lunes, febrero 17, 2014

 En la habitación suena Something de Los Beatles. Hay mucha claridad. Las cortinas se contonean haciendo reverencias movidas por la brisa. Por entre sus claras telas se cuelan como flechas los rayos anaranjados del sol. La cámara camina muy lentamente hacia atrás ampliando la visión de la habitación. Aparece una cama con un hombre desnudo y una mujer encima suya haciéndole el amor. Sus manos están apoyadas sobre el dorso del hombre. Le hace el amor pausadamente. Las sábanas blancas están desordenadas alrededor de los dos cuerpos, incluso caen por un borde de la cama. La luz se filtra también por los cabellos rubios de la mujer. Rompe el estribillo de la canción. You´re asking me will my love grow dice la letra. Justo en esa frase se abre violentamente la puerta de la habitación, pero nosotros lo vemos a cámara muy lenta. Aparece un hombre con una metralleta, o un arma que dispara muy rápido, no sé. Comienza a disparar como si fuera lo último que hiciera en la vida. La cámara muestra un plano de la mujer recibiendo los disparos. Vuelve al plano amplio de la habitación. Los disparos continúan con el estribillo de la canción. La pared del cabecero se tiñe con grandes gotas de sangre, trozos de sábanas saltan por los aires. Trozos de cristal también. Con el final del estribillo acaba el tiroteo. El intruso agacha el arma y se da la vuelta. La cámara muestra la habitación. Hay mucha claridad y está descansada.
     Imaginaba la escena mientras sonaba esa misma canción en un bar inglés de Hannover que me gusta mucho. Alrededor mía había amigos, pero no les hacía mucho caso. Hay días en los que sólo estás para la literatura o algo que se le parezca. Puede parecer que quieras estar muy solo. Yo no sé si es eso lo que quiero, pero hay veces en que soy capaz de silenciar el bullicio de mi alrededor. A Juan Tallón le leí, en un artículo en el que habla de su búsqueda de silencio para la escritura, “es hermoso que el silencio te penetre en los huesos”. Una amiga mía me cuenta que cuando termina de hacer un poema tiene la absoluta necesidad de fumarse un cigarrillo. Pero tiene que ser liado. Yo supongo que siente la paz del trabajo bien hecho poniéndole como banda sonora el sonido de sus caladas al silencio.
Hay veces que para llegar al silencio debe haber habido mucho alboroto antes. A mí me da mucho escalofrío el silencio de una estrofa del poema Contra Jaime Gil de Biedma. “Te acompañan[...]/ las calles muertas de la madrugada/ y los ascensores de luz amarilla/ cuando llegas, borracho/ y te paras a verte en el espejo/ la cara destruida [...]” dice la estrofa. Es aterrador. Mientras el ascensor subía se debían escuchar en su cabeza los raíles de las vías de un tren. Roberto Bolaño dijo que “siempre había admirado las vidas desmesuradas de los poetas”. Son vidas que me hicieron amar la poesía a mí también. Pero lo malo de esas vidas es cuando llega el silencio, como en Jaime Gil de Biedma.
El mismo Bolaño dice en Los detectives salvajes “hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear”. Yo escribo después de haber boxeado contra un día. Dejo que el silencio penetre en mis huesos, me traigo conmigo las calles muertas de la madrugada, recuerdo los golpes recibidos en el ring y justo ahí es cuando comienza todo. Más tarde le pondré banda sonora al silencio con el sonido de las caladas de un cigarrillo. Ahora no sé si es momento para la poesía, pero estoy seguro de que es momento de boxear. 

Foto: Roberto Bolaño. 

Publicado el lunes, febrero 17, 2014 por La enfermedad de las Turas

2 comentarios

martes, febrero 11, 2014

 El sol de finales de verano lijaba el cemento. El tráfico ignoraba lo que estaba pasando. En realidad para el mundo no pasaba nada. Así es como se fraguan las grandes historias, cuando al mundo le importa un comino lo que está ocurriendo. En el medio campo de una áspera pista de baloncesto de un colegio público, diez chavales vestidos de manera destartalada para el deporte que iban a practicar escuchaban atentamente las primeras palabras de su entrenador. De los diez chavales, sólo dos habían jugado alguna vez al baloncesto. El resto se adormecía buceando por la musicalidad del acento gallego del entrenador. Los chicos eran bajitos y menudos para el juego, pero eso lo sabrían más tarde. Cuando Ángel terminó su charla de motivación, por un lado de la pista apareció un chico que en el momento creímos nuestro salvador. Era grande y corpulento, y caminaba con la seguridad de los que han vivido mucho. <<Éste seguro que llega a canasta desde el triple>>, nos decíamos unos a otros ilusionados. El chico se llamaba Adrián. Mientras los demás lanzábamos a canasta mirando de reojo lo que hacía Adríán, éste se acercó a por un balón, se dirigió a la línea de triple, boto dos, tres veces, apuntó, lanzó y el balón salió por encima del tablero de canasta. Yo sólo atiné a mirarle las zapatillas. Adrián se había calzado unas Adidas Predator multitacos para jugar al baloncesto. Apoyé mis sienes en los dedos pulgar e índice. El desastre estaba asegurado.
La estrella del equipo finalmente no resultó ser Adrián. Fue Iván, un chico de Algar, un pueblo de al lado, que reunía unas cualidades envidiables para su edad. Los tres primeros partidos fueron calamitosos. Creo recordar que en el primer partido amistoso que jugamos no llegamos ni a anotar veinte puntos. Y si creen ustedes que por nombrar a Iván, la estrella del equipo, esto va a convertirse en algo épico, que al final terminaremos siendo campeones como en una película americana de instituto, están muy equivocados. Eso sí, en el primer partido de temporada disputado en casa, Iván hizo un partido asombroso.
Al principio firmábamos la derrota, como casi siempre. Pero me di cuenta de que podíamos hacer algo cuando le apretaba al base y éste se ponía nervioso. Ángel también se dio cuenta. Pidió tiempo muerto y nos dijo: <<Están asustados, no meten ni una, cierren el rebote y désenla a Iván, que corra y meta canasta carallo>>. Las tres o cuatro personas que veían el partido rugían. Yo recuerdo que me coloqué un turbante rojo de mi hermana en la cabeza, quería imitar a Ayuso, un anotador puertorriqueño que formaba un tándem genial con Carlos Arroyo en la selección. El plan se ejecutó a la perfección. Iván terminó con 36 puntos y la cara ensangrentada de correr pista arriba y pista abajo durante todo el partido. Más adelante aprendimos a jugar y sí formamos un equipo decente. Pero esa primera victoria queda en nuestra memoria como símbolo del equipo que hicimos en los años posteriores.
Ahora nos reunimos todos los veranos para jugar una liga local amateur. Pero yo ya no soy tan ágil y disfruto de las canastas de mis otros compañeros. Iván tampoco es tan ágil ya. Ahora la cara se le pone ensangrentada cuando baja a defender dos veces. Le ponemos ímpetu. En el banquillo, cuando hemos corrido más de lo que nuestro organismo nos permite, nos decimos <<verás mañana cómo nos va a doler el cuerpo>>. En ese momento siempre alguien dice: ¿te acuerdas Iván cuando metiste los 36 puntos y eras el mejor del equipo?. E Iván sonríe: <<¡Qué malos éramos!>>. Esa temporada sólo ganamos ese partido, pero fue hermoso. Enric González dice en un artículo suyo que "son más hermosas las victorias de los vencidos". Yo también lo creo. Hoy me levanté con el ánimo hecho un desastre, pero me envalentoné y tecleé lo primero que se me vino a la cabeza, que fueron Iván y sus canastas. Como Iván en el banquillo he sonreído. Supongo que también uno necesita una pequeña victoria contra esos días. 

Publicado el martes, febrero 11, 2014 por La enfermedad de las Turas

Sin comentarios

lunes, febrero 03, 2014

 La otra noche vi la película más disparatada y divertida que haya visto jamás. Otras veces no he corrido tanta suerte, sobre todo cuando no he tenido internet y he tenido que soportar, mientras veía la televisión, las estupideces que en ella acaecen. En realidad no veía la tele, apartaba canales de mi vista, porque cuando intentaba ver algo se sucedían unas detrás de otras unas situaciones ridículas, a cual más, la mayoría de ellas protagonizadas por seres deleznables a los que las audiencias convierten en los dueños de la sociedad. Ponía un canal y me contaban que un hombre había gaseado su casa con su hija y su mujer dentro, cerraba mi ojo izquierdo, desenfundaba mi mando a distancia, apuntaba y apretaba el botón de siguiente. Mientras ejecutaba el acto, la onomatopeya, <<¡pum!>>. La pantalla me enseñaba a Mariló Montero, <<¡pum!>>, Manolo Lama, <<¡pum!>>, Risto Mejide, <<¡pum!>>; y así sucesivamente. Pues eso es God bless America, la película de la que os hablaba, un hombre harto de las sandeces de la sociedad -sociedad es casi sinónimo de televisión- acompañado de una dulce niña que decide tomarse la revancha como le viene en gana. Eso sí, sus <<¡pum!>> huelen a pólvora.
La sociedad se ha convertido en un reality vomitivo. Mucha gente cree que el fútbol vive al margen de ella, pero nada más lejos de la realidad. La liga BBVA se ha transformado en los últimos años en un reality absurdo en el que el espectador sabe de antemano cuáles serán los que se disputarán el premio final sin que haya competencia alguna. Como las televisiones saben que en este país la mayoría de las personas es del Barça o del Real Madrid, ocupan gran tiempo de los telediarios al deporte. Pero no crean que hablan de deporte, ni mucho menos, sus agotadores minutos versan sobre si un jugador lanza una pulla a otro por twitter, o de si en Barcelona hay madriditis o en Madrid barcelonitis. A uno le dan ganas de liarse a tiros con esas discusiones. Por suerte, no soy el único que piensa lo mismo. Es más, uno de los segundones de ese circo, al que la televisión y prensa deportiva ignoran, se ha levantado en armas, y anda dando tiros allá en los campos de fútbol por donde va.
A Frank Murdoch, el protagonista de God bless America, lo mueven la desgracia y la tristeza. De eso el Atleti sabe mucho. Hastiado de tanta fatalidad, el equipo colchonero dirige su propia película, de la que muchos llevan pronosticando el the end desde octubre, pero que está escrita sin fisuras y dirigida con mano de hierro por un director de lujo, el Cholo Simeone, al que su reparto venera y hace caso de cada coma y de cada punto y a parte que les dicta. De entre sus doce actores, dos de ellos se han convertido en asesinos infalibles. Arda Turan es el asesino silencioso y de gabardina. Se mueve por la escena como un galán, con las manos en los bolsillos y movimientos elegantes, pero cuando la acción pide barro, es capaz de desenfundar el revolver como el mejor de los gánsteres. Diego Costa es distinto. El delantero es la secuencia en la que a los matones los persigue la policía y el copiloto saca medio cuerpo por la ventanilla del coche, con un ojo cerrado y el arma bien agarrada, con temple y rabia para enfrentarse a la ley a metralla limpia. La ley del fútbol español que dice que Barça o Madrid han de ser los campeones.
El Atleti hace que me agarre a las aristas del sillón. Me ha vuelto a recordar lo importante que es un gol en el fútbol. Para los que vivimos aburridos por este sistema que han impuesto a la Liga Española, el Atleti es como God bless America. Es la sátira perfecta a la sociedad del fútbol, la misma que los años harán caer por su propio peso e indecencia. Es probable que el final sea insulso y lo peor de la película, pero el comienzo y el nudo ya han hecho que merezca la pena pagar por la entrada. Por eso, God bless Atleti.

Foto: God bless America. 

Publicado el lunes, febrero 03, 2014 por La enfermedad de las Turas

3 comentarios

lunes, enero 27, 2014

 Si los poetas del siglo XVI y XVII los hubieran conocido, hubieran escrito muchos poemas sobre ellos. Cualquiera que haya leído un poco a autores como Garcilaso o como Góngora sabrá que sus musas, sus donnas angelicatas, aparte de ser capaces de tatuar su mirada en sus almas -escrito está en mi alma vuestro gesto-, de ser capaces de convertirse en la prenda de sus atormentados amoríos -mi alma os ha cortado a su medida-, de transformar sus manos en ánforas delicadas donde recoger sus muertes -En fin, a vuestras manos he venido/ do sé que he de morir tan apretado-, eran capaces de recoger en su cabello las finas hebras de los rayos del sol y el oro líquido del despertar de los días. Para Garcilaso y para Góngora, el pelo de sus amadas no era rubio, sino que era el cabello que en la vena del oro se escogió o el cabello, oro bruñido que al sol relumbra en vano. Por suerte, no conocieron a la horda de chiquillos y chavales peinados a tazón y con el pelo fino y rubio como hileras de sol y suave como las buenas telas.
Si habéis crecido en la década de los noventa, seguro que los conocéis. Yo recuerdo a Joselito en el colegio, flacucho y con los andares imperantes, ordenando donde debíamos jugar al fútbol y como se debían hacer las cosas. Joselito infundía mucho respeto a pesar de su menudencia. Ahora estoy seguro de que era por su pelo rubio y a tazón. Otro caso parecido era el de mi vecino Pedro. Su padre regentaba una tienda de juguetes, que era el sueño para cualquier niño. Cuando iba a casa de mi primo, siempre me paraba en el escaparate de la tienda del padre de Pedro, y observaba con ojos codiciosos la nueva Play Station, o la Gameboy, o los patinetes con manillar en los que ponías un pie en la plataforma y con el otro empujabas para coger velocidad. Pedro, a parte de todos esos juguetes, tenía el pelo liso y peinado a tazón que le llegaba hasta el cuello. Además, portaba una chulería innata, y andaba calle arriba y calle abajo bamboleándose con la Gameboy en las manos o empujando su patinete. Otras veces, cuatro o cinco niños andaban detrás de él siguiendo la estela de su aureolada melena. Con Pedro también estoy convencido de que sus dotes de mando y chulería eran por su pelo rubio y a tazón.
La otra tarde me disponía a coger el tranvía. Eran las tres, que es la hora en la que en Alemania los niños salen del colegio. Esperando a que el semáforo se pusiera en verde me acompañaba un enjambre de niños drogados de nerviosismo y alegría porque había acabado el día de escuela. Los niños no consiguieron despegarme de mi ensimismamiento, ya saben, pensaba en la mierda de país que es España, en que el tiempo no se frena nunca y mil tonterías más que no vienen al caso. Alcé la vista para ver si el semáforo cambiaba de color y una luz amarilla se destacó ante mis ojos encarándose al cielo gris. Volví a ver a un miembro de esa especie. La especie de chiquillos de pelo dulce y dorado y peinados a tazón. Creía que habían sucumbido a la moda, pero al parecer no. El niño era menudo y delgado y portaba una mochila que hacía más bulto que su cuerpo. Tenía los ojos muy azules, estaba rodeado de tres niños que le seguían las bromas y que se dejaban pegar, como nosotros con Joselito, como los amigos de Pedro con él. El semáforo dio el aviso y los niños cogían el mismo tranvía que yo. Me senté en un asiento de cuatro personas, los amigos del chiquillo rubio y peinado a tazón ocuparon los tres restantes. Al chiquillo le cambió el rostro y se puso serio. No sé por qué, pero había tensión en el pequeño círculo que habíamos formado. Yo creía que alguno de los otros tres niños iba a dejarle su asiento, pero no ocurrió así. El niño rubio me miraba y yo no podía evitar mirarlo. En realidad no a él, sino a su pelo tan del oro y tan fino y a sus ojos tan azules. No lo soporté, cogí mi mochila y con un gesto amable le señalé que el asiento era suyo, que me había ganado. Fue inevitable. Era como un ángel.  

Foto: Leonardo DiCaprio. 

Publicado el lunes, enero 27, 2014 por La enfermedad de las Turas

Sin comentarios

domingo, enero 19, 2014

 Uno se acoge a las tradiciones porque no hay más remedio, supongo. A mí la Semana Santa no me gusta, pero siento algo de alivio durante esos días, es como si el ánimo tuviera su propio ciclo vital. En Semana Santa mi estado anímico es el de la Semana Santa. Mi casa está situada en el centro de mi pueblo, Arcos de la Frontera -su Semana Santa es muy bonita-, y por las grietas de sus muros viejos siempre van a reposarse los antiguos compases de los clarines y las cornetas cuando llega el final de Marzo, el principio de Abril o finales de Abril -el calendario cristiano tiene sus propios caprichos-. Me gusta porque con nostalgia inevitable me devuelve a la parte que quizás más cariño me dé de la vida, la de los primeros besos. En esa semana los chiquillos lucíamos nuestras mejores galas y hacíamos la penitencia, aunque de manera muy hipócrita, porque nuestra verdadera creencia y verdadera fe era poder llevarnos a la chica que nos gustaba a un rincón acondicionado para el primer beso. La primera chica a la que besé fue un Jueves Santo, en mi casa reformada y con el incienso y los clarines y las cornetas de fondo. Era muy guapa -aún hoy me lo parece-, después todo sucedió muy deprisa.
Lo bueno de la Semana Santa es que no deja resaca, no es como la Navidad. A mí las Navidades me parecen fiestas muy alegres: las visitas lejanas, la familia, la buena comida y el buen vino, pero su resaca es muy dolorosa. En Navidad nos llueven las buenas intenciones, las calles están muy bonitas con sus luces y sus árboles bien decorados, sus noches especiales que celebramos hasta que al cielo le da por colorearse de gualda, Papá Noel y Los Reyes Magos. ¿El 7 de Enero? Lo gris, el medio cuerpo asomando por la azotea.
Son muy recurrentes los mensajes felices en Navidad, “el nuevo año cargado de ilusión”. Pero la verdad es que desde primeros de años -como desde el primer día de la vida- ya andan jodiéndonos: las mujeres no podéis decidir sobre vuestro embarazo y los españoles en el extranjero pierden algo de sanidad, y lo más importante, algo de dignidad. Pero eso va más allá de la resaca después de Navidad. Una tarde jugaba en el patio del colegio al baloncesto, un 8 de Enero. Cuando llevaba una hora jugando dije <<me voy a casa>>, y me marché, pensativo y cabizbajo. Yo no había bebido esa Navidad, pero tenía una resaca de la hostia. Llegué a casa y me senté en las escaleras de la azotea, con una revista, mientras el sol se escondía por la espalda de los edificios, esperando que una chica me llamara o sabrá dios qué cosas. Supongo que eso es la vida, esperar con el mentón apoyado en las manos hasta que pasen cosas.
Un buen alivio para la resaca es beber. Es probable que también sea un buen remedio para estos meses sin fiestas. Beber sentado en las escaleras de la azotea con una revista y encomendarse a Scott Fitzgerald. <<Bebo porque cuando ocurre pasan cosas>>, que decía. 

Foto: Elda Fitzgerald, Hemingway y Scott Fitzgerald. 

Publicado el domingo, enero 19, 2014 por La enfermedad de las Turas

Sin comentarios

lunes, diciembre 23, 2013

Llueve en la parada del autobús. Al menos lo parece. En estas tierras del norte de Europa las casas siempre están mojadas y el cielo lloroso. Los árboles desnudos ya están acostumbrados a la noche de diciembre y sus poses son tranquilas, saben que un día reverdecerán y todo seguirá igual. Es peor para nosotros. Uno siempre va con la chaqueta hasta la barbilla y las manos metidas en los bolsillos, aunque no haga frío ni llueva, pero hay que protegerse de algo. Dan ganas de arrimarse a una manta y contar la lluvia. También dan ganas de leer. <<Yo quiero ser escritor>>, le decía a una profesora gallega que tuve en la E.S.O. <<Para eso tienes que leer mucho>> me contestaba. Yo me marchaba a casa y leía muchos libros. Los leía y los olía, que ambas cosas juntas ya son un hábito del que no puedo huir. <<Si quiere ser buen poeta debe usted leer mucho, lea cien libros y escriba un poema>>. No son las palabras exactas, hablo de memoria, pero más o menos eso venía a decirle Julio Mariscal a Francisco Ballasote en una correspondencia epistolar que mantuvieron allá por los cincuenta. Roberto Bolaño afirmaba que leía mientras se duchaba. Eso ya es muy trágico. Imagino sus libros llenos de arañazos como los ataúdes cuando guardan dentro alguien vivo. Así no se puede vivir.
Es verdad que hay que leer, pero también hay que oler, cada libro tiene su propia esencia. En una clase de literatura, a Nieves Vázquez -la profesora- se le olvidaron en el aula unos libros de relatos de los que nos quería enseñar unos textos. Al día siguiente volvió alarmada, apenándose de haber abandonado sus libros en la fría mesa de un aula de facultad. <<Pobres libros, ¿de qué habrán hablado durante toda la noche?>> se preguntó en voz alta. Yo me sentí aliviado porque alguien formuló la pregunta que me hacía, y asentí con una pequeña mueca que simulaba una sonrisa. Los libros tienen su propia vida, su propio olor y su propio hogar en una rendija de una estantería. Por eso me causan desagrado las librerías de los centros comerciales. No puedo tratar sus libros de igual forma que mis libros; los miro con desprecio. Todos colocados en orden y con una luz reflectante encima para que brillen las letras de sus portadas sinuosas. No tienen vida, están ubicados en la sección best sellers como en otra sección llamada frutas están puestas las naranjas, los limones y los albaricoques brillantes y relucientes para el consumidor voraz.
Una mañana andaba por la Calle Larga de Jerez, no llovía ni tampoco lo parecía, uno camina más aliviado si no parece que siempre está lloviznando. Un pequeño puesto llamó mi atención, justo en el centro de la calle, antes de entrar en el hipermercado Los Cisnes. Acorralados en una esquina, sin hacer mucho ruido, unos pocos libros amontonados unos encima de otros contemplaban como los viandantes ignoraban su presencia en el centro de la ciudad. Me acerqué al puesto, cogí un libro de García Márquez y miré hacia los lados por si me observaba alguien, como cuando uno abre un perfume que no está a probar en un supermercado. Abrí el libro y lo olí. Se me acercó el librero, un señor grande con aspecto desaliñado y unas barbas desordenadas; me dijo que podía mirar cuanto quisiera. Para agradecerle su amabilidad le dije que me gustaba mucho su tenderete, y que era muy extraño encontrar ya cosas así. Él se sonrió, y como si mi afirmación lo hubiese activado, comenzó a hablar de las ediciones que poseía como si fueran la bandera de su orgullo. Me enseñó una novela de Carlos Murciano y con especial devoción unos libritos primeras ediciones de Corín Tellado, de los que hablaba con mucho aprecio. <<También soy poeta>> me dijo. Y nos embarcamos en una conversación de poesía en la que bogaban nombres como Mariscal, Murciano, Vázquez Montalbán y hasta Joaquín Sabina. <<Yo también escribo cosas>> le dije. <<¿Ah sí?, ¿y qué técnica utiliza, en qué basa sus escritos? -me hablaba de usted->>. <<Pues mira -quise informarle sin pudor, pero la vergüenza me punzaba el cuerpo-, si ahora tuviera que escribir algo sobre esta situación, escribiría sobre tu cigarro -fumaba con ansia un tabaco muy fuerte->>. Al hombre aquello pareció haberle gustado, pero la prisa empujaba y con todos los respetos le dije que me tenía que marchar, que perdía el tren. De camino, pensaba en su cigarro consumiéndose y en sus libros. Ésto es lo único que he podido escribir sobre su cigarro, al menos lo he mencionado. De vez en cuando, en cambio, sí me acuerdo de su librería y me repito a mí mismo que tengo una deuda pendiente con ese señor.
En estas cosas pienso mientras llueve en la parada del autobús, o al menos lo parece. Quizás creo que llueve porque leo últimamente Mazurca para dos muertos, y ahí siempre llueve y el libro huele a lluvia. Ya viene el autobús, guardo mis manos en los bolsillos y escondo la barbilla debajo de la chaqueta. Ni llueve ni hace frío, pero hay que protegerse de algo.

Foto: Julio Cortázar. 

Publicado el lunes, diciembre 23, 2013 por La enfermedad de las Turas

Sin comentarios

lunes, diciembre 16, 2013

Si os digo su nombre, quizás pocos lo conozcáis. De hecho, yo no lo conocía, pero la otra tarde leí un artículo en el que aparecía una historia relacionada con una famosa meada, y como si la memoria llevase mi pensamiento en un bólido, rápidamente me acordé de su figura pétrea. La anécdota que aparece en el artículo dice que John Lennon, en una estancia de Los Beatles en Hamburgo, propuso a sus compañeros mearle desde la habitación del hotel a unas monjas que pasaban por la acera al grito de <<¡Vamos a bautizarlas!>>. Yo no soy tan rápido como la memoria, pero en cuanto leí el artículo me vestí, me cepillé los dientes y evacué mis aguas menores, porque de casa hay que salir lavado y meado, más aún en este caso. Cuando me vi frente a él, lo primero que busqué fue su nombre. Diego Jiménez Ayllón constaba en la leyenda. Me pareció un hombre resignado, aunque el paisaje que le rodea y las tumultuosas noches que han contemplado esos ojos grisáceos tienden una mano a la benevolencia hacia ese personaje y hacen que lo mire con cierta pena por su ubicación
Diego Jiménez Ayllón (1530-1590) fue capitán de Los Tercios de Flandes, y al parecer luchó destacándose en la campaña del Adriático y en la guerra de Alemania. Quizás ya ahí era un soldado triste, con un aspecto desgarbado y unos ojos taciturnos, quién sabe si su semblante resignado no es sólo cosa del tiempo. A lo mejor, huyendo del desamor de alguna Donna Angelicata se embarcó en las maderas del poderoso Imperio Español, como los grandes hombres de la época, olvidando los pormenores dolorosos de la vida a base de cuchilladas y arcabuzazos. Además de soldado fue poeta, eso es lo único material que nos ha dejado, dos obras que responden a los siguientes títulos: Los famosos y heroicos hechos del invencible y esforzado caballero, honra y flor de las Españas, el Cid Ruy Díaz de Bivar, con los de otros varones ilustres dellas no menos dignos de fama y memorable recordación y Sonetos a illustres varones de éste felicísimo y cathólico exército. La primera obra mencionada está considerada como la primera publicación en lengua castellana de un poeta gaditano, ahí es nada. Además, fue regidor de su pueblo, Arcos de la Frontera.
Esas casillas en el currículo le valieron para que todavía guarde en propiedad un trocito de hierba rodeada de plantas en el pueblo. En medio del bucólico paraje, su estatua, con nombre y la fecha de nacimiento y muerte, para que ningún paisano de Arcos se olvide de su existencia. Quizás de ahí viene su pesadumbre. A lo mejor pensaba que los novi poetae de las postreras generaciones recitarían sus primeros versos a los pies de su talla. Sin embargo, los años trasladaron la zona de bares y discotecas al mismo lugar donde se encuentra su poética estancia, y su idílico hogar quedó encajonado entre el Bar Castro y la calle por donde los jóvenes acceden a éste y otras discotecas. Los únicos Tercios para gobernar ahí son los de botellines de Cruzcampo, su césped ha sido y es váter idóneo para que depositemos nuestros orines cuando la urgencia nos toca la puerta. Un día, allanada su finca por mis amigos y por mí, uno de nosotros dijo <<voy a mearle en lo alto>>, y allí que se puso con el bulto al aire y haciendo dibujos con el orín en su esculpida piedra, para deleite y regocijo nuestro. A lo mejor esa es su resignación. <<Para lo que hemos quedado>>, pensará.
Cuántas generaciones habrá visto su resignado gesto pasar enfrente de sus narices ebrias de alegría y jolgorio. A cuántos quinceañeros habrá visto con manos nerviosas subirle la falda a chiquillas dulces con sandalias. Cuántos hemos sido los que hemos vomitado en la casapuerta de su aposento, los que hemos hecho pis en alguno de sus árboles con un ojo en el chorro y otro en el asfalto por si llegaba la policía. Se acercan las navidades, y allí estará él, como siempre, con mirada dócil y la figura afligida. Al menos mírenlo y sonrían cuando pasen cerca suya, no sabemos cuál es el origen de su tristeza. Y por favor, no le meen encima.

Foto: Diego Ximénez de Ayllón. 

Publicado el lunes, diciembre 16, 2013 por La enfermedad de las Turas

1 comentario

lunes, diciembre 09, 2013

Cuando en la serie The Wire, Omar Little pedía consejos a Butchie, el mundo se paraba. Butchie cumple a la perfección ese refrán que dice más sabe el diablo por viejo que por diablo. Privado de la vista, desarrolló dos virtudes indispensables para cualquier ser humano: la serenidad y la reflexión. Y si he dicho indispensables para cualquier ser humano, más indispensables si cabe para los personajes que habitan las calles de The Wire, donde el silbido de las balas te hacen saber que una vida vale lo mismo que una hamburguesa. Omar se sentaba en la barra del bar de Butchie, con mohín torcido, exponía el tema y esperaba a que su consejero canalizara toda la información. El ciego, con la expresión en el vacío que le otorgaban esos ojos que miraban hacia atrás, aguantando el silencio sin dejar de darle brillo con un paño a un vaso, dictaba la solución: la única y posible que su protegido podía tomar para salvar su pellejo. El mundo comenzaba a funcionar y los que temíamos por la vida del delincuente respirábamos mejor. Pero yo no escuchaba los consejos de Butchie, yo miraba sus ojos y pensaba en la niebla.
Hay libros que llevamos dentro como una cicatriz, y eso ya es para toda la vida. Lo mismo que digo libros, también me refiero a poemas, versos sueltos, relatos, y un largo etcétera que no acabaría nunca. Por ejemplo, en una tarde gris y de lluvia, mientras escribo, miro a la ventana del salón donde vivo y me acuerdo de Antonio Machado. Monotonía de lluvia tras los cristales. Yo nunca me he visto de niño vestido de colegial y mirando los puñetazos de la lluvia en las cristaleras, pero desde que conozco a Machado, y sin ser un niño, cada vez que llueve me asomo al cristal que tengo más cerca, poso mi sien en él y repito: Monotonía de lluvia tras los cristales.
Pero además de lluvia, en Hannover ahora mismo una niebla suave se va apoderando de los tejados de las casas. Camina lenta, para que la veamos llegar, y yo, con mi sien apoyada en el frío ventanal, escuchando la metralla del aguacero, me olvido de Machado y recito: las cuencas blancas de los ojos de un ciego. Ninguna imagen se asemeja mejor a la niebla que ese verso. Mª Jesús Ortega es la artífice, una poeta más entre muchos poetas, cuyo libro seguramente sólo conozcamos unos cuantos, pero que carga sus poemas de un dolor y de un ritmo, que cada acento retumba en la cabeza como un martillo golpeando un yunque. Las cuencas blancas de los ojos de un ciego, un verso que pertenece a un poema que dedica a la niebla en su libro Toque de arrebato (Delegación de Cultura del Ayuntamiendo de Arcos, 2006). Una imagen que me acompañará toda la vida; un poema que yo recitaba cuando veía los ojos de Butchie mirando al vacío.
Y es que es curioso este paisaje de tejados verticales y de casas en medio del bosque. Miro la niebla y veo ciegos paseando por las aceras, con sus cuencas blancas y andando sin bastón porque qué más cómodo que andar por la niebla si tus ojos son la niebla. La niebla de Mª Jesús. Que ahora también es la mía. Que llega con su espíritu de nubes y de sombras, te hace temer y apartar la vista de la ventana, porque viene con la melena suelta y un vestido blanco y una risa loca, envolviéndolo todo, metiéndote dentro de ella, cumpliendo su propósito: el recordatorio espeso de que no estamos en ninguna parte.

Foto: Omar y Butchie. 

NOTA: Éste es el poema al que se hace mención en el artículo.


Niebla en el castillo de Fatetar



Parece que no estamos en ninguna parte.

Tras los cristales, el vacío mojado,
las cuencas blancas de los ojos de un ciego.
Huele a moho.
Sobre las mesas corretean en espíritu puro
sombras y nubes.
Dan ganas de arrimarse a alguien
y hay espanto,
un espanto blando y muy secreto
que prefiere correr hacia lo oscuro,
echar las persianas,
cualquier cosa antes que levantar la vista
hacia esas ventanas sin sentido,
huir del despiste temprano
de este extravío correoso.
No hay más remedio que hacerse el loco
y negar el saludo a los cristales
que retienen como pueden ahí fuera
la lechosa exageración que es hoy la niebla
y su recordatorio espeso
de que no estamos en ninguna parte.


Mª Jesús Ortega, Toque de arrebato, 2006.




Publicado el lunes, diciembre 09, 2013 por La enfermedad de las Turas

Sin comentarios