martes, marzo 18, 2014

 Últimamente no pienso mucho. Nunca he sido un gran pensador, pero al menos me esforzaba. Por ejemplo, si hacía un poema y la coma era inasible, luchabas contra ella como contra el abre fácil del paquete de jamón de york. La coma se anquilosaba al final del verso, y con la puntita de la uña empezabas a hurgarla, intentando que se despegara del lugar donde te declaraba la guerra. Pero sólo lo hacía lo justo para, a la siguiente palanca que hicieras, desaparecer. Entonces la única solución era acudir al tajo, despedazar la pieza entera para poder degustar debidamente el sabor del poema. Luego, en la cama pensabas durante dos horas, quizás tres, en cómo ubicarla debidamente para no tener que acudir a esos destrozos. Yo creo que alguien se puede volver loco con una coma.
La coma era parte de tu lenguaje interno, aquél que sólo entendías tú y querías hacer llegar a una decena de lectores. Te peleabas con ella porque no sabías comunicarte contigo mismo, y eso es dañino. No poder comunicarte con otras personas es arduo, pero no requiere mucho pensamiento, lo dejas ir. <<Ya nos entenderemos>>, piensas. Por eso os decía que últimamente no pienso mucho. En clases de alemán somos dos sudaneses, una eslovaca, dos polacos, un armenio, una rusa, una griega, un turco, un marroquí y yo. Cuando alguien intenta decirle algo a otro, el otro adquiere la expresión de un soldado en plena batalla al que su compañero le dicta las coordenadas por donde moverse, pero que no oye por el ruido de los explosivos. Salvo con la chica griega, con la que de vez en cuando chapurreo el inglés, con los demás me limito a sonreír de la manera más bondadosa que puedo. Me da mucho respeto la situación de cada uno de ellos. Del chico sudanés me imagino el achaque de su travesía. Seguramente haya estado en muchos lugares antes que Alemania. Es tímido y no se entera de nada. Cada vez que salimos a fumar se acerca a mí, me ofrece papel e intenta entablar conversación con algo de inglés. Yo le sonrío, es la única forma que tengo de decirle que estoy con él, que intentaría ayudarlo en todo lo que necesitara. De la Rusa me pregunto si conoce a Dostoievski o a Chéjov.
Pero aunque queramos mostrar suavidad en los gestos, la violencia acude a ti a la que cambias una d por una t en la pronunciación. Es una violencia masticada, de muchos días atrás. Asientes con la cabeza y el rostro serio. Intentas dejarla pasar, pero vuelve al otro día y al otro. El turco te pide el bolígrafo, te envalentonas y le contestas en alemán que sólo tienes un bolígrafo. Él mira a su colega marroquí, con el que habla en sabrá Dios qué lengua y ambos empiezan a reírse. Te dan ganas de ser Joe Pesci en Casino y comenzar a reírte con ellos, para aumentarle el volumen de sus carcajadas, para que vean que estás con ellos y cojan confianza. Y cuando el descojone alcance su momento más lúcido, agarrarle la mano, apretársela contra el pupitre y asestarle tres cuchilladas con el dichoso bolígrafo. También te dan ganas de ser Unamuno cuando ofrecía una conferencia y dijo Shakespeare tal como suena en español. Un oyente, queriendo quizás que el auditorio supiera que tenía algunos conocimientos del idioma anglosajón, le corrigió, y le dijo que no se pronunciaba Shakespeare, que se pronunciaba Shekspir. Unamuno miró a los presentes, asintió, y siguió su conferencia explicándola en perfecto inglés. Pero claro, nunca serás Unamuno.  

Foto: Joe Pesci. 

Publicado el martes, marzo 18, 2014 por La enfermedad de las Turas

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martes, marzo 11, 2014

 Para que la vida no te atropelle de sopetón, es bueno no acudir al pasado. El pasado hay que auscultarlo minuciosamente. Ya Darío dedicó un poema a las personas que auscultan el dolor por la noche, y por extensión, sabemos que casi todos los dolores provienen del pasado. Darío lloraba en su poema Nocturno entre otras cosas la pérdida de un reino. Todo el mundo tiene un reino que proteger. Hay quienes tienen que proteger una hegemonía y quienes, como yo, protegen el recital semanal de empuñar una Fosters de medio litro. Se puede dejar de comprar el pan, incluso de ver el fútbol, pero a una Fosters no se falta. Después que sea lo que dios quiera.
Para proteger un reino hay que saber no quedarse sin respuestas. Don Draper, a base de tapar los agujeros de su pasado y de cambiar decisiones en el momento preciso, sigue manteniendo su dominio en el mercado publicitario. <<El cambio no es bueno ni malo, es simplemente cambio>>, dijo alguna vez. Aunque su castillo de fichas de dominó parece que pronto será derruido por el toque minúsculo del dedo índice del destino, Don Draper sigue disfrutando de Manhattan gracias a su control sobre el pasado. No le pasó lo mismo a Gregorio Olías, el protagonista de Juegos de la edad tardía, de Landero. Olías era de esas personas que construyen una familia por costumbre. Tenía un trabajo normal, una mujer bondadosa y una suegra inaguantable. De niño quería ser poeta. Un día, una llamada despierta de sopetón su pasado. Con la llamada de Gil, un compañero de trabajo que tiene que hacerle los pedidos de la empresa, Gregorio se zambulle en su pasado e intenta vivir en él. El resultado es desastroso. Pierde su reino, el del sosiego del hogar al que estamos destinados los mortales sin ningún don, por no saber auscultar que lo de ser poeta eran chiquilladas.
Para perder un reino no hace falta ser Gregorio Olías. También los poderosos son capaces de perder reinos. Tan sólo hay que leer cualquier novela de Fitzgerald para darse cuenta. Pero la pérdida de un rico es lenta, tiene margen para esconder carencias y un pasado glorioso al que agarrarse. El Barça, al que no hace mucho le brillaban los zapatos y tenía la corbata bien anudada, le está pasando eso mismo, tiene un pasado espléndido al que agarrarse. En lugar de asumir el problema, se viste con el mismo traje, se echa el mismo perfume y sonríe de la misma forma. Pero va de resaca a los sitios. Quizá el Barça necesite olvidarse de si tiene la camisa coja. Es momento de sobrevivir, pero sin acudir al pasado, no vaya a ser que le ocurra como a Joe Gillis, el protagonista de Sunset Boulevard. Gillis intenta sobrevivir y pagar su hipoteca aprovechándose del pasado de una actriz de cine mudo que no acepta que sus días de gloria ya pasaron. Al Barça los días de gloria se le pasaron, pero se empeña en vivir en una mansión de Sunset Boulevard, inconsciente, quizás, de que un día puede amanecer flotando, como Joe Gillis, en una piscina. 

Foto: Sunset Boulevard, Billy Wilder (1950)  

Publicado el martes, marzo 11, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, marzo 03, 2014

 <<Hacer los ejercicios de alemán, echar currículums, preparar la clase para Alina, hacer la cena y el almuerzo para mañana, escribir>>. Me he comprado una agenda. Estaba ya cansado de tanto desorden. Uno tiene que agarrarse a algo para que tomen forma los días, aunque sólo sea ir a recogerle el recado a tu madre, un tweet de buenos días, esperar el partido de Champions, sujetar la guitarra mientras miras el póster gastado de El club de la lucha. Yo he preferido comprarme una agenda. Antes, cuando lo más interesante que hacías durante el día era traducir frases de Latín, había veces que la vida sólo era aburrimiento. Pensabas que todo era una mierda, y te dabas un empujón de ánimos oteando un futuro memorable. Te decías: <<no te preocupes, dentro de pocos vivirás en una ciudad>>. Y cuando vivías en una ciudad: <<no te preocupes, pronto vivirás en otro país>>. Así que aquí me veo, en otro país y con una agenda.
Lo malo de mi agenda es que también te marca las horas. Es decir, tiene hojas divididas en líneas horizontales precedidas por una hora. Lo de abandonar el desorden no me está resultando tan difícil, pero apuntar mis labores encima de una línea que me está avisando de lo rápido que se agota mi tiempo me da pavor. Cada puntada de mi bolígrafo suena a sentencia de minutero. Además del desorden, estoy abandonando los bares. La cosa se pone grave. Creía que me resultaría más complicado no abrazarme al Gin Tonic, pero no es lo que más echo de menos. Es extraño pero echo de menos la gente de los bares. El amigo que sólo ves en los bares y al que entre semana ni siquiera le abres la puerta de la memoria. Ese tipo de persona que sonríe todo el tiempo en un bar, que da conversación a todo el mundo, que te invita de vez en cuando a una cerveza y te dice que muy bueno lo que escribes en el blog, aunque tú dudas de si realmente lo ha leído.
Es la gente que hace de cada trago un borrón en la línea horizontal de su agenda. Que celebra que no hay absolutamente nada que celebrar, pero bebe mirando para todos los lados con el vaso a la altura de la barbilla. Un amigo solía decirme cuando veía una persona así: <<Fulanito lo tiene que estar pasando mal, se ríe demasiado en los bares>>. Y yo le daba la razón. Me preguntaba cómo sería la resaca de Fulanito.
Esas personas me recuerdan a un iceberg. De un iceberg podemos contemplar su punta majestuosa y brillante cuando nos asomamos al balcón de un trasantlántico, pero desconocemos si está agrietado por dentro. Son como la joven americana del relato El gato bajo la lluvia de Hemingway. En ese relato, una joven pareja norteamericana se hospeda en un hotel de Italia. Mientras él lee, la joven divisa por la ventana de la habitación un gato que se está mojando por la lluvia, y decide bajar a buscarlo. En el trayecto a la intemperie, la mujer se siente complacida por el dueño del hotel, aunque el propietario la trata como a un cliente más. Cuando sale al exterior, el gato se ha ido. Su criada llega con un paraguas para protegerla de la lluvia. La joven se encapricha con el gato, y cuando sube a la habitación le recrimina a su marido que quiere a ese gato. Él sigue leyendo e intenta no hacerle caso, pero ella ya tiene la necesidad del gato. En el relato se nos muestra un capricho, pero se nos esconde la grieta que causa ese capricho. Como el amigo del bar, o como uno mismo en un bar, que deja las fisuras en las profundidades para alejarlas de los ojos, y luce un vaso y una sonrisa como la punta esplendorosa de su iceberg.

Foto: Mad Men.  

Publicado el lunes, marzo 03, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, febrero 17, 2014

 En la habitación suena Something de Los Beatles. Hay mucha claridad. Las cortinas se contonean haciendo reverencias movidas por la brisa. Por entre sus claras telas se cuelan como flechas los rayos anaranjados del sol. La cámara camina muy lentamente hacia atrás ampliando la visión de la habitación. Aparece una cama con un hombre desnudo y una mujer encima suya haciéndole el amor. Sus manos están apoyadas sobre el dorso del hombre. Le hace el amor pausadamente. Las sábanas blancas están desordenadas alrededor de los dos cuerpos, incluso caen por un borde de la cama. La luz se filtra también por los cabellos rubios de la mujer. Rompe el estribillo de la canción. You´re asking me will my love grow dice la letra. Justo en esa frase se abre violentamente la puerta de la habitación, pero nosotros lo vemos a cámara muy lenta. Aparece un hombre con una metralleta, o un arma que dispara muy rápido, no sé. Comienza a disparar como si fuera lo último que hiciera en la vida. La cámara muestra un plano de la mujer recibiendo los disparos. Vuelve al plano amplio de la habitación. Los disparos continúan con el estribillo de la canción. La pared del cabecero se tiñe con grandes gotas de sangre, trozos de sábanas saltan por los aires. Trozos de cristal también. Con el final del estribillo acaba el tiroteo. El intruso agacha el arma y se da la vuelta. La cámara muestra la habitación. Hay mucha claridad y está descansada.
     Imaginaba la escena mientras sonaba esa misma canción en un bar inglés de Hannover que me gusta mucho. Alrededor mía había amigos, pero no les hacía mucho caso. Hay días en los que sólo estás para la literatura o algo que se le parezca. Puede parecer que quieras estar muy solo. Yo no sé si es eso lo que quiero, pero hay veces en que soy capaz de silenciar el bullicio de mi alrededor. A Juan Tallón le leí, en un artículo en el que habla de su búsqueda de silencio para la escritura, “es hermoso que el silencio te penetre en los huesos”. Una amiga mía me cuenta que cuando termina de hacer un poema tiene la absoluta necesidad de fumarse un cigarrillo. Pero tiene que ser liado. Yo supongo que siente la paz del trabajo bien hecho poniéndole como banda sonora el sonido de sus caladas al silencio.
Hay veces que para llegar al silencio debe haber habido mucho alboroto antes. A mí me da mucho escalofrío el silencio de una estrofa del poema Contra Jaime Gil de Biedma. “Te acompañan[...]/ las calles muertas de la madrugada/ y los ascensores de luz amarilla/ cuando llegas, borracho/ y te paras a verte en el espejo/ la cara destruida [...]” dice la estrofa. Es aterrador. Mientras el ascensor subía se debían escuchar en su cabeza los raíles de las vías de un tren. Roberto Bolaño dijo que “siempre había admirado las vidas desmesuradas de los poetas”. Son vidas que me hicieron amar la poesía a mí también. Pero lo malo de esas vidas es cuando llega el silencio, como en Jaime Gil de Biedma.
El mismo Bolaño dice en Los detectives salvajes “hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear”. Yo escribo después de haber boxeado contra un día. Dejo que el silencio penetre en mis huesos, me traigo conmigo las calles muertas de la madrugada, recuerdo los golpes recibidos en el ring y justo ahí es cuando comienza todo. Más tarde le pondré banda sonora al silencio con el sonido de las caladas de un cigarrillo. Ahora no sé si es momento para la poesía, pero estoy seguro de que es momento de boxear. 

Foto: Roberto Bolaño. 

Publicado el lunes, febrero 17, 2014 por La enfermedad de las Turas

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martes, febrero 11, 2014

 El sol de finales de verano lijaba el cemento. El tráfico ignoraba lo que estaba pasando. En realidad para el mundo no pasaba nada. Así es como se fraguan las grandes historias, cuando al mundo le importa un comino lo que está ocurriendo. En el medio campo de una áspera pista de baloncesto de un colegio público, diez chavales vestidos de manera destartalada para el deporte que iban a practicar escuchaban atentamente las primeras palabras de su entrenador. De los diez chavales, sólo dos habían jugado alguna vez al baloncesto. El resto se adormecía buceando por la musicalidad del acento gallego del entrenador. Los chicos eran bajitos y menudos para el juego, pero eso lo sabrían más tarde. Cuando Ángel terminó su charla de motivación, por un lado de la pista apareció un chico que en el momento creímos nuestro salvador. Era grande y corpulento, y caminaba con la seguridad de los que han vivido mucho. <<Éste seguro que llega a canasta desde el triple>>, nos decíamos unos a otros ilusionados. El chico se llamaba Adrián. Mientras los demás lanzábamos a canasta mirando de reojo lo que hacía Adríán, éste se acercó a por un balón, se dirigió a la línea de triple, boto dos, tres veces, apuntó, lanzó y el balón salió por encima del tablero de canasta. Yo sólo atiné a mirarle las zapatillas. Adrián se había calzado unas Adidas Predator multitacos para jugar al baloncesto. Apoyé mis sienes en los dedos pulgar e índice. El desastre estaba asegurado.
La estrella del equipo finalmente no resultó ser Adrián. Fue Iván, un chico de Algar, un pueblo de al lado, que reunía unas cualidades envidiables para su edad. Los tres primeros partidos fueron calamitosos. Creo recordar que en el primer partido amistoso que jugamos no llegamos ni a anotar veinte puntos. Y si creen ustedes que por nombrar a Iván, la estrella del equipo, esto va a convertirse en algo épico, que al final terminaremos siendo campeones como en una película americana de instituto, están muy equivocados. Eso sí, en el primer partido de temporada disputado en casa, Iván hizo un partido asombroso.
Al principio firmábamos la derrota, como casi siempre. Pero me di cuenta de que podíamos hacer algo cuando le apretaba al base y éste se ponía nervioso. Ángel también se dio cuenta. Pidió tiempo muerto y nos dijo: <<Están asustados, no meten ni una, cierren el rebote y désenla a Iván, que corra y meta canasta carallo>>. Las tres o cuatro personas que veían el partido rugían. Yo recuerdo que me coloqué un turbante rojo de mi hermana en la cabeza, quería imitar a Ayuso, un anotador puertorriqueño que formaba un tándem genial con Carlos Arroyo en la selección. El plan se ejecutó a la perfección. Iván terminó con 36 puntos y la cara ensangrentada de correr pista arriba y pista abajo durante todo el partido. Más adelante aprendimos a jugar y sí formamos un equipo decente. Pero esa primera victoria queda en nuestra memoria como símbolo del equipo que hicimos en los años posteriores.
Ahora nos reunimos todos los veranos para jugar una liga local amateur. Pero yo ya no soy tan ágil y disfruto de las canastas de mis otros compañeros. Iván tampoco es tan ágil ya. Ahora la cara se le pone ensangrentada cuando baja a defender dos veces. Le ponemos ímpetu. En el banquillo, cuando hemos corrido más de lo que nuestro organismo nos permite, nos decimos <<verás mañana cómo nos va a doler el cuerpo>>. En ese momento siempre alguien dice: ¿te acuerdas Iván cuando metiste los 36 puntos y eras el mejor del equipo?. E Iván sonríe: <<¡Qué malos éramos!>>. Esa temporada sólo ganamos ese partido, pero fue hermoso. Enric González dice en un artículo suyo que "son más hermosas las victorias de los vencidos". Yo también lo creo. Hoy me levanté con el ánimo hecho un desastre, pero me envalentoné y tecleé lo primero que se me vino a la cabeza, que fueron Iván y sus canastas. Como Iván en el banquillo he sonreído. Supongo que también uno necesita una pequeña victoria contra esos días. 

Publicado el martes, febrero 11, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, febrero 03, 2014

 La otra noche vi la película más disparatada y divertida que haya visto jamás. Otras veces no he corrido tanta suerte, sobre todo cuando no he tenido internet y he tenido que soportar, mientras veía la televisión, las estupideces que en ella acaecen. En realidad no veía la tele, apartaba canales de mi vista, porque cuando intentaba ver algo se sucedían unas detrás de otras unas situaciones ridículas, a cual más, la mayoría de ellas protagonizadas por seres deleznables a los que las audiencias convierten en los dueños de la sociedad. Ponía un canal y me contaban que un hombre había gaseado su casa con su hija y su mujer dentro, cerraba mi ojo izquierdo, desenfundaba mi mando a distancia, apuntaba y apretaba el botón de siguiente. Mientras ejecutaba el acto, la onomatopeya, <<¡pum!>>. La pantalla me enseñaba a Mariló Montero, <<¡pum!>>, Manolo Lama, <<¡pum!>>, Risto Mejide, <<¡pum!>>; y así sucesivamente. Pues eso es God bless America, la película de la que os hablaba, un hombre harto de las sandeces de la sociedad -sociedad es casi sinónimo de televisión- acompañado de una dulce niña que decide tomarse la revancha como le viene en gana. Eso sí, sus <<¡pum!>> huelen a pólvora.
La sociedad se ha convertido en un reality vomitivo. Mucha gente cree que el fútbol vive al margen de ella, pero nada más lejos de la realidad. La liga BBVA se ha transformado en los últimos años en un reality absurdo en el que el espectador sabe de antemano cuáles serán los que se disputarán el premio final sin que haya competencia alguna. Como las televisiones saben que en este país la mayoría de las personas es del Barça o del Real Madrid, ocupan gran tiempo de los telediarios al deporte. Pero no crean que hablan de deporte, ni mucho menos, sus agotadores minutos versan sobre si un jugador lanza una pulla a otro por twitter, o de si en Barcelona hay madriditis o en Madrid barcelonitis. A uno le dan ganas de liarse a tiros con esas discusiones. Por suerte, no soy el único que piensa lo mismo. Es más, uno de los segundones de ese circo, al que la televisión y prensa deportiva ignoran, se ha levantado en armas, y anda dando tiros allá en los campos de fútbol por donde va.
A Frank Murdoch, el protagonista de God bless America, lo mueven la desgracia y la tristeza. De eso el Atleti sabe mucho. Hastiado de tanta fatalidad, el equipo colchonero dirige su propia película, de la que muchos llevan pronosticando el the end desde octubre, pero que está escrita sin fisuras y dirigida con mano de hierro por un director de lujo, el Cholo Simeone, al que su reparto venera y hace caso de cada coma y de cada punto y a parte que les dicta. De entre sus doce actores, dos de ellos se han convertido en asesinos infalibles. Arda Turan es el asesino silencioso y de gabardina. Se mueve por la escena como un galán, con las manos en los bolsillos y movimientos elegantes, pero cuando la acción pide barro, es capaz de desenfundar el revolver como el mejor de los gánsteres. Diego Costa es distinto. El delantero es la secuencia en la que a los matones los persigue la policía y el copiloto saca medio cuerpo por la ventanilla del coche, con un ojo cerrado y el arma bien agarrada, con temple y rabia para enfrentarse a la ley a metralla limpia. La ley del fútbol español que dice que Barça o Madrid han de ser los campeones.
El Atleti hace que me agarre a las aristas del sillón. Me ha vuelto a recordar lo importante que es un gol en el fútbol. Para los que vivimos aburridos por este sistema que han impuesto a la Liga Española, el Atleti es como God bless America. Es la sátira perfecta a la sociedad del fútbol, la misma que los años harán caer por su propio peso e indecencia. Es probable que el final sea insulso y lo peor de la película, pero el comienzo y el nudo ya han hecho que merezca la pena pagar por la entrada. Por eso, God bless Atleti.

Foto: God bless America. 

Publicado el lunes, febrero 03, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, enero 27, 2014

 Si los poetas del siglo XVI y XVII los hubieran conocido, hubieran escrito muchos poemas sobre ellos. Cualquiera que haya leído un poco a autores como Garcilaso o como Góngora sabrá que sus musas, sus donnas angelicatas, aparte de ser capaces de tatuar su mirada en sus almas -escrito está en mi alma vuestro gesto-, de ser capaces de convertirse en la prenda de sus atormentados amoríos -mi alma os ha cortado a su medida-, de transformar sus manos en ánforas delicadas donde recoger sus muertes -En fin, a vuestras manos he venido/ do sé que he de morir tan apretado-, eran capaces de recoger en su cabello las finas hebras de los rayos del sol y el oro líquido del despertar de los días. Para Garcilaso y para Góngora, el pelo de sus amadas no era rubio, sino que era el cabello que en la vena del oro se escogió o el cabello, oro bruñido que al sol relumbra en vano. Por suerte, no conocieron a la horda de chiquillos y chavales peinados a tazón y con el pelo fino y rubio como hileras de sol y suave como las buenas telas.
Si habéis crecido en la década de los noventa, seguro que los conocéis. Yo recuerdo a Joselito en el colegio, flacucho y con los andares imperantes, ordenando donde debíamos jugar al fútbol y como se debían hacer las cosas. Joselito infundía mucho respeto a pesar de su menudencia. Ahora estoy seguro de que era por su pelo rubio y a tazón. Otro caso parecido era el de mi vecino Pedro. Su padre regentaba una tienda de juguetes, que era el sueño para cualquier niño. Cuando iba a casa de mi primo, siempre me paraba en el escaparate de la tienda del padre de Pedro, y observaba con ojos codiciosos la nueva Play Station, o la Gameboy, o los patinetes con manillar en los que ponías un pie en la plataforma y con el otro empujabas para coger velocidad. Pedro, a parte de todos esos juguetes, tenía el pelo liso y peinado a tazón que le llegaba hasta el cuello. Además, portaba una chulería innata, y andaba calle arriba y calle abajo bamboleándose con la Gameboy en las manos o empujando su patinete. Otras veces, cuatro o cinco niños andaban detrás de él siguiendo la estela de su aureolada melena. Con Pedro también estoy convencido de que sus dotes de mando y chulería eran por su pelo rubio y a tazón.
La otra tarde me disponía a coger el tranvía. Eran las tres, que es la hora en la que en Alemania los niños salen del colegio. Esperando a que el semáforo se pusiera en verde me acompañaba un enjambre de niños drogados de nerviosismo y alegría porque había acabado el día de escuela. Los niños no consiguieron despegarme de mi ensimismamiento, ya saben, pensaba en la mierda de país que es España, en que el tiempo no se frena nunca y mil tonterías más que no vienen al caso. Alcé la vista para ver si el semáforo cambiaba de color y una luz amarilla se destacó ante mis ojos encarándose al cielo gris. Volví a ver a un miembro de esa especie. La especie de chiquillos de pelo dulce y dorado y peinados a tazón. Creía que habían sucumbido a la moda, pero al parecer no. El niño era menudo y delgado y portaba una mochila que hacía más bulto que su cuerpo. Tenía los ojos muy azules, estaba rodeado de tres niños que le seguían las bromas y que se dejaban pegar, como nosotros con Joselito, como los amigos de Pedro con él. El semáforo dio el aviso y los niños cogían el mismo tranvía que yo. Me senté en un asiento de cuatro personas, los amigos del chiquillo rubio y peinado a tazón ocuparon los tres restantes. Al chiquillo le cambió el rostro y se puso serio. No sé por qué, pero había tensión en el pequeño círculo que habíamos formado. Yo creía que alguno de los otros tres niños iba a dejarle su asiento, pero no ocurrió así. El niño rubio me miraba y yo no podía evitar mirarlo. En realidad no a él, sino a su pelo tan del oro y tan fino y a sus ojos tan azules. No lo soporté, cogí mi mochila y con un gesto amable le señalé que el asiento era suyo, que me había ganado. Fue inevitable. Era como un ángel.  

Foto: Leonardo DiCaprio. 

Publicado el lunes, enero 27, 2014 por La enfermedad de las Turas

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domingo, enero 19, 2014

 Uno se acoge a las tradiciones porque no hay más remedio, supongo. A mí la Semana Santa no me gusta, pero siento algo de alivio durante esos días, es como si el ánimo tuviera su propio ciclo vital. En Semana Santa mi estado anímico es el de la Semana Santa. Mi casa está situada en el centro de mi pueblo, Arcos de la Frontera -su Semana Santa es muy bonita-, y por las grietas de sus muros viejos siempre van a reposarse los antiguos compases de los clarines y las cornetas cuando llega el final de Marzo, el principio de Abril o finales de Abril -el calendario cristiano tiene sus propios caprichos-. Me gusta porque con nostalgia inevitable me devuelve a la parte que quizás más cariño me dé de la vida, la de los primeros besos. En esa semana los chiquillos lucíamos nuestras mejores galas y hacíamos la penitencia, aunque de manera muy hipócrita, porque nuestra verdadera creencia y verdadera fe era poder llevarnos a la chica que nos gustaba a un rincón acondicionado para el primer beso. La primera chica a la que besé fue un Jueves Santo, en mi casa reformada y con el incienso y los clarines y las cornetas de fondo. Era muy guapa -aún hoy me lo parece-, después todo sucedió muy deprisa.
Lo bueno de la Semana Santa es que no deja resaca, no es como la Navidad. A mí las Navidades me parecen fiestas muy alegres: las visitas lejanas, la familia, la buena comida y el buen vino, pero su resaca es muy dolorosa. En Navidad nos llueven las buenas intenciones, las calles están muy bonitas con sus luces y sus árboles bien decorados, sus noches especiales que celebramos hasta que al cielo le da por colorearse de gualda, Papá Noel y Los Reyes Magos. ¿El 7 de Enero? Lo gris, el medio cuerpo asomando por la azotea.
Son muy recurrentes los mensajes felices en Navidad, “el nuevo año cargado de ilusión”. Pero la verdad es que desde primeros de años -como desde el primer día de la vida- ya andan jodiéndonos: las mujeres no podéis decidir sobre vuestro embarazo y los españoles en el extranjero pierden algo de sanidad, y lo más importante, algo de dignidad. Pero eso va más allá de la resaca después de Navidad. Una tarde jugaba en el patio del colegio al baloncesto, un 8 de Enero. Cuando llevaba una hora jugando dije <<me voy a casa>>, y me marché, pensativo y cabizbajo. Yo no había bebido esa Navidad, pero tenía una resaca de la hostia. Llegué a casa y me senté en las escaleras de la azotea, con una revista, mientras el sol se escondía por la espalda de los edificios, esperando que una chica me llamara o sabrá dios qué cosas. Supongo que eso es la vida, esperar con el mentón apoyado en las manos hasta que pasen cosas.
Un buen alivio para la resaca es beber. Es probable que también sea un buen remedio para estos meses sin fiestas. Beber sentado en las escaleras de la azotea con una revista y encomendarse a Scott Fitzgerald. <<Bebo porque cuando ocurre pasan cosas>>, que decía. 

Foto: Elda Fitzgerald, Hemingway y Scott Fitzgerald. 

Publicado el domingo, enero 19, 2014 por La enfermedad de las Turas

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