martes, junio 03, 2014

 La vaguedad para pensar no es un buen instrumento para la memoria. Soy loador de aquellas personas que se acuerdan perfectamente de lo que hicieron hace cinco minutos. Mi memoria no funciona así. Supongo que es porque mi memoria es como una habitación tranquila con moqueta a la que hay que entrar descalzo, y el ejercicio de recordar siempre viene con zapatos de charol y es muy ruidoso, además de muy puñetero. El caso es que no puedo recordar si hace cinco minutos me lavé los dientes. Sí puedo recordar, en cambio, que el 12 de octubre de 1996 fui a Jerez de la Frontera con mi familia porque mi hermano jugaba un partido de benjamines contra La Granja. Y también puedo recordar que mi hermano se escoraba a la derecha y regateaba como nunca lo había hecho, tanto, que es el mejor partido de su infancia que le recuerdo. La culpa no es de mi memoria, oigan, no la considero tan caprichosa. La culpa es del fútbol. Recuerdo que ese día vi a mi hermano jugar al fútbol porque cuando llegué a casa jugaba Ronaldo. No el F. C. Barcelona, Ronaldo, que desde el centro del campo llegó a la portería del Compostela como si tuviera un detonador en la mano y los defensas huyeran de ver sus cuerpos esparcidos por el césped, para marcar uno de los goles más hermosos que he visto en mi vida.
El fútbol parece tener en mi memoria el mismo efecto que la música tenía para Gabriel, el protagonista de The music never stopped. En la película, Gabriel padece un tumor cerebral que le impide tener recuerdos. Incluso no recuerda su nombre ni su cumpleaños. Sólo cuando su terapeuta le hace escuchar las canciones de su adolescencia, Gabriel es capaz de conocer su identidad y su pasado. Yo recuerdo la primera vez que me masturbé. Lo recuerdo porque mientras veía al Barça jugar contra el Bayern de Múnich en el Olímpico, en casa de mi abuela había mucha gente. La había porque era 16 de abril de 1996, Martes Santo, y los amigos de mi tío se reunieron allí para ver las procesiones. Mientras Gica Hagi empataba el partido a dos, yo me encontraba en el regazo de una de las amigas de mi tío, que me preguntaba las cosas que se le preguntan a los niños de ocho años, a las que le contestaba automáticamente, porque casi ni oía su interrogatorio. Prefería estar más atento al escote que se abría en su vestido, de donde amanecían dos grandes pechos sobre los que apoyaba mi cara porque no había sentido nunca nada más placentero que la huella de aquellos dos seres maravillosos en mi rostro. Cuando la gente se hubo ido, subí a mi casa, me encerré en el cuarto de baño y me masturbé. Tuve un orgasmo que me dejó pensativo varios días.
El 4 de julio de 1998 leía, después de comer, La venganza de Sandokan, de Emilio Salgari, antes de que Dennis Bergkamp bajara un balón servido por Frank de Boer desde cuarenta metros con el cuidado con el que un empleado de tintorería colgaría en la percha un traje manchado de Don Draper, para ponerla al palo largo y clasificar a Holanda a las semifinales del Mundial de Francia. Años más tardes, el 3 de marzo de 2001, estuve con paperas. El Barça, que era un trapo en la boca de un dóberman como el Real Madrid, consiguió empatar a dos en el Bernabéu. Incluso pudo ganar, pero el árbitro anuló a Rivaldo un gol en el último minuto del que mi padre aún sigue cagándose en la madre. El 18 de mayo de 2006 tenía el último examen de Historia de España, al que no me presenté. No lo hice porque el día anterior, el 17 de mayo de 2006, vi al Barça ganar por primera vez la Champions League contra el Arsenal -ya saben, el héroe Larsson-, y preferí emborracharme y celebrar a hacer la selectividad ese año. Recuerdo que dije: <<que le zurzan a Cánovas del Castillo>>. Tardé dos años más en aprobar la asignatura.
El último partido que recuerdo fue el 24 de mayo de 2014. Jugaba el Atleti contra el Real Madrid la final de Champions en Lisboa. La tarde discurrió tranquila, aunque yo sabía que no era una calma normal, porque no estaba aburrido y cuando uno está tranquilo está aburrido, que es el estado natural del hombre. Yo intuía que era la calma que sienten las personas que van a morir antes de que la muerte dé un zapatazo al lado de la cama. Esa tarde marqué como favorito un tweet en el que se veía el cuadro de Napoleón a caballo con el dedo índice de la mano derecha levantado, fundiéndose con el cielo, y que decía <<A ese dedo debemos seguir, atléticos>>. Lo marqué sin saber que la aparición de Napoleón era la señal del final del Atleti. Lo supe dos días más tarde, cuando vi que Roger Sterling llamaba a Don Draper en Mad Men para informarle de la muerte de su socio en común, y le confesaba: <<Pobre Bert. Debería haberme dado cuenta de que era el final. Cada vez que un viejo empieza a hablar sobre Napoleón, sabes que va a morir>>. Cuando el Atleti parecía que iba a sortear la señal de Napoleón, el Real Madrid asestó una cuchillada que dejó a la víctima desangrándose poco a poco, con los leones de la Diosa Cibeles arrastrando al muerto treinta minutos más por el césped, dejando huellas de sangre en el tapete. No se sabe dónde depositaron el cadáver.
Cuando pasen los años, diré que el 24 de mayo de 2014 acababa de morir mi abuelo, y que en Hanóver seguía lloviendo como si quisieran matarme.

Foto: Dennis Bergkamp.   

Publicado el martes, junio 03, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, mayo 26, 2014

 Uno puede pensar que una de las formas más sublimes de sentir soledad es mirar la lluvia. Un error desmesurado. La lluvia puede ser solitaria cuando vives en un pueblo donde llueve diez veces al año. Si vives en Alemania, o en Inglaterra o en Galicia, la lluvia alcanza la misma cotidianidad en tu ser que los libros, y nunca me he sentido solo leyendo un libro. Yo, la mayoría de las veces que me siento más solo es en los bares, rodeado de gente, bebiendo hasta casi atragantarme, siguiendo conversaciones que me importan un comino, riendo incluso con esas conversaciones, pero muy solo, como si estuviera metido en un búnker. No hablo de infelicidad. La infelicidad sobreviene cuando no puedes abrir la tapa del yogur, o cuando no recuerdas un número de teléfono. Hablo de sentirse solo, tan sólo que te dan ganas de gritar.
La otra tarde a Hanóver pareció llegar el verano. Es lo más parecido a un espejismo que he visto. Cogí una manta, un libro y la bici y me marché a uno de los lagos alejados de la ciudad. Por supuesto, mucha más gente había pensado que aquello era un regalo de la naturaleza y también quiso participar de la fiesta. Al lado mía había un grupo de quince jóvenes. Al principio no llamé mucho la atención, pero cuando se percataron de que llevaba una hora sin levantar la vista del libro que leía, observé que murmuraban sobre mí. Uno de los chicos me preguntó que de dónde venía y le contesté mi procedencia en un alemán mal pronunciado, casi sin apartar la vista del libro. Les di un argumento más para que sospecharan de mi rareza.
Mientras leía, mi vista dejó de concentrarse en las letras y comenzó a seguir a una hormiga que cabalgaba por la hoja. Me percaté de que era la primera hormiga que veía en Alemania. La seguía con los ojos intrigados por los caminos que tomaba en su andanada. Pensé que si a los jóvenes de mi alrededor les había parecido raro un chico solo tomando el sol con un libro, qué pensarían de un chico solo tomando el sol mirando las huellas que dejaba una hormiga en un libro. La hormiga tenía una mancha roja en el trasero, algo que me pareció curioso, pues nunca había visto una hormiga con una mancha roja en el trasero. Supuse que era un tipo de hormiga especial de los bosques de Alemania, quizás de los bosques del norte de Alemania. No sabría calcular cuánto tiempo estuve observándola recorrer la hoja de mi libro, estimo que aproximadamente una hora, hasta que le di un manotazo y la aparté de las palabras. A partir de que la hormiga se inmiscuyera en mi lectura, había empezado a sentirme muy solo, como si el invierno se hubiese metido de pronto en mis entrañas.
Mientras me duchaba sentía un picor extraño por la espalda, como si una hilera de hormigas estuviera campando a sus anchas. Después de la ducha me dirigí a la cocina y dejé unas cuantas migas de pan encima de la encimera, por si alguna hormiga acudía a buscarlas. Esperé una hora, pero las migas de pan no eran suficientes para las hormigas de Alemania. No era como en mi casa de España, en Arcos de la Frontera, donde si dejabas una miga de pan encima de la encimera, un ejército de hormigas acudía en tropel para transportarla. Recuerdo una vez que me sentía muy solo. Era una tarde de verano, de esas en las que si mirabas a la calle el pueblo parecía no existir, y dejé unas cuantas migas de pan encima de la encimera. Al minuto, decenas de hormigas llegaron voraces al festín como una excursión de jóvenes ingleses. Yo me quedé en medio de la cocina, en calzoncillos, mirando las hormigas transportar migas de pan hasta perderse por orificios de la pared imperceptibles, con una tristeza y una soledad agolpadas en la garganta como un puño, y acordándome de Old Boy, la película surcoreana de Chang-wook Park, cuando Mido le dice a Oh Dae-Su: <<Cuando uno está solo ve hormigas. He conocido personas muy solitarias, y todos han visto alguna vez hormigas>>. Es cuando supe que no hay nada más terrorífico y solitario que enfrentarse a una hormiga.

Foto: Old Boy. 


Publicado el lunes, mayo 26, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, mayo 19, 2014

 Hay personas que nacemos predestinadas al aburrimiento. La sombra del tedio, que yo imagino que nace de los glaciares, es capaz de extenderse hasta el insomnio. Uno realiza mil tareas para combatirlo, como planchar a las tres de la madrugada, o ir a mear cada dos minutos, o pelar cebollas para el almuerzo del día siguiente, o doblar calcetines, tareas, que en definitiva, no son más que una llamada de socorro. En ese instante en el que crees que has hecho más cosas durante el día de las que se establecen como obligatorias, te das cuenta de que aún te ha sobrado tiempo para aburrirte. Es cuando quieres bajar a una cabina y llamar al 1004, como cuando eras pequeño y te habías cansado de ser feliz, e ibas con un amigo tuyo a una cabina y lo marcabas: <<¿Qué número de teléfono desea solicitar?>>, te preguntaba el contestador. Tú elegías al azar <<Enrique Ballano Matasuegras>>, nombre que el contestador daba como existente y al que llamabas acto seguido. <<¿Sí, dígame?>>, <<Enrique, eres un hijo de puta>>, y colgabas.
Al aburrimiento se le acuchilla mediante llamadas. Me causan asombro las personas que tienen la capacidad de llamarte por cualquier cosa, como los amigos que te llaman porque no saben si dejar a su novia. Yo, en cambio, sólo llamo a mi madre cuando la necesidad me urge, cuando no encuentro el cinturón del pantalón o no sé qué hacerme de comer. Otro caso bien distinto es que te llame tu madre a ti, seguramente al otro lado del teléfono la cólera dará arañazos en tu oreja. Un día, a mi amigo lo llamó su madre. Mi amigo, como todos los sábados a las doce de la noche, estaba borracho. Cuando llegó a su casa, su madre le dijo que su abuela había fallecido. Mi amigo no sabía muy bien qué había oído, porque algo se le acumulaba en la garganta, así que giró la cabeza a la izquierda y vomitó en la pared, su madre comenzó a gritar, así que mi amigo giró la cabeza a la derecha y vomitó en el sofá. Su madre gritó más alto y comenzó a hacerle preguntas a modo de lamentos, a lo que mi amigo contestó: <<joder, mamá, qué pesada eres, pareces la madre de Tony Soprano>>, y se desplomó en el sofá con todo el peso de la borrachera. Hay llamadas que están hechas a deshoras.
Precisamente, en hacer llamadas a deshoras es en lo que pienso cuando el aburrimiento ha allanado las paredes del salón por la madrugada. Piensas en pertenecer a la banda de Las Musarañas, como en el relato de Juan Bonilla titulado así, Las musarañas, en el que un hombre no puede dormir porque un día otro hombre que no podía dormir lo llamó de madrugada. El hombre que llamaba le explicaba que llevaba seis meses sin dormir, y que para combatir el aburrimiento abría la guía de teléfonos y telefoneaba a la gente. También le explicaba que quería fundar una banda de insomnes que se encargara de mantener constantemente la ciudad despierta. Una llamada fortuita, intempestiva, es capaz de arrastrar a otra persona al desierto de horror que es el insomnio. 
Yo en Alemania no entiendo la guía de teléfonos. Tampoco sé alemán, así que si se diera el caso de poder llamar no podría hablar con mucha gente. Aunque en el sitio donde vivo, hay otros seres a los que el aburrimiento los trasquila. Mi casa está en una urbanización tranquila de un pueblo tranquilo a las afueras de Hanóver. También está dentro de un geriátrico. Todos mis vecinos son personas mayores que tiran del aburrimiento como de su silla de ruedas. Por las noches, en las que pasa un coche a cada hora, suele ser habitual oír la voz de un hombre, que busca respuestas, pero que no recibe más que el silencio y si acaso el eco que haga su voz. Ese hombre pregunta todos los días a Marian por su esposa. Marian le tiene que decir que su esposa está muerta, y él le dice que tiene que avisar a sus hijos, y Marian le responde que sus hijos ya lo saben. Hallo!, hallo!, hallo!, grita el hombre la mayoría de las noches. A lo mejor llama a su mujer, o a lo mejor llama a la banda de Las Musarañas, aunque creo que espera que al otro lado conteste la muerte. 

Foto: Los Soprano. 

Publicado el lunes, mayo 19, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, mayo 12, 2014

 A menudo, la pereza se planta en el salón de tu casa sin previo aviso, deja el abrigo en el perchero, se sirve una copa, con mucho hielo, se sienta en la mesa del comedor y se enciende un cigarro. Tú quieres regañarle, decirle que tu madre no deja que se fume en el comedor de la casa, pero ella te ignora, que es como los poderosos exhiben su autoridad. No te queda más remedio que irte a fregar, aunque te diriges a la cocina con un no sé qué de tristeza, con una desgana atroz que se erige en tu rostro con una mueca de asco, y quieres morder el estropajo y fregar la cacerola con las uñas, pero al final, la limpias con la cabeza apoyada en el mueble donde se guardan los platos, pausadamente, y con muchas ganas de llorar.
Irte al extranjero da mucha pereza, pero más pereza da irte del extranjero a tu casa, más que nada, por el acto de tener que hacer de nuevo la maleta. Es la misma desgana que te entra cuando vas al baño para tomar una ducha y tienes que volver a la habitación porque se te ha olvidado la toalla. Cuando la desidia te invade, es un trabajo espinoso hasta el hecho de pelar un ajo. Se me viene a la cabeza un amigo, cuyo padre regentaba una frutería. Un sábado, que es cuando mi amigo lo ayudaba a sortear a las señoras que pagan con muchos céntimos, su padre acudió a su habitación porque mi amigo no se levantaba. Lo azuzó con violencia porque creía que tenía resaca, pero ni eso era, sólo estaba inundado de pereza. Mi amigo abrió los ojos y le dijo <<no voy, papá, no tengo ganas ni de lavarme los dientes>>. Luego se dio la vuelta.
Hay veces, que te ases a la desgana cuando ves que estás derrotado, también le ocurre a los deportistas que admiten que ya es imposible ganar. Te tiendes en el sofá a sacar conclusiones por la derrota. Quizás fuera que vives constantemente en el abandono, o que estás tocado por la mala suerte, o quizás fuera el alemán, esa lengua del demonio que necesita la paciencia de un nadador, y concluyes que será eso, el alemán, que ha podido con tus ganas.
Te tapas con el cojín la cara porque no quieres que el silencio te vea en ese estado. De nuevo quieres llorar. No sabes por qué, pero quieres llorar. Te ocurre como a Morini, el crítico archimboldiano de 2666, la novela de Roberto Bolaño, cuando va a visitar a su amiga Norton a Londres. Durante todo el viaje, Morini siente deseos de llorar. Hay un momento en el que van a comer, y Norton comienza a narrarle una historia sobre un pintor que hizo famoso el barrio en donde se encuentran comiendo. Norton pregunta a Morini qué le parece la historia, a lo que Morini contesta que no sabe qué pensar. El narrador, acto seguido, nos aclara dónde tenía la cabeza Morini: <<El deseo de llorar o, en su defecto, de desmayarse proseguía, pero se aguantó>>.
Yo soy de los que le gustaría aguantar la derrota con altivez, a su vez el llanto, pero a decir verdad, cuando me siento vencido, cuando me encuentro molido de echarle la culpa a los designios de la mala suerte, lloro por la garganta. Estos días he pensado mucho en el Liverpool, quizá uno de los equipos más perezosos en los últimos años, cuyo juego dio esta temporada una vuelta de tuerca gracias a que se contagió del coraje de su delantero centro, Luis Suárez. Con la liga en el bolsillo, un título que lleva dos décadas buscando, el Liverpool le vio, por primera vez, los dientes de cerca a la derrota cuando su estandarte, Gerrard, se resbaló en el centro del campo propiciando el gol del Chelsea. El Liverpool perdió el partido, pero no estaba del todo derrotado, todo pasaba por ganarle al Crystal Palace en su feudo y esperar. En el minuto 78 de partido, los Reds ganaban al Palace 0-3. Finalizado el encuentro, el marcador reflejaba, escrito con sangre, 3-3. La pereza se aferró a las piernas de los jugadores del Liverpool, que intentaban abandonar el césped, pero parecía que tuvieran vigas de cemento en los pies. Era de esas veces en las que, además de sentir una desgana absoluta, además de afligirte por la derrota, te afligías porque conocías lo hija de puta que podía ser la vida. Luis Suárez se quedó en el centro del campo llorando.  

Foto: Luis Suárez y Gerrard. 

Publicado el lunes, mayo 12, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, mayo 05, 2014

 Hoy es uno de esos días de mierda en los que sabes que todo va a salir mal. Para empezar, en Hannover hace sol. Cuando aquí hace sol las dudas acuden a ti como una borrasca, sabes que vas a salir a la calle con una camiseta de manga corta y encima un jersey, prevés un día apacible, tumbado en un césped leyendo a Cela u ocupando la tarde en la majestuosa tarea de mirar un cuervo andar sobre el tapete verde de la hierba. Pero cuando extiendes la manta y abres el libro de Cela, o miras al cuervo, un viento helado se adueña de tu cogote. Entonces ya intuyes que no hay remedio, que el frío se acoplará a tus huesos y éstos se partirán por la mitad como una manzana ante el mordisco de una serpiente, y te dices <<otra vez, Abraham, no vales ni para estar escondido>>.
No vales ni para estar escondido es la frase que más han utilizado mis allegados para referirse a mí. Con el tiempo, he tenido que darles la razón. Soy de esa clase de personas a la que todo le sale mal si en la tarea que tiene que llevar a cabo tiene que intervenir la virtud de la maña, de esa clase de gente que asume que si quisiera escaparse de la cárcel, fabricaría una pistola de jabón y la colorearía con betún negro, y no caería en la cuenta, apuntando con ella a dos guardias, de que cae un chaparrón descomunal y en la mano, en vez de una falsa pistola, sólo hay espuma de jabón, como le ocurre a Virgil Starkwell en Toma el dinero y corre, la película de Woody Allen.
Recuerdo una mañana que acompañaba a mi amiga Ana Rodríguez por Cádiz. Hubo un momento en el que necesitábamos coger un autobús urbano para ir a la facultad. Cuando metí el bonobús en la ranura, la máquina me lo devolvió. Lo volví a meter, y de nuevo me lo devolvió, así hasta que aquéllo se convirtió en una disputa personal entre la máquina y yo. El chófer, cansado de que la larga cola que había a mis espaldas mirara a los lados tamborileando en los cristales del autobús, salió de su cueva, me quitó con violencia el billete de la mano y lo introdujo en la ranura de la máquina, que picó el billete. Luego, el hombre me miró con compasión y me dijo: <<lo estaba metiendo usted al revés>>. Ana, que leyó el desamparo en mis ojos, se volvió para susurrarme: <<no te preocupes, Abraham, yo una vez dudé de cómo se abría una ventana, somos de esas personas que no está hecha para la vida cotidiana>>.
Saberme nulo para realizar cualquier actividad donde haya que involucrar la pericia, ya sea llenar un colchón hinchable, poner una mosquitera en la ventana, colocar la bisagra que se sale de la puerta o apretarle los tirantes del sujetador a Marian, me hace vivir alerta por si se requirieran mis manos para alguna de esas urgencias. Siempre envidié al Cuco, de hecho, cuando creía que era posible, yo quería ser como el Cuco. El Cuco es de esos amigos de quienes te sabes su número de móvil de memoria, que tienen la inhumana habilidad de arreglar igual de rápido el motor de un coche que el pomo de una puerta, que son capaces de arreglar las tuberías del fregadero o, si se diera la ocasión, de colocarle a Marian a la primera las tirantes del sujetador correctamente. Ansiaba la templanza del Cuco para hacer todas esas cosas. El Cuco, obviamente, fue el primero de nosotros en sacarse el carné del coche.  
 Un día, me dejó en sus manos la difícil tarea de recoger las hojas que dormían en su piscina, mientras él arreglaba el tubo de escape de su moto. Agarré el recogedor de superficies como el que empuña una bayoneta, dispuesto a acabar con toda la mugre que se empeña en vivir en las piscinas de la gente. Tras un largo rato evacuando hojas muertas que pululaban apelotonadas por las turbias aguas cloradas, comenzó la disputa con una hoja rebelde, que huía con gran destreza, y se escabullía cada vez que introducía en el agua el recogedor, ya fuera por la izquierda o por la derecha. Oí la moto del Cuco arrancarse, probándose con su nueva cilindrada, haciendo un gran estruendo en el vecindario, mientras yo, exhausto, seguía obcecado con la dichosa hoja. No recuerdo bien cuánto tiempo estuve luchando contra ella, sólo recuerdo que el Cuco se acercó, me quito disimuladamente mi arma y me dijo <<déjalo, Abraham, ya lo termino yo>>.  

Publicado en Arcos Información (23/09/2016)

Foto: Toma el dinero y corre. 

Publicado el lunes, mayo 05, 2014 por La enfermedad de las Turas

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martes, abril 29, 2014

    Es muy entretenido ir en un vagón del metro. Es más entretenido aún si vas en un vagón del metro que cruza la ciudad por las calles. Además hay días, en esta primavera alemana, en los que el sol consigue apartar forzosamente las dos columnas de nubes que oprimen el cielo. Si el sol alcanza a triunfar en su labor pertinaz, aparte de oír el suspiro de alivio de la ciudad, es interesante viajar en un vagón del metro que cruza las calles esta vez soleadas. Lo digo porque te sientas en la ventana en la que el sol puede colorearte la cara, te adormeces con sus cosquillas cálidas hasta que se adentra el metro en un túnel y te abofetea la oscuridad, pero no importa, porque cuando vuelves la vista al vagón, ves a una chica cruzada de piernas y riendo, no porque te hayas quedado dormido, sino porque siente la juventud trepar, entre sus piernas cruzadas, por el césped blando de sus sandalias.
Las sandalias son el mejor colorido que puede tener una ciudad. Recuerdo abril en un césped de un parque en el pueblo. Los chicos nos embrutecíamos hablando de películas de mafias, recreándonos en esos personajes italianos que tienen de nombre Sollozzo, Blasi, Corleone, Luchesse o Soprano, mientras las chicas estiraban al lado nuestra sus piernas moviendo coquetas los pies vestidos con sandalias, para llamar nuestra atención. Nosotros las ignorábamos porque éramos pobres. Fue más adelante cuando concreté en mi pensamiento que toda chica que llevara sandalias merecía la atención de mis ojos. Una vez caminaba, mientras amanecía, con una chica. Ella empezó a cojear, pero quizá el pudor evitara que no me diera el aviso de que había un problema. Yo había apreciado su vestido blanco, que resaltaba con su piel morena, pero cuando comenzó la cojera, miré sus pies, tallados a la perfección, pero dañados de dolor porque se había roto una sandalia. Nos sentamos y agarré ese pie con cariño, para que no se sintiera desahuciado porque su casa, la sandalia, ya no tenía arreglo.
Una mujer con sandalias es la belleza de nuestra juventud, uno aún se siente joven porque cuando llega esta época, alrededor tuya abundan chicas con sandalias y sentadas en un césped. Pedro Sevilla dejó de sentirse joven cuando miraba a unas jóvenes adolescentes con sus amigas en sandalias. En Adolescencia, de su poemario Tierra Leve, Pedro Sevilla nos dice lo siguiente: << Desde un exilio impuesto por los años, / hoy has vuelto a una patria de donde ya no eres. […] / Has vuelto de invitado a un solar que fue tuyo, / y aunque ellas te dejen frecuentar sus guitarras, / y oler en sus melenas el trigo de otro siglo, / sabes que es imposible, sin hacer el ridículo, / someterse a su ritmo>>. La juventud estará perdida cuando tu espíritu ya no pertenezca a esas chiquillas, cuando no puedas acompañarlas sentándote en el suelo para mirarles las sandalias: <<tú miras sus ojos, / sus cinturas desnudas como playas / para labios piratas, sus sandalias, / o la forma que tienen de sentarse en el suelo / y comprendes que es eso, la adolescencia es eso: / unos ojos muy limpios, un verso arrebatado, / y el raro privilegio de sentarse en el suelo / o andar casi descalzas por la calle>>.
La nostalgia de la juventud puede acrecentarse aún más si tienes una hija adolescente. Uno, que se ha contagiado de los poetas que añoraban la juventud, teme el momento en el que su casa esté inundada de chiquillas con olor a cuero de sandalias. Teme, incluso, enamorarse de la mejor amiga de su hija. Es como en otro poema de Pedro Sevilla, titulado Sensación de vivir, de su obra La luz con el tiempo dentro, en el que dice: <<no me provoques, hija mía: / no me traigas a casa tan dulces quinceañeras / de inexplicables ojos, de miradas / aún más inexplicables. Diles que no se pinten / los labios en mi espejo, que no te presten ropa. / No metas en mi infierno a esos diablos / que me tratan de usted. Sé buena hija / y evítale a tu padre el duro lance / de morirse de amor por tu mejor amiga>>.
Yo supongo que la muerte sonará a pasos de sandalias alejándose.  

Publicado en Arcos Información (09/09/2016)

Foto: Marilyn Monroe y Dan Dailey. 

Publicado el martes, abril 29, 2014 por La enfermedad de las Turas

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martes, abril 22, 2014

 Me suele ocurrir cuando acaece algo descorazonador y me voy a la cama. Por ejemplo, puede pasar que esté preparado para ver un buen partido de fútbol, con el sillón frente por frente de la televisión, una lata de Coca-Cola que me he tomado la molestia de mantener fría toda la tarde, tan fría que pueda dibujar garabatos en su escarcha. La abro con la seguridad de que es imposible acabar mejor un día. Doy el primer trago, largo, masoca, porque el gas dará puñetazos en mi garganta como si fuera Manny Pacquiao, pero no me importa, ahí se puede acabar el mundo si quiere. El olor de la pizza me invita a que vaya a recogerla. Cuando abro la puerta del horno estoy alerta, como el comandante que le pide a sus soldados que no pisen por si acaso, que puede haber minas. Meto la mano en el horno, pero no estás hecho para tener control sobre tu cuerpo, pierdo la noción del espacio y rozo el techo del horno. La fatalidad me ha tocado el hombro. Veo el partido como si no hubiera pasado nada, pero la quemadura, la molesta quemadura, ha ennegrecido el placer. Cuando vaya a la cama el revólver estará apoyado en la sien. Seguramente.
Antes de que el revólver aparezca, ideo la huida. Pero los cobardes no somos capaces de ingeniar la fuga, aunque tampoco haya que ir muy lejos. A ti te gustaría ser como Henry David Thoreau, que para huir se construyó una cabaña donde leía a los clásicos, observaba la naturaleza y escribía, porque la escritura, a fin de cuentas, es una excusa para evaporarse de uno mismo. Te decides a marcharte, con cuatro trapos y una tristeza muy rara, pero cuando te sientas al borde del colchón y metes los pies en las zapatillas, contemplas ataúdes, como aquellos versos de Nicanor Parra que decían Sepan que desde ahora en adelante / los zapatos se llaman ataúdes. Entonces vuelves sobre tus pasos, mirando el culo del revólver que se asoma a fogonazos, con la luz de la cruz de la farmacia de fondo, por el cajón de la mesita de noche. Aprietas los ojos para no ver nada más y te aferras al nórdico, como si debajo de él fueras capaz de sobrevivir a un naufragio.
No es un afán de tremendismo lo que te sujeta a pensar en revólveres y ataúdes, es la merma, la misma de Bukowski, que puede hacer que te vengas abajo porque te has quemado con el horno, o porque tu hermano te ha ganado a un juego de la consola, o por causa / del mensaje en una / galletita de la suerte. No sabes aún cómo te has salvado del revólver, pero tanto pensar en él te ha sometido a una tristeza irónica, a alguna oscuridad, como aquel poema de Luis Antonio de Villena -su poesía rebosa merma-, en el que afirma que pensó en el suicidio de chiquillo, pero que fue pasajero, eso sí, del suicidio no quedó, lógicamente, / más que una notoria disposición a la bruma / y la fraternal nostalgia hacia todas las caídas. Yo si caigo, caigo con mi revólver.
El caso es que cumplo años y el revólver ha vuelto a acecharme por las noches. No soy muy viejo, supongo, pero he jugado demasiado con los ataúdes. Uno lee las Soledades de Machado y parece que estuviera hablando un hombre muy mayor. Yo creo que me he contagiado de ese espíritu. Ves tambalearse la veintena cuando todos los futbolistas son menores que tú. Cuando caes en la cuenta, oyes un zumbido pasar al lado tuyo, como el de un tren cuando se adentra en un túnel, y recuerdas al amigo que es mayor que tú y te decía <<ya te llegará, ya>>. Porque hubo una época en la que te creías intocable. Incluso te llegaste a reír del Tiempo. La merma pasará, porque la nostalgia también necesita descanso. Así que beberé la noche de mi cumpleaños y fumaré, y cuando llegue a casa y abandone la Fosters en la mesita de noche, una mueca asomará debajo de la barba. Dormiré a pierna suelta, como se duerme cuando se oyen tambores de resaca. Será ahí, en la resaca, cuando vuelva a escudriñar los menesteres del revólver.

Foto: Francis Ford Coppola.   

Publicado el martes, abril 22, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, abril 07, 2014

 Durante la infancia alcanzamos el nivel de salvajismo idóneo que añoramos con la madurez. Si tenías una buena tarde, habías jugado con alacranes, te habías roto los pantalones jugando al fútbol, te tirabas con cartones por los cerros abruptos de tu barriada -aún agradezco la suerte de sobrevivir a aquéllo- o te meabas en los muros de la escuela -aun sin conocer las peripecias de los poetas del 27 meándose en los muros de la Real Academia-. Recuerdo una tarde en la que jugábamos al fútbol en el patio central de la barriada donde solía ir a pasar mis ocupadas tardes. Una de las vecinas del bajo salió de su casa para increparnos que no le dejábamos descansar con el ruido de los balonazos. Recogimos nuestro balón y cuando la señora se metió de nuevo al salón y se incorporó en su sillón, los diez chiquillos empezamos a disparar contra las rejas de su ventana, como si hubiera un ejército japonés al otro lado del cristal. <<Ahora sí que le van a molestar los pepinazos>>, sentenció Juan. Una docena de chiquillos enfadados son capaces de ocupar un país como Luxemburgo.
La infancia acude a ti siempre que te mesas la barba. Siempre que te mesas la barba o cuando la desolación te toca en el hombro. La desolación tiene muchas maneras de vestirse, puede presentarse cuando no puedes subirte la cremallera del vaquero o cuando apuras el último trago de Gin Tonic y el camarero corta la música. En ese momento hueco, en el que ni tú ni los de tu alrededor sabéis qué ha pasado realmente, adquieres la clarividencia de un poema de Pedro Sevilla y te dices <<yo pagaría oro, vendería mi alma, / por volverme otra vez / niño de calzón corto saliendo de la escuela / camino de los brazos de mi madre>>.
Aunque para ser justos, hay que reconocer que la infancia también te ofrece momentos malos, como cuando hacías alguna trastada y el salón de tu casa permanecía en silencio. Es lo que me ocurrió otra de las tardes. Ya había acabado de dar balonazos en las rejas de alguna vecina y me dirigí a casa de mi abuela, que era donde me esperaba mi madre. Crucé la calle pensando en el bocadillo y no me percaté de que un coche venía en mi dirección. La Renault Express -imposible olvidarme- quedó a un centímetro de mi flacucha pierna. Corrí a casa de mi abuela sin hacer caso a los improperios que el señor que conducía me escupía. Cuando llegué por fin, mi madre no dijo nada. No dijo nada hasta irme a dormir. Antes de cubrirme con la sábana, justo antes, me dijo <<es a ti a quien ha ido atropellando un coche en la calle de la abuela>>. El miedo se me subió por las piernas. Sólo una madre sabe meterte ese miedo en el cuerpo con un puñado de palabras susurradas.
La mejor habilidad que adquirí en la infancia fue robar. Cuando nos agotábamos de hacer tropelías y nos entraba hambre, robábamos tabletas de chocolate. En realidad, yo era el encargado de robarlas. Sólo utilizaba un método, la inocencia. Entraba en el supermercado y sonreía a las dependientas que por lo general conocían a mi abuela, mis tías y mi madre. En ningún momento esas dulces señoras sospecharían que un niño menudo y bueno fuera a introducirse en la chaqueta algunas tabletas de chocolate, como en Paper Moon ninguna anciana sospecha que va a ser estafada por una niña rubia con un gracioso sombrero. Lo justo para esas trabajadoras hubiera sido darles la información de lo que estaba dispuesto a ejecutar, como hacía Tito Juanma, un admirado personaje de mi pueblo, cuando era empleado de un banco y estaba cansado de engañar a la gente. Recibía a las jubiladas con una sonrisa dulce detrás de la ventanilla, las señoras le entregaban la cartilla a actualizar y le daban los buenos días. Él recogía las cartillas por debajo del metacrilato con la suavidad con la que un jugador avanzado de póker desliza su carta sobre el tapete para que no sea vista, y en un tono amable, con la cartilla de la señora abierta y los codos apoyados en su mesa, le contestaba: <<buenos días señora, aquí estamos para robarle>>.  

Foto: Paper moon. 

Publicado el lunes, abril 07, 2014 por La enfermedad de las Turas

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