viernes, octubre 21, 2016

 El fin de semana pasado estuve en Londres por motivos de trabajo. Mi misión en la capital del vértigo era la de dar una clase de muestra de español. El recinto donde debía impartirla era un espacio amplísimo, donde distintas academias dedicadas a la enseñanza del español como lengua extranjera ofrecían sus virtudes, en una lucha sutil, parecida a la esgrima, por captar clientes. Había eslóganes variados, ofertas variadas, atenciones variadas. Hasta ahí todo normal. Sin embargo, el día me iba a dejar algunos huecos para la sorpresa y la resignación. El primer pasmo me lo originó el anuncio de una academia de Valladolid y su correspondiente anuncio: «Aprende el español de Valladolid». Esa academia consideraba que la vertiente hablada en el centro de España era la única e indiscutible para aprender un buen español. La segunda sorpresa vino dada de la boca de un chico mallorquín, profesor de español, en una conversación mantenida debajo de un techo donde nos protegíamos de una lluvia feroz que amenazaba con dejarnos fríos los zapatos. Al escucharme hablar, pronunció: «tu acento es muy fuerte, espero que no enseñes así español». El joven entendió, que al tener yo acento ceceante y al hablar entrecortando las palabras, no era capaz de asumir que la lengua que yo enseñaba era español, y que en mis clases podía cometer el desliz de olvidarlo. En definitiva, creyó que por ser ceceante y entrecortar las palabras mi capacidad de enseñanza era inferior.
La estupidez es un arma que te otorga la ignorancia, y si la lengua es el instrumento que se erige en la discusión, los españoles hemos demostrado de sobra que somos muy estúpidos. Esto que voy a intentar aclarar es algo muy manido y que me produce mucho sosiego. A su vez, considero necesario no olvidar el tema y sacarlo de vez en cuando a la intemperie, no vaya a ser que a los hablantes españoles, y a los propios ceceantes, se les olvide. Cecear no es hablar mal el español. El ceceo es una característica fonética que viene determinada por la zona geográfica en la que naces, al igual que la pérdida de la ese implosiva -la ese final de sílaba-. Podríamos aburrirnos con la cantidad de particularidades fónicas que nos ofrece el andaluz, pero no es el caso. Lo que importa de veras es que se manipule, que se haga creencia aquello de que porque no pronunciemos las eses no somos capaces de ejercer bien nuestra lengua. Perdonen, pero no. Ni el andaluz es la peor de las vertientes que se encuentra en el español, ni España es el único país que ofrece distintas formas de hablar una lengua.
Yo invito, ya que antes les hablé de esgrima, a cualquier castellano parlante, a cualquier andaluz remilgado, a cualquier catalán sobrentendido y a cualquier habitante ibérico, a que encuentren en el texto o en el habla de cualquier ceceante consciente de la lengua española, algún dequeísmo, queísmo, laísmo, leísmo o estructura sintáctica incorrecta. Fenómenos que, dicho sea de paso, son los que realmente malforman la estructura del español, y cuyos usos no lo da ser ceceante, ni mucho menos, sino el conocimiento de la lengua que tengas. Aburre que cuando vayas a alguna entrevista de trabajo dudes si hablar con ceceo o si no, que cuando te encuentras en una reunión con españoles debajo de la mesa resbale una sonrisa burlona, maliciosa. Y aburren más aún aquellos ceceantes que se aventuran a estudiar en otras ciudades y vuelven al pueblo pronunciando una ese tan resbaladiza que en lugar de escuchar a una persona parece que tienes en el oído un panal de abejas. Pronunciar las eses de una forma u otra no es nuestra elección, es algo que nos determina el medio. La estupidez y la ignorancia, sin embargo, sí están reñidas a nuestras preferencias. No eliges una característica fonética como tampoco eliges los padres que te tocan. Ceceantes, no se escupan a ustedes mismos. 

Publicado en Andalucía Información (21/10/2016)

Publicado el viernes, octubre 21, 2016 por La enfermedad de las Turas

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martes, octubre 11, 2016

 Internet se ha convertido en una sarta de comunicados. O mejor dicho: en una batidora donde es de obligado cumplimiento dar tu opinión sobre la sarta de comunicados. La polémica funciona muy bien en el medio, y el comunicado también. Hay comunicados para todo: desde la persona anónima que comunica que es el cumpleaños de una persona muy especial, al comparsista que comunica el alta y la baja de algún componente, como si de un football manager se tratase. En otra liga, juegan los renombres, es decir, el personaje de relumbrón que precisa del comunicado para darnos ésta u otra noticia. En la última semana, ha destacado mucho un comunicado que ha abierto a golpe de azada un sendero lleno de espinas y rencores que ha tenido en vilo a los usuarios y ha descorchado la botella de las opiniones en internet. Y no hablo de las polémicas declaraciones del “Pichu” Cuéllar. Me refiero a la ingente disputa entre dos de los raperos más reconocidos de esta nuestra querida España: Rafael Lechowsky y Kase.O.
Han leído bien, el rap ha sido noticia en España. Este hecho hubiera sido difícil de imaginar por aquellos chavales que, como yo, al inicio del año 2.000 debatían en los parques sobre qué estilo dominaba España, si el estilo de Zaragoza o el de Sevilla. Curiosamente, los dos implicados en la disputa resultan ser de la escuela de Zaragoza, y ambos han formado parte en mi imaginario del MC perfecto. Mi admiración hacia ambos ha sido suma. Kase.O me ha parecido siempre el mejor letrista español (ya cumplidos unos años, me cuestiono esta sentencia, pero la duda sigue ahí), y Lechowsky me ha aportado en alguno de sus discos la lírica y la templanza que requería en mis escuchas. Incluso quizás haya grabado uno de los discos que yo siempre he querido grabar. Pues bien, la situación es la siguiente: Rafael Lechowsky acusa de plagio a Kase.O por su tema Basureta, incluido en su último disco titulado El círculo. Pero no reclama versos, sino el concepto de la canción. Al parecer, Kase.O habría copiado al otro rapero zaragozano el rapeo llorado con que se exhibe en el mencionado tema. Y, cómo no, Lechowsky lo denunció a través de un comunicado.
El rap con el que mi generación y la anterior ha crecido está en sus horas más bajas. Se trata de un rap inmaduro, que no ha sabido sufrir la evolución lógica de un movimiento, ni musical ni en cuanto a letras se refiere. Muchas veces me culpo como público por no ser flexible, y me castigo recordándome mi edad. Pero esta flagelación debe valer también para los artistas que hacen rap, y que siguen grabando los mismos discos que hace veinte años. Si un servidor tiene 29 años, y ha terminado hastiado de un género musical que se ha quedado anclado en las métricas y ritmos que cualquier quinceañero de ahora puede ofrecernos, cómo no voy a exigir que los artistas que ocupan las ventas de discos no nos ofrezcan algo distinto.
De hecho, el público de rap está cambiando, así como la forma de hacerlo. Ha surgido un nuevo género, o una nueve vertiente, como prefieran llamarlo, denominada trap. Personalmente, no es de mi agrado, pero nadie puede negar que ha nacido como rebeldía a los ritmos vetustos que el panorama del hip-hop nos estaba ofreciendo. Y que haya estilos nuevos se agradece. Por eso, lo ocurrido entre Kase.O y Rafael Lechowsky me parece tan triste. Lo es porque dentro de esa música vieja, repetitiva y tediosa, eran los dos raperos que, por la calidad de su lírica, permitían, al menos a mí, que volviéramos a la inocencia de un género que era como un océano, de las múltiples combinaciones que ofrecía. Sin embargo, con esta polémica absurda, han empañado lo poquito bueno que nos quedaba de aquello: cuando amábamos un graffiti, cuando recitábamos sus frases y nos pasábamos la lengua por los labios para rebañar el calimocho.

Publicado en Arcos Información (7/10/2016)
Foto: Kase.O
 

Publicado el martes, octubre 11, 2016 por La enfermedad de las Turas

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martes, julio 26, 2016

 En baloncesto, existe un elemento que, a pesar de no ser animado, cambia completamente la concepción del juego. Sin él, este deporte pasaría a ser otro totalmente distinto. Os hablo del tablero. Un tablero de baloncesto se levanta imperioso sobre los cuerpos que van a luchar, de forma descarnada, por introducir el balón en el aro. En la reputación del baloncesto actual, usar el metacrilato parece que es una forma ruin de practicarlo, es la manera sucia de meter una canasta, el camino fácil que deshecha la floritura, arte principal por el que la chavalería se introduce en este juego. Sin embargo, también existen los metódicos, quienes teorizan sobre el arte de pivotar sobre sí mismo, sobre las características de la asistencia y la efectividad del tablero. Cuando comencé a jugar, me instruía un maestro gallego que estaba de paso por el pueblo. En su afán porque ejecutáramos un baloncesto minucioso, siempre nos gritaba: «¡Buscad el tablero. Hay que buscar el tablero, carallo!». Por aquella época brillaban, sin astro capaz de asomarse ni siquiera a sus tobillos, Kobe Bryant, Jason Williams, Shaquille O´neill, Vince Carter... y en un rincón apartado, sin masas aduladoras, se encontraba uno de los jugadores más perfectos que ha dado la Historia: Tim Duncan.
Tim «Siglo 21» Duncan, como el genial Andrés Montés lo apodaba, ha sido el mejor jugador que he visto usando el tablero. Si uno observa de lejos a Duncan, puede pensar que es jugador de baloncesto por su altura. Lo demás que nos ofrecen sus facciones es una persona ausente, taciturna, que está en el mundo por estar. En resumidas cuentas, nunca pensaríamos que se trata del mejor ala-pívot que haya parido una cancha. Duncan es el baloncesto -perdonen que caiga en este tópico manido y redundante, pero no se me ocurre otra sentencia para catalogarlo-. Si uno ve a Duncan jugar, observa cómo utiliza todos los movimientos que nos enseñaron de pequeños, con la diferencia de que él los ha usado enfrentándose contra armatostes que se hacían aún más grandes a golpe de pesas y de dólares, en el poco desdeñable periplo de 17 años.
Luego está su carácter, silencioso, como un espectro por la pista. Escribiendo este artículo he intentado recordar un mal gesto de Duncan, pero no hay manera de que acuda ninguno a mis recuerdos. La revista de baloncesto Kia en zona publicó hace unos días un post del facebook de Etan Thomas, ex-jugador entre otras franquicias de Oklahoma City Thunder, en la que el pívot contaba una anécdota que define a la perfección el carácter de Duncan sobre una cancha de baloncesto. Según Thomas, encaró a Duncan dando dos pasos y alejándose de él para que no lo taponara, soltando un gancho que finalmente fue bloqueado. En la jugada siguiente, cuando ambos corrían hacia la otra canasta, Duncan le dijo al oído: «Ese fue un buen movimiento, pero tienes que meterte más sobre mi cuerpo, así o sacas falta o al menos yo no puedo taponarlo».
Tim Duncan es la antítesis perfecta de Guti. Si el ex-jugador del Real Madrid ha sido durante toda su carrera la «eterna promesa», Duncan ha sido para nosotros el «eterno retirado». No ha habido playoffs de los últimos cinco años en el que no hayamos lamentado que era el último partido del 21 de los Spurs. Cuando más convencido estuve fue cuando falló una canasta medio fácil en el séptimo partido de las Finales de 2013 contra Miami Heat, canasta que le arrebataba el anillo. Después del fallo dio dos palmetazos en el parqué que inducían a pensar en la catástrofe. Perdió, pero no se retiro. Al año siguiente barrió a los Heat 4-1, para adjudicarse el 5º anillo de su carrera. Pero ahora sí, ahora sí se ha retirado Tim «Siglo 21» Duncan. Me he imaginado a Gregg Popovich llorando. Y no es para menos. Para muchos, también se nos ha muerto una parte del baloncesto.

Publicado en Arcos Información ( 22/7/16)

Publicado el martes, julio 26, 2016 por La enfermedad de las Turas

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viernes, julio 08, 2016

 Uwe era un alemán escurrido como una calada de cigarro. Durante una semana, era el encargado de llevarme desde Prado del Rey hasta Suryalila, un retiro espiritual en el que lo más trascendente era si la Coca-Cola podía servirse bien fría, y en el que tenía que impartir unas clases de español. Ante mis sospechas sobre por qué ese individuo con ojos de búho vivía en Prado del Rey, él me contaba, de manera entrecortada, pues su español era muy pobre, y con una ironía robada de cualquier tasca, que le gustaba la tranquilidad del pueblo y que estaba cansado del ajetreo de la gran ciudad. Tópico entre los tópicos. Sin embargo, nunca he llegado a comprender la manía de los habitantes de grandes urbes de dejarlo todo y mudarse a un pueblo.
Hay una serie que veo ahora donde un pueblo costero alejado de Nueva York es tan protagonista como los personajes que circulan en ella. En The affair, Montauk extiende sus brazos invisibles al cuello de sus habitantes. La asfixia parece ser calmada cuando Alison, su protagonista, acude al mar en busca de una música silenciosa que apacigüe tanto aullido. Pero el mar le bufa, ladra, maúlla y se la come viva. No es un pueblo todo lo apacible que deseamos. Los seres que viven en él son demasiado taciturnos, refugiados en los bares, con mucho tiempo libre. La palabrería circula por las aceras como un niño en bicicleta. Un pueblo nunca indulta la culpa. Un pueblo es Comala, Macondo, Sonora, donde la aridez del terreno influye tanto en el día a día de los habitantes como peinarse o abrocharse una camisa.
De mi pueblo, Arcos de la Frontera, dicen que es el que mayor número de poetas por metro cuadrado tiene. Quizás no les falte razón. Antonio Hernández, uno de los grandes poetas que ha crecido en estas paredes que hipan desconchones, y que ostenta un currículo literario que ya quisieran muchos, afirmaba sin vergüenza ninguna en una entrevista concedida en el año 89: «Yo ni siquiera soy el mejor poeta de mi pueblo». Quien sea forastero, y analice el historial de Hernández, probablemente advierta en las palabras del escritor cierto afán de falsa modestia. Sin embargo, ese individuo estaría muy lejos de la realidad. En Arcos cada poeta que se atreve a jugar entre asonancias y metros, hinca una rodilla en el suelo y se signa cuando se menciona a Julio Mariscal.
Las calles de Arcos son motivo de metáfora en innumerables ocasiones en las obras de mis paisanos. Pepa Caro, una de los muchos poetas que tenemos, incluso dedica un poemario entero a hablar de ellas. En Las calles de la lluvia, el agua aparece como una melena con cuchillas dentro. Ni el verso manso y lento es capaz de aquietar tanto agüacero. «Nadie quería la lluvia / en esta calle. Nadie», dicen algunos versos. De nuevo el lugar donde naces como tenaza de las ansias. Las calles de Arcos se desdoblan y te hacen nudos en el cuerpo, te llevan al fango cuando te descuidas. Las calles de Arcos «ahora son olvido, / desdibujado perfil, / tierra ya moribunda / que no aviva la sangre», nos recuerda de nuevo Pepa Caro. Y también está la estrechez, que aprieta. Con sus raras geometrías las calles te acercan a la niebla y quién sabe si a la muerte. «Dan ganas de arrimarse a alguien / y hay espanto, / un espamto blando y muy secreto / que prefiere correr hacia lo oscuro», nos dice Mª Jesús Ortega en su poemario Toque de arrebato. Podría contaros miles de versos sobre las calles de mi pueblo, pero las palabras llegan al límite. Seguramente en Tokio, Nueva York, Madrid, haya alguien queriéndose introducir en la paz de un pueblo, engañados, quizás, por haber perdido dos o tres veces el metro. Otros, en cambio, anhelamos el sonido de los coches cabalgando por las avenidas. 

Artículo Publicado en Andalucía Información (06/7/2016)

Foto: The affair.

Publicado el viernes, julio 08, 2016 por La enfermedad de las Turas

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viernes, junio 24, 2016

 Hay veces que quiero leer demasiado. Es una vorágine incontrolable que me acerca a un abismo de letras, que te pone en el centro de un huracán donde acentos, puntos, comas y párrafos aletean golpeándote la cara como peces furiosos. Tiendo a recoger todo libro que esté a mi alcance. Hace poco, una amiga iba a tirar una colección mala, horrorosa en la forma, de esas que tu madre compra para rellenar el hueco de una estantería. «¿De verdad quieres quedarte con ellos? -me objetó-. Son muy feos». Yo los miré por si el arrepentimiento me tendía una mano noble, pero le contesté que algo se podría hacer con ellos, sobre todo olerlos.
Para controlar el desorden que me provoca querer aunar tantos libros, me voy a las bibliotecas. Los paseos por los pasillos de las bibliotecas son lo más parecido a una fiebre mortal. Abro los libros y leo los párrafos iniciales, los huelo, los cierro, camino, leo un poema, lo huelo, camino. Una hora, tres veces a la semana, con la desconfianza de los que están a mi alrededor. A veces pienso que me imaginan como un pervertido huelebraguitas. Más tarde, cuando una edición es inquebran-tablemente buena, le acaricio la solapa, toco su papel y la deslizo silenciosa por mi cartera de cuero. Robar libros es la forma de ejercitarse para los que vivimos en la butaca con la espalda encorvada.
Los primeros libros que robé estaban en casa de mi abuela. Tenía unos diez u once años. Cuando todos creían que jugaba con mis primos, yo me colaba en el cuarto de los trastos viejos y guardaba en mi mochila todas las novelas que habían obligado a mi padre y a mis tíos a leer en el instituto. Luego, cuando los leía, no entendía nada, pero era apacible pasar las hojas de papel marrón en una esquina de la cama, para que mi madre no supiera qué estaba haciendo, con la inocencia de lo prohibido. Y me aficioné. Tuve una novia a la que le desvalijé media biblioteca. La biblioteca de mi pueblo también ha sido víctima de varios hurtos. El último que cometí fue en el piso de mi hermana, cuya estantería de libros me sorprendió en títulos y ediciones. Era una oportunidad que no podía dejar de aprovechar.
La sorpresa me llegó cuando me di cuenta de que no era el único que tenía el afán de quitar libros. Hay todo un mundo de escritores que han sucumbido a la práctica. Incluso se ha teorizado al respecto. Roberto Fresán, en un artículo publicado en Radar Libros, afirma que «robar libros es, en realidad, una forma deportiva de la literatura», y añade en un aparte: «Cuando se roban libros, uno es persona y personaje». Hay algo místico en el acto de escabullirse de una librería con un libro temblando en el bolsillo de tu chaqueta. Los libros robados pasan a ser tus cómplices en el momento que son alumbrados por el flexo. Roberto Bolaño también fue un gran atracador de libros. En un artículo en el periódico El País, cuenta cómo una vez lo atraparon robando uno. «Mi detención fue ignominiosa. Parecía como si los samurais de la librería hubieran puesto precio a mi cabeza. Amenazaron con expulsarme del país, con propinarme una madriza en el sótano de La librería del Sótano, lo que a mí me sonó como si aquellos neofilósofos hablaran entre ellos de la destrucción de la destrucción, y al final, tras larga deliberación, me dejaron en libertad no sin antes apropiarse de todos los libros que yo llevaba, ninguno de los cuales había sido robado allí». Hay quien está en contra del robo de libros. Desde aquí les digo que vale, que muy bien. El acto de propiedad indebida va más allá de lo explicable. Lo único que puedo hacer es pedir perdón, sobre todo a mi exnovia. Prometo no devolverlos.

Artículo publicado en Andalucía Información (24/6/2016)

Foto: Loui. 

Publicado el viernes, junio 24, 2016 por La enfermedad de las Turas

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viernes, junio 10, 2016


 Hoy hace exactamente diez años que quiero ir al gimnasio, pero siempre hay algo mejor que hacer. Un día dices que no vas porque tu madre te ha ordenado pelar unas papas para la tortilla, otro día se te resiste el tarro de nocilla, y la mayoría de las veces por el camino te encuentras a un amigo que tiene los brazos largos de la pereza y te arrastra indómito hacia la barra de un bar. El gimnasio es un silencio prolongado, aunque a veces, es una forma de regocijarte en la muerte, levantando mancuernas y quilos, o nadando, como aquellos versos de Manuel Vilas que dicen «La muerte nos gusta, por eso nadamos y nadamos / hasta que el gimnasio cierra y nos echan / con los brazos convertidos en acero, músculos / tan atormentados, tan desesperados / como los planetas sin nombre, / dando tumbos en la estúpida oscuridad del universo». Entonces te decides a ir, de nuevo, porque tú siempre has querido esperar a la muerte sudado. Pero los gimnasios tienen saunas, y tampoco es plan de que vengan unos rusos a aniquilarte como a Viggo Mortensen en Promesas del este.
En realidad, yo siempre he esperado mientras viene la muerte en una butaca. La he esperado leyendo y escribiendo. La butaca es el páramo desde el cual miras la lluvia un domingo, aunque sea agosto y no llueva. «Qué hago / mirando la lluvia, / si no llueve», que nos decía Karmelo C. Iribarren en un poema. Hay que acudir a ella bien equipado, con una bata y quizás un gato. A veces incluso en calzoncillos, pero siempre con la disposición de que la muerte va a llegar sin previo aviso, va a dejar el abrigo en el perchero y va a servirse una copa, con mucho hielo, para después sentarse en la butaca de al lado y encenderse un cigarro, aunque a tu madre no le guste que se fume en el salón. Nada da más señal de muerte que una butaca y una bata. En Nudo de víboras, de François Mauriac, su protagonista es un millonario que odia a su familia y no quiere dejarle su herencia. Para justificarse, escribe un diario en el que cuenta los pormenores de su decisión y de su odio, y lo hace desde su butaca: «Me dispongo a morir, vestido con la bata, la vestimenta de los grandes enfermos incurables, en una butaca de orejas donde mi madre aguardó su fin». 
Hace un par de meses que mi madre cambió las butacas de casa. «Apestan a muerto», dijo para convencernos. Yo me sonreí, como si una butaca pudiera oler a otra cosa. Mi abuela también espera desde la suya. Siempre que voy a verla está ahí, sentada, cosiendo para sus nietos cosas que sus nietos nunca van a ponerse. A veces me gustaría que me dijera «total, Abraham, por lo menos es bastante cómoda». La butaca de mi abuela tiene unas orejas enormes que a veces parece que van a abrazarte. Al menos las nueva que ha comprado mi madre no son verdes ni de terciopelo, como era la del protagonista de Continuidad de los parques, de Cortázar. En el relato, un hombre ocupadísimo encuentra tiempo para proseguir con la novela que había dejado a medias, acariciando el terciopelo verde de su sillón. En ella, una pareja de amantes urde un asesinato y se cuela en una casa, con todo planeado: la ausencia del mayordomo y del ladrido de los perros. El hombre lee cómo la mujer se desliza por la casa, que tenía una sala azul como la suya, unas escaleras alfombradas como las suyas. Hasta que al final, la mujer, con un puñal en la mano, vislumbra «el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo la novela». Es una forma sutil de Cortázar de decirnos que siempre esperamos en la butaca mientras viene la muerte.

Publicado en Andalucía Información (11/7/2016)

Foto: Promesas del este.  

Publicado el viernes, junio 10, 2016 por La enfermedad de las Turas

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viernes, mayo 27, 2016

I
Te sucede cuando sacas el pie fuera del colchón. En ese momento sientes que estás en terreno de nadie, que tu pie es pieza codiciada por una manada de leones que merodea en la frontera de tu cama, ávida, oliendo la muerte, hasta que el miedo te hace cosquillas en la nuca con sus dedos largos, y caes en la cuenta de que puedes recoger el pie y devolverlo al colchón, el lugar de donde nunca debería haber salido. Entonces llega la paz, y la lucha contra la noche no es más que un mero trámite burocrático.
Eso mismo le pasó al Atlético de Madrid en su eliminatoria contra el PSV. Pasó demasiado tiempo con el pie fuera, pero cuando lo recogió, en una tanda de penaltis donde todos los jugadores apuntaban con la precisión del soldado que sabe desactivar una mina, quizás tomó conciencia de que lo más difícil estaba hecho, y que la posibilidad de llegar a la final de Champions podía radicar en no sacar más el pie fuera de la cama.
II
Y así fue, no lo hizo. Los aficionados atléticos, al principio de temporada, no nos imaginábamos a estas alturas de mayo con algo por disputar. Menos aún cuando meses antes veíamos a sus delanteros cabalgar lánguidos las áreas rivales, bufando, creyendo que no había nada más perezoso que marcar un gol. La táctica de Simeone fue la de esperar ganando, 1-0 tras 1-0, hasta que sus rivales más directos, Real Madrid y Barça, se enfrentaron entre sí y algo hizo prever que lo del pie sólo había sido un susto. El Atleti derrumbó al Barça y lo llevó al precipicio reservado para ellos en numerosas ocasiones. Al final el tiro en el pie no se produjo, pero al Atlético eso de ver andar en el filo le gusta, y cuanto más preocupados se mostraban los otros, más grande se hacía.
Llegó a empatar a puntos con el primero de la liga, cuando el mes antes el liderato era una causa tan ridícula como la búsqueda de Cesárea Tijanero por el desierto de Sonora, en Los detectives salvajes. Sin embargo, en la Champions consiguió salir vivo de un bombardeo pocas veces visto antes en el fútbol. De nuevo, el aficionado del Atlético de Madrid veía a su equipo en una final de Europa, en tres años, algo difícil de creer y aún más difícil de explicar. Ha llegado con varias magulladuras pero con sangre en la boca. El Cholo espera a su siguiente víctima. No es una cita con la Historia, como muchos han afirmado. Es una nueva noche con el pie fuera de la cama. Al argentino le atrae eso de experimentar el pánico.
III
La temporada del Real Madrid no ha sido buena, y eso, para el seguidor atlético, es como si un silencio helado se acercara a sus costillas. Tampoco fue buena la temporada de la Décima, y al final, cuando muchos creíamos ver el balón dando un lengüetazo al poste derecho de Courtois, lo que realmente sucedió fue que Ramos acudió desgobernado a sus aficionados mostrando una cabeza entre las manos. El Madrid está demasiado acostumbrado a hacer cosas muy grandes en temporadas poco buenas. Es el equipo capaz de no dejarte posar el pie en el colchón, de arrancártelo de cuajo. Muchos argumentan que el Atleti es el primer equipo serio al que va a enfrentarse el Real Madrid, y lo hacen como autodefensa, pero no pueden disimular una mueca nerviosa en la comisura de los labios cuando lo pronuncian. Yo siempre he mantenido, tajante, que al Madrid le tengo mucho miedo. No obstante, el Cholo nos ha enseñado a disparar una vez y dar, a afincarnos en nuestro área sin dolor apenas, a ganar sabiendo lo que se hace, y a no tener miedo cuando se duerme con el pie fuera del colchón. 

Publicado en Andalucía Información (27/05/2016)

Publicado el viernes, mayo 27, 2016 por La enfermedad de las Turas

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viernes, mayo 13, 2016

 A veces no me gusta hablar. Nada. Es una pereza prolongada y elástica parecida a la de untar la mantequilla al sándwich para merendar. Hay personas con cierta tendencia a la multiplicidad de palabras innecesarias, desde la más superflua metáfora hasta el más lúcido exabrupto, personas que quizás ignoren que lo más sano es callarse en todos los idiomas. Y no me gusta hablar a menudo porque no sé cómo dirigirme hacia ellos. Recuerdo una vez que caminaba por el Casco Antiguo de mi pueblo, no sé muy bien por qué, a veces sólo caminamos ideando un plan de huida. Estaba la zona abarrotada de extranjeros que examinaban atolondrados el empedrado de las calles, y también el cableado exterior de las casas. A menudo me gustar pensar que creen que se trata de un arte autóctono esa manera que tienen los cables de reptar por las paredes. El análisis meditado de los extranjeros fue interrumpido por una canción de Camilo Sesto que entonaba un personaje del pueblo que es, en maneras y gestos, muy parecido al cantante. Los extranjeros, intentando hacer caso omiso a la sinfonía, seguían inmiscuidos en sus observaciones profundas, pensando que quizás la canción sólo duraría unos segundos, pero ante la insistencia generosa del que entonaba los versos, se oyó un <<shut up your fucking mouth>>, a lo que el cantautor respondió, en perfecto y bien pronunciado tono ebrio: <<a mí me habla de usted>>.
Uno, que ha vivido en el extranjero, asiste entusiasmado a todas las confusiones que entre dos idiomas distintos puedan darse. Algo de eso ocurre en España con demasiada frecuencia, sobre todo si es el fútbol un ente protagonista en la discusión. La jornada pasada de Liga, Kiko Casilla, portero del Real Madrid, no pudo contestar en su idioma, el catalán, a la pregunta de un periodista. No se sabe muy bien si fue el club quien no lo permitió o si era el protocolo de la sala de prensa del Real Madrid. El caso es que se juntaron en la batidora de las fobias del español varios ingredientes que desatan tempestades en la más patria e ibérica de las personas con las que te puedas cruzar. Este tipo de español aborrece, en cierta medida, que en un país con distintas lenguas oficiales se use alguna otra que no sea el español. <<Estamos en España y aquí se habla español>>, afirma el impecable español asestando inmisericorde dos o tres faltas de ortografías a la frase. Curiosamente, este tipo de español es el que defiende, con un cuchillo entre los dientes y los ojos ensangrentados, un sistema educativo en el que no puedes ser licenciado o graduado si no tienes unos conocimientos mínimos de otros idiomas que no sean el español. Y no porque en España seamos muy generosos con otros idiomas, a la vista está, sino porque te están preparando para que cuando tu periodo universitario expire, puedas trabajar en otro país distinto a España, donde no puedas emplear este incuestionable e inquebrantable idioma que a todos los españoles nos une: el español.
Se está convirtiendo el ciudadano en un perfecto examinador de las lenguas que a nuestro país competen. Nos tomamos la licencia de corregir y establecer qué momento es el oportuno para emplear tal o cual idioma: en las salas de prensa de un equipo español, no es estético usar el catalán, porque puede romper la unidad de un país tan compacto como España. Me arrastran a la cabeza estas discusiones irremediablemente a Unamuno. Es conocida la conferencia en la Universidad de Salamanca en la que el escritor citó a Shakespeare, y lo pronunció tal y como suena en español. Un joven lo interrumpió, objetándole que no se pronunciaba Shakespeare, sino seikspir. Unamuno, que para estas cosas tenía un gran corazón, dijo a los oyentes: <<ah, pero saben ustedes inglés>>, y continuó toda la conferencia hablando en la lengua del dramaturgo citado, provocando el abandono de muchos de los presentes porque no tenían el nivel necesario.

Publicado en Andalucía Información  (13/5/2016)

Foto: Camilo Sesto

Publicado el viernes, mayo 13, 2016 por La enfermedad de las Turas

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