viernes, abril 29, 2016



 Cuando lean este artículo, ya habré cumplido 29 años. La edad es una señorita que camina descalza por tu casa para no hacer mucho ruido, pero que cuando te sientas en el sillón, descuidado, aparece dándote una patada en la cara. Entonces te das cuenta de que estás en 2016, que hace veinte años que cantas el popurrí de Los bordes del área, que lo más productivo que has hecho contigo es perder el tiempo viendo El día después, y que aún esperas meter la canasta decisiva en el último segundo y salvar de un disparo certero a la chica rubia del vestido blanco. Esa patada inesperada y diestra, en definitiva, te hace recordar las cosas importantes, como la abuela de una amiga que tiene alzheimer y no se acuerda del nombre de su nieta, pero que cuando mira la tele mientras echan Cine de barrio, exclama <<mira Manolo Escobar, ¡qué guapo era!>>
Hablaba con mi abuela de los años que cumplía y apareció mi padre. Él no prestaba atención a la conversación literaria que llevábamos entre manos, porque la literatura, a fin de cuentas, es hablar del paso de los años. Hace unos meses asistí en Madrid a una charla con el poeta y novelista Manuel Vilas. Tras un silencio que sonaba a hoja partida por la mitad, alguien del público preguntó si había cambiado algo en su forma de ver la literatura, a lo que el escritor de Huesca respondió que últimamente pensaba mucho en la muerte, que eso lo estaba cambiando todo. La edad está llena de muerte, pero no de una muerte física de <<ahí te quedas>>, sino de una muerte literaria, la de los versos con olor a hospital -que diría aquél- a los que no has prestado mucha atención porque no te correspondían pero que cobran sentido cuando has traspasado la trinchera de unos años determinados, y te das cuenta de que siempre han estado ahí, excavándote pacientes como nadadores. El caso es que mi padre nos interrumpió tocándome la barriga y diciéndome <<tío, estás echando bartola>>. Yo me signé, preciso, y quise pedirle permiso a mi abuela para que me dejara asesinarlo delante suya, como cuando Johnny Sack pide a Carmine Lupertacci bondadosamente que le conceda su consentimiento para matar a Ralph Cifaretto, en Los Soprano, puesto que éste último había llamado gorda a su mujer en público.
29 años y todavía no he cumplido nada de lo que no me he prometido cumplir. No hace falta ir por la vida tratando de ponerte metas cuando todos sabemos, a ciencia cierta, que la vida está para aburrirse, y que cuanto más nos aburrimos, más felices somos. Ya Alejandra Pizarnik nos alertaba cuando nos decía <<esta lúgubre manía de vivir>>. Hay que aburrirse, mirar hacia abajo, y cuando veas tus zapatos, llamarlos ataúdes, como Nicanor Parra, que una vez escribió <<sepan que de ahora en adelante / los zapatos se llaman ataúdes>>. Eso es lo principal, ya luego nos pondremos metas. Pensando ayer en la ducha tomé conciencia de que la única actividad constante en mi vida ha sido la de escribir. No pensaba en qué había escrito, sino que había escrito durante muchos años seguidos, y que es lo único que podía hacer. Esto me recordó una escena de la serie Treme: Janette es una chef de alta cocina exiliada en Nueva York a causa del huracán Katrina, al igual que Delmond Lambreaux, un espléndido trompetista de Jazz. Los dos están cenando en un restaurante y conversan sobre el destino que han escogido. Delmond se sorprende de la voracidad con que come Janette. La chica le explica que lo hace así porque en su trabajo no se comen la comida que cocinan. El trompetista le objeta que es una cosa dura la que ha elegido con su vida, a lo que la chef le contesta: <<nosotros dos, ¿cierto?, gente como nosotros, solo hacemos una cosa. No tenemos elección, en realidad. ¿Podrías hacer algo más?>>.

Artículo publicado en Arcos Información (29/04/2916)  

Foto: Manolo Escobar. 

Publicado el viernes, abril 29, 2016 por La enfermedad de las Turas

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miércoles, abril 20, 2016

 No es bueno llegar a la primavera con los deberes hechos. Entras en la rutina de ganar, ganar y ganar, y llegan las jornadas decisivas y miras más lo que hacen aquellos para quienes el curso ha sido un mero trámite, que lo que verdaderamente te gusta, que es ganar, ganar y ganar. Te crees indestructible, joder, cómo no, si estás en Marzo y aventajas en 11 puntos al segundo de la clase, que es aguerrido, firma una de las temporadas de su historia y aunque gana a todo el mundo, no puede contigo. Piensas que para que todo termine tan sólo hay que dejar pasar el tiempo, quizás leyendo a los modernistas, preocupado por la belleza; tu belleza, porque no sólo ganas, es que encima en cada partido dejas un soneto en alejandrinos o una salutación escrita en hexámetros. Así que sí, que lo mejor es que el tiempo se diluya como una mancha de aceite en un calcetín y ya el año que viene Dios dirá.
Cada derrota que sufras de aquí al final ni siquiera se contará en los libros de Historia. Qué más da. Acudes a la contienda bien peinado y bien perfumado, y tratas al balón de forma delicada, al trote, despacio y en horizontal. Eres jodidamente bueno y tarde o temprano la pelota entrará, puede que más de una vez, donde mejor se encuentra, acunada en el vientre de la portería. No importa que sea el Real Madrid el que venga a chafarte la tarde de un sábado. Ya nada ni nadie puede estropearte tus plácidos fines de semana. Se pierde, y qué, aún la ventaja es suficiente. Te duchas, te peinas, te abrochas el último botón de la camisa y pides comida en el chino. El miércoles sí hay que darlo todo, vienen los mismos quisquillosos de siempre a ponerte contra las cuerdas. Sufres. Se ponen 0-1, pero como siempre, ganas. Lo siguiente es un trance habitual. Anoeta, que no es un estadio modernista una tarde noche de domingo, sino triste y melancólico como un verso de Machado.
Ahí te das cuenta de que algo no va bien. Te marcan, y aunque queda mucho tiempo para que ocurra lo de siempre, que ganes, te quedas sin respuestas. Lo achacas al cansancio de entresemana, esos quisquillosos de rojiblanco de verdad que fueron duros. Quizás sea un traspiés doloroso, pero puede que venga bien para espabilar. Te ha ocurrido como al estudiante perezoso que llega de clases y se promete, convencido, que la siesta va a durar una hora. Sin embargo, cuando abre los ojos, el sol no tiene el color que debe tener y se marcha bostezando por la espalda de los edificios. Todo va a salir bien, te dices, todo va a salir bien.
Pero, carajo, el miércoles hay barro. Mucho barro. Te encuentras en medio de una histeria que ni siquiera has visto llegar. No se puede fallar. Estos del Manzanares vienen con cuchillos en los dientes, aunque de nuevas. Ya has vivido eso mismo en Stamford Bridge y ha pasado lo de siempre, que ganas. No. No ganas. Algo va mal. Tus compañeros tienen los ojos negros. Las piernas tiemblan. Has llegado a la primavera con los deberes hechos para la victoria y ahora resulta que tu máximo rival está en semis y tú no. Que puede que haya Undécima y tú no estás presente para hacer lo de siempre, ganarles. Bueno, aún quedan dos competiciones. El calendario es fácil, y el siguiente partido lo juegas en casa.
Y no. Que no. Que se adelantan en tu campo 0-1 y cuando esperas que llegue lo necesario, el descanso, resulta que el balón se cuela elegante por un hueco leve y te hacen el segundo. Y ahí ya sí que sí. Tomas consciencia de que estás en el final y has alimentado al mismo demonio que alimentaste tantas veces otros años. Rijkaard, Ronaldinho. Pero viene A Coruña, donde se ha ganado una liga, donde va a pasar lo de siempre, te repites, que ganas...

Publicado el miércoles, abril 20, 2016 por La enfermedad de las Turas

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viernes, abril 15, 2016

 Mi madre todavía me pregunta qué quiero ser de mayor. Lo hace seria, tanteando el terreno mientras me acerca sigilosa un bocadillo de nocilla. Yo me pongo solemne para dar la respuesta. Me aprieto bien el nudo de la corbata y me abrocho la gabardina hasta el primer botón de la camisa, para hacerlo lucir. Acto seguido, doy un mordisco al bocadillo, carraspeo para coger buen tono y afirmo que quiero ser rico como Mario Vargas Llosa, ganar el Cervantes, el Príncipe de Asturias y el Nobel. Por ese orden. Nada cercano al futuro como escritor provinciano y profesor de instituto que me espera.
De hecho, ya inicio mi carrera escribiendo en el periódico de mi pueblo. Mi abuela el otro día me preguntó orgullosa si yo estaba escribiendo en él. Quise contarle que mi intención era la misma que la de Antonio Muñoz Molina cuando comenzó a escribir en el Diario de Granada. El novelista cuenta que se presentó en la redacción del diario porque no le publicaban nada y ansiaba que sus palabras desprendieran tinta. Sentirse escritor. Algo parecido a lo que hice yo en la redacción de este medio. La trayectoria del escritor de provincias se urde acercándote al abrazo frío de una columna, como un capo de la mafia busca consuelo zambulléndose en los brazos de su padrino, implorando que su mujer no se encuentre un pez crudo en el felpudo de su ático.
Somos los escritores de provincias seres entrañables. Nos paseamos incomprendidos por las estrechas calles de nuestros pueblos, con los brazos enlazados detrás de la espalda, buscando un verso a la tarde, que nos caiga la gota exacta de una idea suntuosa para una novela, quizás la abuela del vecino de un amigo que perdió a su marido en la Guerra Civil y sacó adelante a siete hijos. La gente del pueblo se sentiría orgullosa de esa novela, pensamos, y nos dirigimos acelerados a casa para escribirla en pocos meses y que el Ayuntamiento nos la publique con 500 ejemplares. Porque los escritores provincianos escribimos sobre todo para que nos lea la gente de nuestro pueblo. Somos como aquellos versos de Pedro Sevilla, en el poema titulado Mi madre, donde el poeta le confiesa el único e incontestable motivo por el que se dedica a esta tarea de borronear papeles: <<Si escribo es porque tengo / una deuda con tus ojos de lluvia; / para que llores menos, si es posible, / y digan los del pueblo: / esa vieja de luto es la Angelina, / que le ha salido un hijo que hace versos / y escribe en los periódicos>>. Todo se reduce a eso, a que los del pueblo hablen de ti, y si eres bueno, a que tus alumnos te lean y te pregunten por qué escribiste esta o la otra cosa.
A veces el escritor de provincias cree que su obra está poco reconocida, o que si da un poco más de sí, puede escribir algo que interese a las grandes editoriales. Quién sabe si un diario. Pero lo escribe y de las editoriales tan sólo recoge un silencio largo e imperturbable que entra por el vientre y se acomoda en la garganta. Entonces piensa en el suicidio, como el protagonista del relato Diario de un escritor fracasado, de Juan Bonilla. Y tampoco es eso, hombre. No si en tu pueblo existe un periódico con falta de columnistas que generosamente va a ofrecerte un acogedor hueco semanal para que te sientas escritor. Así que aquí me veo, escribiendo en el periódico de mi pueblo, trajinándome una excelente carrera como escritor de provincias que esté a la altura de mis antecesores, repitiéndome lo mismo que dice el comisario que entra en la funeraria del señor Mozzarella, en Con faldas y a lo loco, y descubre que detrás se encuentra un bar clandestino: <<Las cosas hay que hacerlas bien o no hacerlas>>.

Artículo publicado en Arcos Información (15/04/2016)

Foto: Con faldas  y a lo loco.

Publicado el viernes, abril 15, 2016 por La enfermedad de las Turas

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martes, abril 05, 2016

Llegué de trabajar como un día normal. Uno, cuando llega a casa después del trabajo, siempre tiene que hacer el mismo ritual, como una abuela cuando va a misa, que entra en la iglesia, compra una vela roja, la enciende y ya después si eso se acomoda para rezar. Dejé mis cosas en mi habitación y me senté a comer. Mi padre miraba la televisión, como siempre. Yo, también como siempre, dije <<buenas>> para saludar, sin esperar ni siquiera una respuesta por parte de nadie, porque a esas horas no hay nada más importante que el plato que tienes delante. Pero mi padre contestó, claro que contestó, con una frase sentenciosa que lo único que pretendía era herir la paz incomprensible de la salita. <<Abri, Cruyff se ha muerto>>. No tenía ánimos para entablar una conversación con él que versara sobre la ligereza en el fútbol y sobre quién había marcado una época más gloriosa en el Barça, así que contesté <<hostias>>, y me concentré en el plato que tenía enfrente.  Ya pasados varios días,  no he podido dejar de pensar en la muerte de Cruyff y en mi padre.
Desconozco los motivos por los cuales mi padre es culé hasta para elegir sofá. Me gusta pensar que es del Barça porque el club significaba para él un recurso épico contra el franquismo de su infancia, algo parecido a lo que pensaba Manuel Vázquez Montalbán, y que Cruyff representaba una clara victoria contra el Régimen. Sin embargo, creo que es cruyffista porque desde que nació mi padre hasta 1994, el F.C. Barcelona había vivido sólo dos momentos gloriosos -un 0-5 en el Bernabéu y el Dream Team-, y en los dos Johan mandaba tranquilo e imperturbable, vestido con sandalias y una toga de lana cayéndole sobre el cuerpo. Puro fútbol. Es tan cruyffista que una vez me hizo grabarle un Argentina-Holanda del Mundial de Francia porque no lo podía ver, y aunque Cruyff nada tenía que ver con esa selección de Holanda, era holandés, y a Holanda se la defiende en mi casa como a la última letra de la hipoteca.
Yo, barcelonista prófugo, tengo malos recuerdos de Cruyff dirigiendo el banquillo del F.C. Barcelona, pues coincidí con la época de los Cuéllar, Kodro, Prosinecky, Eskurza, Korneiev, y una serie catastrófica de fichajes que auparon al Barça a la burla más sarnosa y a los comentarios más feroces en mi contra por parte de los viejos sin escrúpulos que bebían manzanilla con mi abuelo en el bar. (Artículo completo en Andalucía Información)

Publicado el martes, abril 05, 2016 por La enfermedad de las Turas

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martes, noviembre 17, 2015


 Hace tiempo, cuando era pequeño, en mi casa había un pozo con un barreño grande tapando el boquete para que ni yo ni ninguno de mis hermanos nos precipitáramos a lo oscuro. La horma del barreño no se ajustaba a las dimensiones del pozo, así que sus cuatro esquinas se desnudaban en cuatro huecos opacos que parecían cuatro pezuñas de caballo. El enigma que para nosotros era aquel agujero nos absorbía, y ante cualquier despiste de nuestros padres o abuelos allá que acudíamos, a mirar las tinieblas de puntillas, aterrados, pero con esa atracción y ese nerviosismo que da el miedo, que trepa la garganta con dedos huesudos. Mi padre, para que no nos acercáramos, nos decía que por uno de los huecos podía salir la mano de un hombre que había en el pozo, y que por eso estaba el barreño, para que no saliera su alma por las noches. Yo me imaginaba que ese hombre era mi abuelo, que murió joven porque se cayó por un boquete mientras trabajaba. Así que por las noches, cuando pasaba por el pozo, corría con pequeños pasitos para que la mano de mi abuelo no apareciera y me atrapara y me hiciera cabalgar hasta ese nido de hormigas.
Un hueco es lo que más me aterra en la vida. Los huecos tienen el porte de lo recóndito y lo inexpugnable, pero no son más que alimañas con sed de arañazos. Piensen en los defensas de fútbol. Cuando un defensa comprende que en su retaguardia ha aparecido un hueco, sabe que lo inevitable está por llegar, que lo mejor que puede suceder es que la muerte aparezca con los antinieblas puestos y se los lleve a todos por delante, porque el hueco ya está ahí, y después del hueco viene la sangre y el zarpazo. Xavi, Zidane, Guardiola, Riquelme, entre otros, han sido grandes futbolistas, pero antes que eso han sido personas con una capacidad para la maldad inquebrantable. Eran capaces, con un movimiento en diagonal del compañero, de saber dónde se generaba el hueco necesario para introducir el balón por ahí y crear el caos más absoluto en el campo del rival. Aunque el pase se produjera desde 40 metros, como aquel de Riquelme en la final de la Intercontinental ante el Real Madrid, en el que el futbolista argentino, tirando de escuadra y cartabón, descubrió un resquicio para aniquilar la defensa blanca de la misma forma que Joaquin Phoenix introduce veneno en el vaso de plástico del juez, en la película Irrational Man. 
Un hueco es el vacío. Dolor. Sangre. Las cuencas blancas de los ojos de un ciego. Cuando era pequeño los huecos eran lugares divertidos, como cuando nos encerrábamos en las cavidades de las escaleras para examinar nuestra sexualidad, cuando la pubertad empujaba las puertas de la adolescencia. Pero ahora los huecos son pezuñas de caballo, y a todo lo que llegan es a la desesperación. Lo sabía Lorca y así lo constata en Poeta en Nueva York, donde utiliza la imagen del hueco para expresar todo el dolor del desamor que manejaba en su viaje por América. Tanto, que un poema se titula Nocturno de lo hueco (Para ver los huecos de nubes y ríos). También alude al hueco en 1910 (Intermedio), como antítesis a la infancia y la felicidad y como recurso para expresar el dolor absoluto: <<(...) He visto que las cosas / cuando buscan su curso encuentran su vacío. / Hay un dolor de huecos por el aire sin gente / y en mis cojos criaturas vestidas ¡sin desnudos!>>. Un hueco es el vacío. Dolor. Sangre. Las cuencas blancas de los ojos de un ciego. Cuatro pezuñas de caballo.  

Foto: Irrational Man. 

Publicado el martes, noviembre 17, 2015 por La enfermedad de las Turas

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martes, noviembre 10, 2015


 Hace poco una chica me dijo que era feo. Así, sin más, escupiendo, arañando la nuez. Uno intuye ciertas cosas en la vida, pero cuando te las muestran tan nítidas, no tienes más remedio que encogerte y esperar que el tiempo pase. Sin embargo, me puse a escribir sin mesura mil incongruencias; no importaba el qué, sólo que el cursor fuera empujado por palabras indescifrables hasta caer por el precipicio de la hoja, como Jack Nicholson con su máquina de escribir en El Resplandor.
Es algo raro el ejercicio de escribir, más que nada, porque nadie sabe dar una explicación exacta a por qué eligió ese oficio y no otros más sutiles como pescador o azafato de vuelo. Hay quienes se intentan aproximar, en la medida de la grandeza, a una definición rebosante de grandilocuencia y sentenciosa, y otros que aluden al desconocimiento del asunto, a que escribir es mejor que descargar cajas en el mercado central, o como Caballero Bonald, que afirma que comenzó la tarea porque le fascinaba la vida que había llevado Espronceda. Sin duda, la mejor afirmación al respecto del ejercicio de la escritura la encuentro en Juan José Millás, que con la cadencia y la amargura con que un borracho le dice al camarero, puro y whisky en sendas manos, que le ha dejado su mujer, afirma: <<escribo por las mismas razones que leo, porque no me encuentro bien>>.
Escribir puede ser todo lo que los escritores dicen si eres guapo. Si eres feo, el único motivo por el que uno se enfunda el pijama y se acompaña de un Cola-Cao con el ordenador enfrente, es para ligarse a alguna chica. Adolfo Bioy Casares -que aunque bien guapo, supongo que debía sentirse muy feo-, confiesa en una entrevista: <<Lo cierto es que para enamorar a una prima que no me hacía caso pensé en escribir un libro parecido al de un autor que le gustaba a mi prima. Así, a los seis o siete años, intenté escribir por primera vez>>. Los escritores pueden haber leído mucho, pero al final, las obras -o ciertas obras, más bien, sobre todo aquellas iniciales- no tienen otro objetivo que el de dar un beso de tornillo, y quién sabe si algunas caricias.
Juan Marsé, que como él mismo se retrata, es <<visto de espaldas, la mismísima imagen del pesimismo>>, cuenta que a los dieciséis o diecisiete años escribió unos relatos, y que se los daba a una vecina, amiga de su hermana, para que se los pasara a máquina, pues era la única en el barrio que poseía una. La chica, verdaderamente, le gustaba al escritor catalán, que afirma <<no sé hasta qué punto era una excusa, es decir, no sé hasta qué punto yo escribía no para conseguir un cuento, sino para que ella me lo pasara a máquina>>. Marsé confundía, en sus inicios como escritor, la vocación y el deseo. Pero no es el único caso que el autor de Últimas tardes con Teresa guarda que relaciona escritura con mujeres. El periodista José Martí Gómez relata, en el documental Érase una vez Juan Marsé, cómo una chica se acercó al escritor y le dijo -o le escupió, más bien- que había llegado a la conclusión de que lo que había pretendido con Últimas tardes con Teresa era hacer un ajuste de cuentas con la burguesía, a lo que el autor, feo y venenoso, contestó: <<mira, nena, te voy a explicar la idea que me inspiró escribir la novela: yo siempre me he querido follar a una chica rubia y de ojos azules como tú, pero como soy feo no he podido nunca, entonces, para mí la novela es una forma de embellecer mi mundo, y he creado ese personaje que podrías ser tú, y si hubiera tenido la posibilidad de follarte, probablemente no hubiera escrito la novela>>.
Yo también empecé a escribir para ligar. Mal negocio. Las chicas querían palabras bonitas pero a la hora de la verdad, un buen coche o una buena cena hacía olvidar los crepúsculos y las metáforas de senos y besos incandescentes, que en realidad no tienen otra lectura que la de <<quiero follarte>>. La chica para la que empecé a escribir era mi novia, guapa y enamorada, y eso en la época de la que os hablo, en la que la pubertad dejaba su huella en el rostro como una madreselva en una pared, era mucho pedir para un chico lánguido y asqueado como yo. El caso es que el rumor de que yo escribía cosas para las chicas se extendió y una tarde, en la que estudiaba latín, se acercó Vero, una chica rubia y de ojos verdes que era lo más parecido al amor de mi vida en aquellos años. Lo dejé todo por escribirle un poema, aborrecí a mi novia -a la que dejé por supuesto- y me inmiscuí en una lectura tan profunda y a la vez tan ridícula de Quevedo, Garcilaso o Darío, que mi madre comenzó a preocuparse y a llevarme un Cola Cao cada diez minutos para poder ver qué ocurría en mi habitación.
Una tarde Vero me dijo que fuera a un patio que había detrás de su casa. Yo me abotoné la camisa y me puse una corbata negra como las de Don Draper, o eso para mí eran las zapatillas deportivas y los pantalones de tres tallas más que acostumbraba a llevar entonces. Recuerdo la luz del patio, no porque fuera tibia y porque creara una bonita estampa, sino todo lo contrario, algunos niños traviesos le habrían apedreado la dignidad y la bombilla, resistiendo a la muerte como la llama de un mechero en la Antártida, me daba fogonazos en los ojos. Pero le leí el poema, y Vero me abrazó, y cuando afilé el tornillo de mi lengua, el amor de mi vida, con sus ojos azules y malvados como los de una mujer en un poema de Béquer, se retiró creando una muralla con sus manos en mi pecho. Me dijo que <<era feo, y los feos eran graciosos cuando escribían cosas, pero que nada de tornillos ni qué ocho cuartos>>. No recuerdo lo que pensaba en el camino a casa. Tan sólo recuerdo que cuando llegué, necesitaba escribir. Desenfundé el Nokia y escribí a mi novia de hacía dos días un SMS de auxilio: <<Necesito verte>>.

Foto: Adolfo Bioy Casares.  

Publicado el martes, noviembre 10, 2015 por La enfermedad de las Turas

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martes, noviembre 03, 2015

 Un día un amigo se borró del facebook, dijo que estaba cansado y desactivó la cuenta, que es lo mismo que quemar todos tus papeles que acrediten alguna identidad. Mi amigo veía en el hecho un acto heroico, una forma de soledad, de juntar cuatro ropas y embarcarse en una furgoneta a ver mundo para encontrarse consigo mismo, como Sean Penn en Hacia rutas salvajes. Al tiempo volvió, cabizbajo y casi como pidiendo perdón, diciendo que <<necesitaba estar al tanto de la vida y hablar con algunas personas>>.
Siempre hay que volver a las cosas, es algo inevitable del ser humano, volver al punto donde se empezó todo, a lo oscuro. Por algo nacemos y por algo morimos. Morir no es otra cosa que volver al origen de uno mismo. A los escritores les sucede tres cuartos de la misma cosa: escriben, entran en crisis y a los diez meses, cinco años, cincuenta años, vuelven al papel aunque sólo sea para poner <<escribo como la mierda>>. Todos salvo Juan Rulfo. Es conocido que alguna vez un admirador lo instó a que escribiera más novelas, a lo que el autor de Pedro Páramo contestó, sorprendido, algo así como que ya había escrito dos novelas, y esas ya eran muchas.
Todo regreso viene acompañado de un rumor. No es una voz que te dicta, ni una señal ni otras gilipolleces del mismo estilo. Es como una carcoma, que te va mordiendo las entrañas despacito, o el estómago, que no es otra cosa que un precipicio muy hondo donde anida todo aquello que quiere venir de vueltas. Mucho mejor que yo lo explicó Rafael Alberti cuando escribió aquello de <<Estos rumores / estos leves susurros conocidos / de cielos, hojas, vientos y oleajes / son mis aires mejores, ya felices / o confesadamente melancólicos. / Vuelvo a encontrarlos, vuelvo / a sentirlos tan míos / después de tan alegres y cansados (..)>>
El caso es saber cómo y cuándo volver. Pongo dos ejemplos de futbolistas: Joaquín volvió al Betis entre vítores y loas, digamos que Sevilla lo recibió y se preparó para ello como cuando eras pequeño y tu maestra te concienciaba de que venía la Reina Sofía al pueblo. Entonces, cuando salías del colegio, veías al alcalde descorchar champán y lanzárselo por encima, y el pueblo era todo derroche, todo alegría y todo Bienvenido Mr. Marshall. Joaquín puede jugar bien o mal, eso es su elección, pero en el Betis siempre va a tener al utillero a su favor. Algo distinto sucedió con Dani Güiza. Jerezano de nacimiento, cuando las cosas iban bien lanzó obuses de plata a la afición del Cádiz, afirmando <<nunca jugaré en el Cádiz>>, o cuando jugaba en el Real Murcia, que declaró que le gustaría <<chafarle el ascenso al Cádiz>>, incluso cuando militaba en Primera y era internacional, envalentonado por la situación, llegó a decir que <<Cádiz era un pueblo de Jerez>>. Pero al tiempo un futbolista se hace viejo, y necesita volver a su tierra, aunque su tierra sea hostil. No le ocurre como a Rosa Chacel, que no sentía nostalgia de España cuando estuvo en el exilio porque la España victoriosa y franquista no era su España. Güiza fichó por el Cádiz, y en su presentación había gente que deseaba que dejara el mundo y que le decía cosas muy feas a su madre.
Uno de los personajes que he leído y que más asombro me ha causado ha sido el psicópata que orinaba en las iglesias en la novela 2666 de Roberto Bolaño. El hombre profanaba los altares con su orín y después de miccionar, permanecía rezando. A pesar de lo descarado de su ofensa y de su crimen, volvía una y otra vez a un altar para orinar y después rezar. Y en esas estoy, volviendo una y otra vez a este blog, quizás porque necesito a un editor que me meta a pobre, o quizás porque uno cree que escribiendo va a arreglar algo. El caso es que he vuelto a llenar el minibar y que las puertas están abiertas 24 horas. Descálcense y sírvanse una copa, son bienvenidos.

Foto: Rosa Chacel.


Publicado el martes, noviembre 03, 2015 por La enfermedad de las Turas

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martes, marzo 17, 2015

<<¡Buscad el tablero, hay que buscar el tablero, carallo!>>, nos aguijoneaba Ángel, un entrenador gallego que nos iniciaba en el arte confuso del baloncesto. Para nosotros, en cambio, el tablero era la manera sucia de meter una canasta, el camino fácil que desechaba la floritura, aquella  que nos había suscitado las ganas de practicar ese deporte. Así las cosas, Ángel nos parecía un pelmazo cuando dejábamos el balón directamente en el aro y nos repetía una y otra vez que el tablero era el camino que había que elegir para encestar. No era el procedimiento que usaban los jugadores que nos gustaban, no era el recurso que unos niños de trece años querían para disfrutar del baloncesto.
Aunque si echamos la vista atrás, a nuestra generación le costaba encontrar  un jugador que se amoldara a nuestros gustos. Nos encontrábamos, seguramente, ante la época más confusa desde que David Stern se hiciera cargo de la NBA en 1984. Michael Jordan, el jugador símbolo de la liga, que acaparaba todo el marketing de ésta y a la que proporcionaba unos resultados económicos sin precedentes, había anunciado su segunda retirada cuando nos adentrábamos en la temporada del año 1999, dejando en las oficinas de la liga el silencio incómodo de la incertidumbre. Antes, el comisionado de la NBA tuvo que hacer frente a las exigencias económicas por parte de la patronal y el sindicato de jugadores, que no consideraba justo que el 20% de los jugadores recibiera el mínimo salarial, mientras que sólo nueve acapararan el 15% de todo el dinero que estaba destinado a pagar salarios. La NBA y la Asociación de Jugadores se habían reunido 9 veces antes del 30 de junio de 1998, día en el que se decretó un lockout que duró 204 días. Fue David Stern quien agarró el problema por las asas. La amenaza del cierre completo de la temporada  amenazaba la NBA, que envió una carta a título personal a todos los jugadores y que amenazó con el cierre definitivo de la temporada si en enero no se había llegado a un acuerdo. La jugada le salió bien a Stern y se pudo jugar una temporada de 50 partidos.
Para el aficionado fue un año raro. El juego ofrecido por las franquicias era especialmente pobre. Con el adiós de Jordan, aquellos que nos saciábamos viendo algunos resúmenes en +Deporte, el programa de Canal Plus, nos sentimos abandonados al no poder contemplar más sus mates ingrávidos, sus canastas en el último segundo y sus aros pasados con doble pirueta. Porque no sólo se fue Jordan, sino que también se fue Chicago. Tras la despedida del 23, Pippen, Rodman y Phill Jackson también acordaron su salida, y con ellos se fue lo que quedaba de una franquicia que -quizás porque era la franquicia más mediática y a la que teníamos más acceso- nos había enganchado al baloncesto.
En estas circunstancias, yo me adentraba a buscar al nuevo jugador que fuera capaz de levantarme del sillón. No estaba, desde luego, en la franquicia ganadora en aquella temporada del 99. Los San Antonio Spurs de Gregg Popovich obtuvieron ese año en el draft al posiblemente mejor ala-pívot de la historia, Tim Duncan, y fueron campeones. Es sin duda el 21 de los Spurs el jugador que mejor ha aprovechado el tablero para encestar, y esto, precisamente, le quitaba méritos de excepcionalidad ante la mirada codiciosa de un chaval de 13 años. Si después de cinco anillos y de desplegar en la última final, ante los Miami Heat de Lebron James, el mejor juego ofensivo y de equipo que he visto hasta ahora, se sigue acusando a Tim Duncan y sus San Antonio Spurs de estrella y franquicia con poco tirón, imagínense el que pudieran tener aquel año, en el que el juego pragmático y de ascendencia militar como la de su entrenador distaba mucho del desarrollado en las últimas Finales.
La NBA se encontraba frente a un panorama sombrío y necesitaba reclutar a los aficionados  anhelantes de showtime. La revelación apareció de forma inesperada. Sacramento Kings, una franquicia en constantes procesos de remodelación, escogió en el draft del 98 a Jason Williams, un base blanquito capaz de hacer auténticas locuras con un balón de baloncesto. Dice Antoni Daimiel en El sueño de mi desvelo, libro del que nos hemos surtido para este artículo, lo siguiente sobre Chocolate Blanco: <<Se puso a jugar con el codo. Perfección, nunca exenta de espectacularidad, que sentó frente al televisor a altas horas de la madrugada a gente que en su vida había visto más de un par de partidos de baloncesto completo>>. La incursión de este base, que estaba acompañado por excelentes jugadores como Chris Webber, Vlade Divac y Stojakovic, fue un brote de esperanza para aquellos que esperábamos juego de contraataque y pases mirando al tendido finalizados con mates sonoros.
Aunque la primera señal de que la NBA empezaba a darle otro ritmo de juego a la competición fue el concurso de mates del 2000. Fue la primera vez que vi a Tracy McGrady. Me sorprendieron sus piernas largas y flacas y la potencia inusitada con que atacaba el aro para machacar. El gran triunfante de la noche fue su primo y compañero de equipo, Vince Carter, pero mis ojos se centraron en los ojos caídos de Mcgrady y el pasotismo con que botaba el balón. Su concurso de mates fue excepcional, pero el de sus contrincantes más aún. Aquel concurso fue un muestrario de mates irrealizables que dejó atónitos a los presentes, fue una advertencia a los huidizos de que la espectacularidad iba a volver, y Mcgrady iba a ser uno de los protagonistas.
Tracy Mcgrady fue uno de esos chavales que entraron en la liga directamente del instituto pidiendo paso entre los grandes de la manera más rápida. Llegó a Toronto Raptors, una franquicia que contaba con tres años de existencia y donde vivió a la sombra de su primo Vince Carter. No obstante, sus números fueron buenos en la franquicia canadiense y en cuanto quedó libre, fue reclutado por los Orlando Magics para formar una dupla exterior junto con Grant Hill que fuera temida por los defensores de la Conferencia Este. Pero a Mcgrady, y a Grant Hill, les acompañaría durante su carrera un aura maldita en forma de lesiones, especialmente con el segundo, que se lesionaría al poco tiempo de iniciarse la temporada, dejando huérfano a Mcgrady en un equipo que con Grant Hill aspiraba al anillo y sin él podía luchar por los playoffs.
Muchos eligieron otros jugadores, algo normal. La época de T-Mac con los Magics coincidió con una etapa de descompensación entre la Conferencia Este y Oeste, que provocaba que se volviera la vista a otros jugadores exteriores como Kobe Bryant. Incluso en el Este se encontraban algunos más mediáticos, como Iverson o el propio Vince Carter. Aun así, McGrady era una fuerza incontrolable y tardaría poco en hacerse un hueco entre los grandes de la NBA. En su primer año como solista en Orlando, recibió el premio de Jugador más mejorado de la NBA, promedió 26,8 puntos por partido, apareció en el segundo mejor quinteto de la liga y fue nominado para el MVP de la temporada, todo esto con 21 años. De esta forma, se convirtió en uno de los habituales en los All Star Games de la década del 2000 e iba fraguando al jugador capaz de anotar 13 puntos en 35 segundos. 
Elegí a Mcgrady por la dulzura con que botaba el balón, por el buen manejo de la bola a pesar de su altura (2,03), por la capacidad que tenía para pararse y tirar con movimientos casi de bailarina, por su potencia para matar por encima del rival, pero sobre todo, porque fue un jugador perseguido por la derrota. Además, la aceptaba con impasibilidad aparente. Siempre guardaba la misma expresión para los momentos buenos y los malos, y con sus canastas imposibles, nos sacaba una sonrisa que hacía gritar a Andrés Montes: <<¿Por qué eres tan bueno McGrady?>>. En definitiva, era un jugador con potencial para ganar cuantos anillos quisiera pero al que la mala suerte, en forma de lesiones (ya fueran suyas o de sus compañeros más ilustres), no le hizo ver más allá de la primera ronda de playoffs.
Mientras tanto, en aquella época en la que T-Mac fraguaba su leyenda oscura en Orlando, Ángel nos seguía preguntando qué carallo nos pasaba con el tablero. Comenzamos a usarlo por su insistencia, y porque nos dimos cuenta que a veces la gravedad era un problema irresoluble para nuestros menudos cuerpos. No usar el tablero era una virtud que sólo unos pocos jugadores se podían permitir. Sin embargo, llegó el All Star Game de Filadelfia en el año 2002. Recuerdo que era muy tarde y a la mañana siguiente había instituto. Nada importaba, era una oportunidad única para ver a Tracy McGrady en acción. El partido discurría de forma tranquila, como suelen empezar esos encuentros, hasta que de pronto, cuando nos encontrábamos al principio del segundo cuarto, McGrady recibió el balón en su propia canasta tras saque de fondo, botó hasta la línea de 6,75 rival, desde ahí estrelló el balón contra el tablero, bajo la mirada de Steve Nash, Gary Payton y Dirk Nowitzki, y con un potente salto desde la pintura, logró cogerlo de nuevo para machacar, volviendo incrédulos a los presentes El salón de mi casa explotó. Era la primera vez que veía un auto-alley-hoop contra el tablero. Fue cuando pensé que si pocos jugadores se podían permitir jugar sin tablero, sólo McGrady podía jugar con él de esa forma. Habíamos visto una jugada que desquiciaría a Ángel durante muchos entrenamientos. 
Tracy McGrady tras asistirse en el tablero en el All Star Weekend de Filadelfia (2002)

Artículo publicado en el primer número de La tabarrera. 

Publicado el martes, marzo 17, 2015 por La enfermedad de las Turas

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