así que beberé la noche de mi cumpleaños y fumaré, y cuando llegue a casa y abandone la Fosters en la mesita de noche, una mueca asomará debajo de la barba. Dormiré a pierna suelta, como se duerme cuando se oyen tambores de resaca. Será ahí, en la resaca, cuando vuelva a escudriñar los menesteres del revólver.

Foto: Francis Ford Coppola.   

Publicado el martes, abril 22, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, abril 07, 2014

 Durante la infancia alcanzamos el nivel de salvajismo idóneo que añoramos con la madurez. Si tenías una buena tarde, habías jugado con alacranes, te habías roto los pantalones jugando al fútbol, te tirabas con cartones por los cerros abruptos de tu barriada -aún agradezco la suerte de sobrevivir a aquéllo- o te meabas en los muros de la escuela -aun sin conocer las peripecias de los poetas del 27 meándose en los muros de la Real Academia-. Recuerdo una tarde en la que jugábamos al fútbol en el patio central de la barriada donde solía ir a pasar mis ocupadas tardes. Una de las vecinas del bajo salió de su casa para increparnos que no le dejábamos descansar con el ruido de los balonazos. Recogimos nuestro balón y cuando la señora se metió de nuevo al salón y se incorporó en su sillón, los diez chiquillos empezamos a disparar contra las rejas de su ventana, como si hubiera un ejército japonés al otro lado del cristal. <<Ahora sí que le van a molestar los pepinazos>>, sentenció Juan. Una docena de chiquillos enfadados son capaces de ocupar un país como Luxemburgo.
La infancia acude a ti siempre que te mesas la barba. Siempre que te mesas la barba o cuando la desolación te toca en el hombro. La desolación tiene muchas maneras de vestirse, puede presentarse cuando no puedes subirte la cremallera del vaquero o cuando apuras el último trago de Gin Tonic y el camarero corta la música. En ese momento hueco, en el que ni tú ni los de tu alrededor sabéis qué ha pasado realmente, adquieres la clarividencia de un poema de Pedro Sevilla y te dices <<yo pagaría oro, vendería mi alma, / por volverme otra vez / niño de calzón corto saliendo de la escuela / camino de los brazos de mi madre>>.
Aunque para ser justos, hay que reconocer que la infancia también te ofrece momentos malos, como cuando hacías alguna trastada y el salón de tu casa permanecía en silencio. Es lo que me ocurrió otra de las tardes. Ya había acabado de dar balonazos en las rejas de alguna vecina y me dirigí a casa de mi abuela, que era donde me esperaba mi madre. Crucé la calle pensando en el bocadillo y no me percaté de que un coche venía en mi dirección. La Renault Express -imposible olvidarme- quedó a un centímetro de mi flacucha pierna. Corrí a casa de mi abuela sin hacer caso a los improperios que el señor que conducía me escupía. Cuando llegué por fin, mi madre no dijo nada. No dijo nada hasta irme a dormir. Antes de cubrirme con la sábana, justo antes, me dijo <<es a ti a quien ha ido atropellando un coche en la calle de la abuela>>. El miedo se me subió por las piernas. Sólo una madre sabe meterte ese miedo en el cuerpo con un puñado de palabras susurradas.
La mejor habilidad que adquirí en la infancia fue robar. Cuando nos agotábamos de hacer tropelías y nos entraba hambre, robábamos tabletas de chocolate. En realidad, yo era el encargado de robarlas. Sólo utilizaba un método, la inocencia. Entraba en el supermercado y sonreía a las dependientas que por lo general conocían a mi abuela, mis tías y mi madre. En ningún momento esas dulces señoras sospecharían que un niño menudo y bueno fuera a introducirse en la chaqueta algunas tabletas de chocolate, como en Paper Moon ninguna anciana sospecha que va a ser estafada por una niña rubia con un gracioso sombrero. Lo justo para esas trabajadoras hubiera sido darles la información de lo que estaba dispuesto a ejecutar, como hacía Tito Juanma, un admirado personaje de mi pueblo, cuando era empleado de un banco y estaba cansado de engañar a la gente. Recibía a las jubiladas con una sonrisa dulce detrás de la ventanilla, las señoras le entregaban la cartilla a actualizar y le daban los buenos días. Él recogía las cartillas por debajo del metacrilato con la suavidad con la que un jugador avanzado de póker desliza su carta sobre el tapete para que no sea vista, y en un tono amable, con la cartilla de la señora abierta y los codos apoyados en su mesa, le contestaba: <<buenos días señora, aquí estamos para robarle>>.  

Foto: Paper moon. 

Publicado el lunes, abril 07, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, marzo 31, 2014

En el mejor de los casos, los cobardes, somos conscientes de que estamos ante un peligro. No somos como Tony Soprano, capaz de hurgar durante días con la mirada las acciones de los que le rodean, sabedor de que algún peligro está por venir. Mediante la radiografía meticulosa, reflexiva, Tony Soprano es capaz de anticiparse al peligro. Una vez Dostoievski estaba en peligro y también supo anticiparse. Se encontraba endeudado y Stellovski, su editor, le exigía la entrega inmediata de una novela, de la que el novelista recibió un anticipo que no tardó mucho en fundirse, probablemente en el juego. Por recomendación de un amigo, Dostoievski contrató los servicios de una secretaria, Ana Grigórievna -que más tarde sería su mujer- , para que escribiera a todo trapo lo que el ruso le dictara. En una semana Dostoievski terminó El jugador.
A falta de unas horas para que terminara el plazo, fue a entregársela a Stellovski, pero el editor no se encontraba, había salido de viaje. Los cobardes nos hubiéramos secado el sudor de la frente ante la mirada insensible de una secretaria. Dostoievski adivinó que los planes de Stellovski eran apoderarse de sus derechos como novelista, apretó el manuscrito contra su cadera, dio la media vuelta y entregó la novela en la comisaria del distrito para que constatara que su parte del trato se había cumplido a tiempo.
Hará unas semanas, mientras intentaba descifrar una oración en alemán, oí que la puerta de casa se abría acompañada por un barullo de voces. Fue todo muy rápido. Cuando salí de la habitación, un viejo borracho me increpaba con la lengua del diablo y otro señor intentaba sacarlo de dentro de mi casa. Empujé la puerta con el pie y giré dos veces la llave. Al mirar atrás Zeus me miraba como un niño miraría a su dibujo animado favorito borracho.
Marian y Virgina llegaron más tarde. Le explicamos lo ocurrido como una miserable anécdota. Todos reíamos y hablábamos sobre qué íbamos a hacer para cenar. <<¿Qué tenéis pensado hacer con esta cebolla que está cortada?>>, dije. <<Yo no he cortado cebolla>>, contestaron los tres. Nos miramos y nos reímos, pero muy nerviosos. Un señor borracho había estado jugando con un cuchillo en la cocina de nuestra casa y nosotros ni lo habíamos sospechado. Yo intenté tirar la cebolla que había en la cacerola, pero sentía mucho asco. Después del susto inicial, intentamos dejarlo pasar, pero el viejo había entrado por las rendijas de nuestro miedo como un hongo en la piel, sin que apenas te dieras cuenta. A los días siguientes parecía que todos lo habíamos olvidado, pero mientras fregaba los platos, Virginia preguntaba <<¿qué aspecto tenía?>>, o Marian <<¿y qué te dijo?>>. El borracho se había instalado en la casa junto con la monotonía, yo aún no era consciente de que estaba frente a un peligro, soy ese tipo de cobardes que advierte que la cosa va en serio cuando el cuchillo ya ha perforado el vientre.
No sé cuántos días pasaron hasta llegar a hace cuatro noches. En el silencio, Hemmingen no suena a grillos, suena a cuervos. Cuando oyes un cuervo en lugar de la película que estás viendo es porque algún peligro te preocupa. Pero ya os he dicho el tipo de cobarde que soy. Oímos la cerradura de la entrada y sin decirnos nada nos pusimos de pie. Abrí la puerta de mi habitación y la casa estaba a oscuras, pero yo sentía la presencia de alguien. Imaginé cómo actuar: Me escondería detrás de la puerta de la cocina, el intruso no me vería ni sabría que estaba fuera de mi habitación, y cuando lo localizara bien, en el momento en que intentara hacernos daño, lo atacaría por detrás con una tanza de pesca y lo estrangularía, como Sollozzo con Luca Brasi en El Padrino. La puerta del cuarto de baño se abrió y apareció Zeus, que venía de la calle. Me encontró lleno de pánico y concentrado para actuar. <<Pensé que eras el viejo que peló la cebolla>>, le dije. <<Joder macho -me dijo Zeus con acento madrileño-, puto viejo, nos está jodiendo la vida>>.  

Foto: El Padrino I. 

Publicado el lunes, marzo 31, 2014 por La enfermedad de las Turas

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martes, marzo 18, 2014

 Últimamente no pienso mucho. Nunca he sido un gran pensador, pero al menos me esforzaba. Por ejemplo, si hacía un poema y la coma era inasible, luchabas contra ella como contra el abre fácil del paquete de jamón de york. La coma se anquilosaba al final del verso, y con la puntita de la uña empezabas a hurgarla, intentando que se despegara del lugar donde te declaraba la guerra. Pero sólo lo hacía lo justo para, a la siguiente palanca que hicieras, desaparecer. Entonces la única solución era acudir al tajo, despedazar la pieza entera para poder degustar debidamente el sabor del poema. Luego, en la cama pensabas durante dos horas, quizás tres, en cómo ubicarla debidamente para no tener que acudir a esos destrozos. Yo creo que alguien se puede volver loco con una coma.
La coma era parte de tu lenguaje interno, aquél que sólo entendías tú y querías hacer llegar a una decena de lectores. Te peleabas con ella porque no sabías comunicarte contigo mismo, y eso es dañino. No poder comunicarte con otras personas es arduo, pero no requiere mucho pensamiento, lo dejas ir. <<Ya nos entenderemos>>, piensas. Por eso os decía que últimamente no pienso mucho. En clases de alemán somos dos sudaneses, una eslovaca, dos polacos, un armenio, una rusa, una griega, un turco, un marroquí y yo. Cuando alguien intenta decirle algo a otro, el otro adquiere la expresión de un soldado en plena batalla al que su compañero le dicta las coordenadas por donde moverse, pero que no oye por el ruido de los explosivos. Salvo con la chica griega, con la que de vez en cuando chapurreo el inglés, con los demás me limito a sonreír de la manera más bondadosa que puedo. Me da mucho respeto la situación de cada uno de ellos. Del chico sudanés me imagino el achaque de su travesía. Seguramente haya estado en muchos lugares antes que Alemania. Es tímido y no se entera de nada. Cada vez que salimos a fumar se acerca a mí, me ofrece papel e intenta entablar conversación con algo de inglés. Yo le sonrío, es la única forma que tengo de decirle que estoy con él, que intentaría ayudarlo en todo lo que necesitara. De la Rusa me pregunto si conoce a Dostoievski o a Chéjov.
Pero aunque queramos mostrar suavidad en los gestos, la violencia acude a ti a la que cambias una d por una t en la pronunciación. Es una violencia masticada, de muchos días atrás. Asientes con la cabeza y el rostro serio. Intentas dejarla pasar, pero vuelve al otro día y al otro. El turco te pide el bolígrafo, te envalentonas y le contestas en alemán que sólo tienes un bolígrafo. Él mira a su colega marroquí, con el que habla en sabrá Dios qué lengua y ambos empiezan a reírse. Te dan ganas de ser Joe Pesci en Casino y comenzar a reírte con ellos, para aumentarle el volumen de sus carcajadas, para que vean que estás con ellos y cojan confianza. Y cuando el descojone alcance su momento más lúcido, agarrarle la mano, apretársela contra el pupitre y asestarle tres cuchilladas con el dichoso bolígrafo. También te dan ganas de ser Unamuno cuando ofrecía una conferencia y dijo Shakespeare tal como suena en español. Un oyente, queriendo quizás que el auditorio supiera que tenía algunos conocimientos del idioma anglosajón, le corrigió, y le dijo que no se pronunciaba Shakespeare, que se pronunciaba Shekspir. Unamuno miró a los presentes, asintió, y siguió su conferencia explicándola en perfecto inglés. Pero claro, nunca serás Unamuno.  

Foto: Joe Pesci. 

Publicado el martes, marzo 18, 2014 por La enfermedad de las Turas

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martes, marzo 11, 2014

 Para que la vida no te atropelle de sopetón, es bueno no acudir al pasado. El pasado hay que auscultarlo minuciosamente. Ya Darío dedicó un poema a las personas que auscultan el dolor por la noche, y por extensión, sabemos que casi todos los dolores provienen del pasado. Darío lloraba en su poema Nocturno entre otras cosas la pérdida de un reino. Todo el mundo tiene un reino que proteger. Hay quienes tienen que proteger una hegemonía y quienes, como yo, protegen el recital semanal de empuñar una Fosters de medio litro. Se puede dejar de comprar el pan, incluso de ver el fútbol, pero a una Fosters no se falta. Después que sea lo que dios quiera.
Para proteger un reino hay que saber no quedarse sin respuestas. Don Draper, a base de tapar los agujeros de su pasado y de cambiar decisiones en el momento preciso, sigue manteniendo su dominio en el mercado publicitario. <<El cambio no es bueno ni malo, es simplemente cambio>>, dijo alguna vez. Aunque su castillo de fichas de dominó parece que pronto será derruido por el toque minúsculo del dedo índice del destino, Don Draper sigue disfrutando de Manhattan gracias a su control sobre el pasado. No le pasó lo mismo a Gregorio Olías, el protagonista de Juegos de la edad tardía, de Landero. Olías era de esas personas que construyen una familia por costumbre. Tenía un trabajo normal, una mujer bondadosa y una suegra inaguantable. De niño quería ser poeta. Un día, una llamada despierta de sopetón su pasado. Con la llamada de Gil, un compañero de trabajo que tiene que hacerle los pedidos de la empresa, Gregorio se zambulle en su pasado e intenta vivir en él. El resultado es desastroso. Pierde su reino, el del sosiego del hogar al que estamos destinados los mortales sin ningún don, por no saber auscultar que lo de ser poeta eran chiquilladas.
Para perder un reino no hace falta ser Gregorio Olías. También los poderosos son capaces de perder reinos. Tan sólo hay que leer cualquier novela de Fitzgerald para darse cuenta. Pero la pérdida de un rico es lenta, tiene margen para esconder carencias y un pasado glorioso al que agarrarse. El Barça, al que no hace mucho le brillaban los zapatos y tenía la corbata bien anudada, le está pasando eso mismo, tiene un pasado espléndido al que agarrarse. En lugar de asumir el problema, se viste con el mismo traje, se echa el mismo perfume y sonríe de la misma forma. Pero va de resaca a los sitios. Quizá el Barça necesite olvidarse de si tiene la camisa coja. Es momento de sobrevivir, pero sin acudir al pasado, no vaya a ser que le ocurra como a Joe Gillis, el protagonista de Sunset Boulevard. Gillis intenta sobrevivir y pagar su hipoteca aprovechándose del pasado de una actriz de cine mudo que no acepta que sus días de gloria ya pasaron. Al Barça los días de gloria se le pasaron, pero se empeña en vivir en una mansión de Sunset Boulevard, inconsciente, quizás, de que un día puede amanecer flotando, como Joe Gillis, en una piscina. 

Foto: Sunset Boulevard, Billy Wilder (1950)  

Publicado el martes, marzo 11, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, marzo 03, 2014

 <<Hacer los ejercicios de alemán, echar currículums, preparar la clase para Alina, hacer la cena y el almuerzo para mañana, escribir>>. Me he comprado una agenda. Estaba ya cansado de tanto desorden. Uno tiene que agarrarse a algo para que tomen forma los días, aunque sólo sea ir a recogerle el recado a tu madre, un tweet de buenos días, esperar el partido de Champions, sujetar la guitarra mientras miras el póster gastado de El club de la lucha. Yo he preferido comprarme una agenda. Antes, cuando lo más interesante que hacías durante el día era traducir frases de Latín, había veces que la vida sólo era aburrimiento. Pensabas que todo era una mierda, y te dabas un empujón de ánimos oteando un futuro memorable. Te decías: <<no te preocupes, dentro de pocos vivirás en una ciudad>>. Y cuando vivías en una ciudad: <<no te preocupes, pronto vivirás en otro país>>. Así que aquí me veo, en otro país y con una agenda.
Lo malo de mi agenda es que también te marca las horas. Es decir, tiene hojas divididas en líneas horizontales precedidas por una hora. Lo de abandonar el desorden no me está resultando tan difícil, pero apuntar mis labores encima de una línea que me está avisando de lo rápido que se agota mi tiempo me da pavor. Cada puntada de mi bolígrafo suena a sentencia de minutero. Además del desorden, estoy abandonando los bares. La cosa se pone grave. Creía que me resultaría más complicado no abrazarme al Gin Tonic, pero no es lo que más echo de menos. Es extraño pero echo de menos la gente de los bares. El amigo que sólo ves en los bares y al que entre semana ni siquiera le abres la puerta de la memoria. Ese tipo de persona que sonríe todo el tiempo en un bar, que da conversación a todo el mundo, que te invita de vez en cuando a una cerveza y te dice que muy bueno lo que escribes en el blog, aunque tú dudas de si realmente lo ha leído.
Es la gente que hace de cada trago un borrón en la línea horizontal de su agenda. Que celebra que no hay absolutamente nada que celebrar, pero bebe mirando para todos los lados con el vaso a la altura de la barbilla. Un amigo solía decirme cuando veía una persona así: <<Fulanito lo tiene que estar pasando mal, se ríe demasiado en los bares>>. Y yo le daba la razón. Me preguntaba cómo sería la resaca de Fulanito.
Esas personas me recuerdan a un iceberg. De un iceberg podemos contemplar su punta majestuosa y brillante cuando nos asomamos al balcón de un trasantlántico, pero desconocemos si está agrietado por dentro. Son como la joven americana del relato El gato bajo la lluvia de Hemingway. En ese relato, una joven pareja norteamericana se hospeda en un hotel de Italia. Mientras él lee, la joven divisa por la ventana de la habitación un gato que se está mojando por la lluvia, y decide bajar a buscarlo. En el trayecto a la intemperie, la mujer se siente complacida por el dueño del hotel, aunque el propietario la trata como a un cliente más. Cuando sale al exterior, el gato se ha ido. Su criada llega con un paraguas para protegerla de la lluvia. La joven se encapricha con el gato, y cuando sube a la habitación le recrimina a su marido que quiere a ese gato. Él sigue leyendo e intenta no hacerle caso, pero ella ya tiene la necesidad del gato. En el relato se nos muestra un capricho, pero se nos esconde la grieta que causa ese capricho. Como el amigo del bar, o como uno mismo en un bar, que deja las fisuras en las profundidades para alejarlas de los ojos, y luce un vaso y una sonrisa como la punta esplendorosa de su iceberg.

Foto: Mad Men.  

Publicado el lunes, marzo 03, 2014 por La enfermedad de las Turas

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