martes, febrero 10, 2015

 Pocas cosas existen tan hábiles como ser un torpe. Estoy seguro de que hay gente que si le dieran a elegir, escogería ser torpe. No es mi caso, por supuesto, la ineptitud lleva agarrada al bolsillo trasero de mi pantalón, como una niña asustada agarra el de su padre, prácticamente desde que sé comer con tenedor. A mí no me pesa, es más, la considero fatalmente bella, un signo de muerte trágica capaz de dejar un cadáver con aspecto de majestuoso sosiego, como el de Kevin Spacey en American Beauty. Sin embargo, la torpeza es molesta para el pequeño mundo que te rodea. Mi hermano, con el que comparto habitación, es quien especialmente sufre las consecuencias de lo que yo considero como un don. Suele colocar todas las noches, en las mismas coordenadas, una botella de agua para calmar la fatiga del sueño. Uno, que acostumbra a leer y ver cine de madrugada, intenta ser sigiloso cuando entra en la habitación, aunque no hay día en que no derribe la botella de agua y provoque un estruendo en el silencio, parecido al de un ejército de elefantes intentando conquistar la casa.
Hace unos meses, cuando vivía en Alemania, un murciélago se coló por una pequeña rendija de nuestra habitación. Yo nunca me hubiera dado cuenta de que semejante animal estaba sobrevolando la cabeza de Marian y la mía mientras veíamos una serie, hacíamos el amor o sabrá dios qué tonterías más. Fue Marian quien empezó a señalarme, azuzada por el pánico, un bulto negro que intentaba escapar dándose cabezazos con el techo. Cuando consiguió caer al suelo, se encontraba totalmente destrozado. Aun así, no fui capaz de atraparlo. El murciélago, magullado y moribundo, me tenía ganada la batalla psicológica, para desesperación de Marian, que ya bastante tiene con tener que abrocharse el sujetador ella solita porque yo soy incapaz.
Es agradable sentarse en el sillón, Fosters en mano, y mirar la ferocidad de un hipopótamo, o las historias de unos ciudadanos que en realidad no interesan a nadie, porque no eres capaz de hacer nada por ti mismo. Aunque si alguna virtud echo de menos, es la de saber tocar un instrumento musical. Últimamente pienso mucho en apuntarme a clases de guitarra, o de saxofón, o de acordeón mismo, todo con tal de saber tocar algo. Pero la incertidumbre aletea en mi nunca como un cuervo y siempre opto por hacer otras cosas más importantes, como planchar calcetines o beber cervezas. No me va a ocurrir tocando un instrumento como a Mildred Pierce, que aprende a trabajar como camarera y finalmente acaba montando un imperio con sus pasteles. Tampoco pretendo hacerlo para actuar en Benicàssim, ni siquiera para ir por los bares de los pueblos para que los ancianos bailen en sus fiestas. El único logro que conseguiría sería el de tocar algunas notas desafinadas en compañía del alcohol y el complot amable de tus amigos. Suficiente.
Una mañana, cuando rondaba los 14 ó 15 años, edad en la que empiezas a comprender de la pasta que vas a estar hecho, mis padres decidieron llevarnos a la playa de Cádiz. Hay días en los que el desastre se te mete en la garganta desde que despiertas, y esa mañana era uno de esos días. Nada hacía presagiar que un lamentable incidente iba a dejarme el sabor de la acritud, provocada por la certeza de que vas a ser un torpe, en los labios. Cuando estábamos divisando un lugar en el que depositar nuestros tiestos de playa, nos dimos cuenta de que en esa zona era imposible. Mis padres empezaron a ponerse nerviosos, y querían salir a toda prisa de aquella parte de la playa, claro que eso no era tarea fácil. Enfilamos hacia la única salida que nos ofrecía el recinto, pero estaba tan frecuentado que nos era casi imposible dar un paso. Para colmo, la resaca -una resaca que ahora recuerdo como se recuerda la primera vez que tocas a una mujer- empezaba a agarrarme de las piernas fuertemente. Sin embargo, mi padre vislumbró una enorme rampa por la que cortar -él era el único que pensó que eso era posible- camino. Agarró la nevera con una mano, con la otra una bolsa pesada, y debajo de una de sus axilas la sombrilla. Se encaminó pendiente arriba sin que ninguno de nosotros pudiera discrepar sobre su idea. Cuando casi consiguió remontar la rampa entera, aprecié que no éramos los únicos que presenciábamos la gesta, un nutrido grupo de curiosos observaba a mi padre batirse contra la gravedad. Entonces perdió pie. Logró posicionarse para emprender la pendiente hacia abajo, a pesar del peso que llevaba encima, que hizo que alcanzara una velocidad peligrosa. Mientras se deslizaba por la empinada bajada, mi madre murmuraba para sí <<no, si al final hemos venido a matarnos>>. Mi padre consiguió salir airoso físicamente de la batalla, pero el honor de su cordura quedó seriamente lastimado. Nos dirigimos a la salida del recinto con la cabeza gacha, mi madre pensando en la vergüenza, yo pensando en que así iba a ser incapaz de tocar nunca un instrumento.

Foto: American Beauty.   

Publicado el martes, febrero 10, 2015 por La enfermedad de las Turas

Sin comentarios

martes, noviembre 04, 2014

 Paco estaba borracho y yo le iba a la caza. Era uno de esos días en los que no había ocurrido nada, de esos días en los que la botella aparece como un consuelo. En la calle había mucha gente porque se celebraba una feria o algo así, después de tres chupitos de Jägermeister era imposible recordar qué nos había llevado a tal estado. Paco fue a mear, lo recuerdo nervioso, pero más nervioso lo recuerdo a la vuelta, cuando se acercó rápido hacia a mí, me agarró por los hombros y me dijo: <<Estaba meando y había una mierda en el suelo, le he disparado con el pis hasta que la he deshecho. Qué estúpido soy, Abraham, podría estar toda la vida en esa situación>>.
Lo cierto es que no me pareció estúpido. De hecho, me pareció alcanzar una lucidez sorprendente con aquel testimonio. La lucidez es una virtud exclusiva a las cosas que parecen estúpidas, es una chispa de la que sólo pueden dotarse personas como Paco y como las madres. Mi madre era capaz, con una pregunta, de cambiarme todas las intenciones. Por las tardes siempre me preguntaba <<Abraham, ¿quieres un bocadillo?>>, <<No me apetece mamá>>, respondía yo para que me dejara en paz, <<no te va a apetecer>>, ordenaba mi madre, y a los dos segundos incrustaba entre mis manos un enorme bocadillo de nocilla. Todas las tardes era capaz de engañarme con la misma pregunta.
En realidad, aspiramos a ser personas con ocurrencias estúpidas repletas de lucidez. A ser, en definitiva, como mi amigo Paco, las madres o como Louie, el personaje de la serie de televisión creado por el humorista Louie C. K. Intuimos que es un personaje inspirado en él mismo, pero eso carece de importancia. Louie ofrece todos los rasgos que sospechamos nos harán miserables cumplida la cuarentena. Y eso es lo que nos gusta. Humorista, divorciado y con dos hijas, el personaje destripa la sociedad americana y la estupidez humana con más estupidez. He de reconocer que no he terminado la primera temporada, pero no importa, desde su primera frase <<tengo 41 y soy soltero. En realidad, no estoy soltero, solamente estoy solo>>, uno adivina que se encuentra ante un personaje que te va a narrar todas las circunstancias más insignificantes -que son las más geniales- en las que uno se puede encontrar.
<<Es que en los capítulos no ocurre nunca nada>>, comentan algunos. Qué más da lo que ocurra, ¿acaso en nuestras vidas ocurren cosas?, ¿alguien considera mayor acontecimiento ser Enoch Thompson que ser un cuarentón cualquiera que tiene miedo al dentista, que es depresivo cuando no están sus hijas o que busca a un amor de la infancia con la que tuvo una relación fallida? Louie, en cada frase que exhala, nos invita a reflexionar sobre los problemas cotidianos, como el funcionamiento de los aeropuertos, la educación de los hijos o la religión. Todo ese contenido está inmerso en la serie. No es sólo que el personaje hable de cosas estúpidas, es que ocurren muchas cosas.
Aparte, Louie nos lanza a las partes sombrías de nuestro salón con un existencialismo duro. Detrás de cada carcajada hay un punto de patada en los costados, de mueca resignada. Todos sabemos que esto es una carrera cuesta abajo y Louie nos lo desgrana, a través de la risa, para que no nos quepa ya ninguna duda. No voy a descubriros nada nuevo, puesto que la serie se emite desde 2010 y yo acabo de empezarla, pero os invito a que la desmenucéis tan tarde como yo lo he hecho, porque es una de las imprescindibles. Recuerdo que hace poco mi hermana me dijo que tenía mucha barriga. Yo, que ya había empezado a ver la serie, pensé en contestarle con lucidez aplastante, pero como ni soy mi amigo Paco ni una madre, sólo pude acordarme de Louie, cuando en unos de sus monólogos dice: <<Nunca me acosté con alguien por mi apariencia, en toda mi vida. Lo sé, nunca gané nada por mi apariencia. No dices: “La estoy perdiendo, ¿qué voy a hacer ahora? Nunca me dio ventaja en la vida>>. ¿No es genial? A todos nos gustaría ser Louie.   

Foto: Louie. 

Publicado el martes, noviembre 04, 2014 por La enfermedad de las Turas

Sin comentarios

martes, octubre 21, 2014

Estimada Ana,
Supongo que se habrá preguntado por el extraño motivo de una ausencia tan prolongada. Todo tiene una explicación. En mi caso, no debiera ser una excusa, pero si atendemos a la concatenación de los hechos, si auscultamos la respiración de los actos, he de suponer que puedo volver a contar con la generosidad de su atención.
Tengo que decirle que acabo de sufrir una mudanza. En realidad no hace un día, ni dos, ni tres. Fue hace dos meses exactos. Aunque como sabe, usted que huyó de la provincia a la capital, una mudanza puede dejarle a uno vacío. A decir verdad, hay pocas cosas que tenga que contarle, pero he abierto mi ordenador y he notado un agujero negro en la barriga. No me he asustado, casi que lo esperaba, mas si he sentido unas ganas horribles por hacérselo saber. Una mudanza trae consigo cosas tristes, muy tristes, tristísimas. Intentaba convencerme mientras empaquetaba cajas de que no me dejaría arropar por el manto de la tristeza. Es inevitable, tiene unas uñas capaces de abrazarte.
Para combatir el tedio de las tardes doblo calcetines. Todos. Los de mi padre, mi madre y mis hermanos. Los doblo y miro por el balcón como caminan los viejos y las viejas con la rebeca negra recogida, intentando evitar los saludos de la gente. Y también pasan hombres y mujeres muy cabizbajos, como si les pesara andar, como si tuvieran encima ya a la vida aprisionándoles. Yo les digo los hombres oscuros. No es una ocurrencia mía, por supuesto, no estoy a la altura de un calificativo tan soberbio, es el título de un poemario de Julio Mariscal. Pasan hombres oscuros. Ahora no puedo evitar pensar que el poeta hilvanaba los versos mientras planchaba calcetines.
En cuanto a aquello del clima, no te voy a negar que he agradecido unos rayos de sol. El norte de Alemania está demasiado abrigado por las nubes. La otra mañana me encontraba en Cádiz, ya sabes, burocracia superflua -en Cádiz me di cuenta que llevo cinco años con los estudios retrasados, quizás sea un lustro glorioso para mi futuro currículum-, y me encontré con una chica alemana. Estuvimos hablando del sol. Uno, que es inocente y cree que la gente no se arraiga a su tierra, intentó sacarle las tripas de la envidia a la chica en lo referente al clima. Pero ella, muy rubia y muy segura, me dijo que ya echaba de menos las nubes. <<Eres muy triste>>, le dije yo, además en alemán, demostrando que sé medir las palabras con la gente desconocida, sobre todo con alemanes. Creo que no le sentó muy bien.
Aparte del desastre que te deja un cambio de domicilio, una película sobre mudanzas ha duplicado la voracidad de la hecatombe. La película se llama Boyhood. En ella, un chico sufre las funestas consecuencias de andar cada dos por tres de un lado para otro, amontonando la desdicha de que en realidad, por muchos cambios de domicilio que hagas, nunca pasa nada. Y en esas ando, conociendo que nunca he hecho nada en mi vida. <<Es como si siempre es ahora mismo>>, dice el protagonista de Boyhood. Aunque nada cambie, eso es lo que nos gusta, querida Ana, estar siempre en la tarea de doblar calcetines, mirando pasar hombres oscuros, masticando la desdicha.
 
Foto: Boyhood.

Publicado el martes, octubre 21, 2014 por La enfermedad de las Turas

Sin comentarios

lunes, octubre 06, 2014

Sentí la desgracia cuando le di un mordisco al bocadillo de mortadela y tragué papel de plata. Entonces supe que no había vuelta atrás. Era ese tipo de desgracias que no sabes cuándo ha llegado, pero que se te agarra a la cintura y te corre dos boquetitos más del cinturón. Solté los pendientes en el bolsillo derecho del pantalón, que cayeron en la tela como dos piedras lanzadas desde un barranco. Recordé las palabras que me dijo en la clase de Conocimiento del Medio el Lúa: <<Tú no te achantes, Abraham, el no ya lo tienes por respuesta>>.
Así que cuando la vi, con un chándal de campana y rodeada de amigas, me dirigí a ella, bajo la atenta mirada del Lúa. Entré en el corro de amigas, pareciendo que entraba en un país extranjero. <<Me gustas, Flori, te he comprado estos pendientes>>, le dije, y le entregué dos zarcillos con forma de F que habían estado saltando entre mis dedos dentro del bolsillo. Las carcajadas estallaron, tanto que los chicos que jugaban al fútbol se quedaron mirando. Caí en la cuenta de que desde las risas estaba en el centro de las miradas de todo el recreo, que estaba siendo historia viva de 4º, 5º y 6º de primaria. <<Todavía estás en 4º, no has hecho la comunión y eres muy menudo, las chicas de 6º no salimos con gente como tú>>, me dijo con voz chillona. Volvieron a tronar las carcajadas.
Un amor de colegio o de instituto puede conducir a una desgracia que puedes estar arrastrando toda la vida. Ocurre en Fargo, la serie de televisión basada en la película de los hermanos Coen, cuando Lester Nygaard se encuentra con Sam Hess -un antiguo compañero de instituto estúpido, de esos que te dolía encontrártelos por la calle cuando ibas con tu madre- acompañado de sus dos hijos, más estúpidos si cabe. Sam comienza a contarles las putadas que le hacía a Lester cuando estaban juntos en el instituto. Lester lo aguanta, enterrando la vergüenza. Sólo se altera un poco cuando Sam le recuerda que su actual mujer, que ya era novia en el high school, le hizo una paja en el baile de fin de curso. A partir de ahí la vida de Lester se convierte en una trabazón de asesinatos, mentiras y huidas de la policía para sortear la inevitabilidad de la muerte.
Estoy seguro de que Lester no imaginó, ni por un segundo, que las palabras de Sam desembocarían en una concatenación tan seria de desgracias. Pero la desgracia no necesita de avisos ni cosas por el estilo. Simplemente está ahí, a la espera de que te raspes con la lija del estropajo, de que te salte el aceite en la camiseta, de que firmes un contrato de trabajo, como le sucede a Larsen cuando acepta el cargo como Gerente General de una empresa importante, en El Astillero, la novela de Juan Carlos Onetti. Desde que lo acepta lo inundan la tristeza y el plomo de la existencia, el llanto silencioso y el paso lento. <<Esta es la desgracia -reflexiona- […]. no es que venga y se quede, es una cosa distinta, nada tiene que ver con los sucesos, aunque los use para mostrarse; la desgracia está, a veces. Y esta vez está, no sé desde cuándo>>.
El caso es que la semana pasada, para huir del desastre, me refugié en la barra del bar de siempre. Mientras contemplaba flotar los dos cubos de hielo del gin tonic, una voz chillona irrumpió por la puerta. Iba rodeada de un corro de amigas. Al principio pensé que era una chica más. No le hice caso. Era un poco chabacana hablando y algo escandalosa. Pero al pararme en sus facciones, al poner el oído en la cuchilla de su voz, supe que era la Flori. Me puse algo nervioso, pero nada grave, ninguna urgencia que no pudiera superar con un trago largo. Al rato, cuando los cubos de hielos no eran más que dos lágrimas flotantes, sentí una mano azotándome el hombro y escuché: <<Muchacho, ¿tienes un cigarro?>>. El cigarro se me cayó cuando se lo ofrecí y el corro de amigas tronó en carcajadas de nuevo. Supuse la tragedia. Apuré el vaso y me marché a casa.
El hambre acudió a mí cuando abrí la puerta. Imaginé que eran los nervios. Me dirigí a la cocina y vi encima de la encimera un plato de filetes empanados. Agradecí tener una madre. Pero cuando di un mordisco, una viscosidad inmunda trepó por mi lengua. No eran filetes empanados, eran berenjenas rebozadas. Vomité en el fregadero. Abandoné la tarea de recogerlo para el día siguiente, ajeno a que aquello era un acicate para una bronca monumental. Luego me acosté, con la desgracia en el estómago, pero orgulloso porque la Flori me había pedido un cigarro. Le había ganado una trivial batalla a la infancia. 

Foto: Fargo. 

Publicado el lunes, octubre 06, 2014 por La enfermedad de las Turas

3 comentarios

martes, septiembre 30, 2014

El final del verano no es más que una derrota dulce -si es que existen las derrotas dulces-  la cual nunca esperas que llegue. Sabes que la felicidad acabará por meterse en cualquier rendija de tu patio, escabulléndose como el rabo de una rata, para dejar paso al no sé qué de tristeza que olemos desde lejos. <<Sabremos que el hastío ha vuelto a derrotarnos, / sabremos que perdimos otro verano mas. / Que nos ganó la vida una trivial batalla.>>, nos dice Juan Bonilla en un poema titulado Muchachas de septiembre. Una sentencia de manual si no fuera porque en mi pueblo, Arcos de la Frontera, el verano es capaz de prolongarse hasta bien entrada la hojarasca amarilla del otoño.
Aquí tuvimos la destreza de alargar el verano, lo cual no debería ser una mala noticia, de no ser porque el otoño tiene la habilidad de meterse de sopetón por la ventana de tu salita, ya sea 21 de septiembre, 29 o principios de octubre. No importa, es un clima establecido en mi pueblo para el día después de la festividad patronal, que celebramos con una feria. Podríamos haber hecho como en cualquier otra parte de España, donde reciben el otoño a principios de septiembre, lo mismo un miércoles o un jueves o un sábado, si es este último día mejor, pues acoges la tristeza armado de gin tonics. Aquí no. Aquí colocamos la festividad patronal al final de septiembre y le damos al lunes la capacidad de aniquilarnos, de que nos eche por encima un manto de oscuridad. Recuerdo el final de la feria de mi pueblo de hace tres años. Durante la fiesta bebí con la conciencia débil, sin saber que cada chupito que entraba en mi garganta como un raquetazo era un manojo de avispas haciendo un nido de resaca. Cuando desperté, después de tres días bebiendo que me parecieron uno, sólo pude atinar al desconcierto que me provocaban los zumbidos de avispa de la resaca pasando al lado mío. Estuve doce horas seguidas en la cama oyéndolas con la sábana cubriendo mis ojos. Al día siguiente le dije a un amigo que <<la sábana ardía; que aquello era la sábana de la muerte>>.
Lo mejor sería huir, como antes se huía. A la facultad, a pelarle papas a tu madre o al bar de tu amigo para emborracharte más y no verle los ojos rojos a la resaca. Pero la escapatoria sólo era posible antes. Ahora la tristeza que trae consigo la resaca está también en las calles del pueblo. Puedes oír, a lo sumo, dos o tres motos cuyo destino es una de mis mayores incógnitas durante ese día. O puedes ver a mujeres vestidas de negro caminar calle arriba como si arrastraran un sembrador con la espalda. Son como las ánimas que pululan en Comala, el pueblo de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo. Precisamente, ese día en que se ha acabado nuestro verano me recuerda a un pasaje de la novela de Rulfo, cuando Damiana Cisneros, sumergida desde su cama en la noche, bajo la luz de una luna triste, oye continuos bramidos de toros, y dice: <<Esos animales nunca duermen. Nunca duermen. Son como el diablo, que siempre anda buscando almas para llevárselas al infierno>>.
Lo mismo ocurre con el día de después de feria en mi pueblo. Nunca duerme, bramándonos en el oído, para recordarnos que su día va a llegar, que la felicidad dura lo que dura el verano, que lo vamos a sentir aunque hayamos huido de la feria a un hotel a pie de playa. A esas personas, que aparecen vestidas de verano en el día crucial de su fin, les llega la hora en cuanto se quitan la pulsera de Todo incluido.  

Foto: Días sin huella. 

Publicado el martes, septiembre 30, 2014 por La enfermedad de las Turas

Sin comentarios

lunes, septiembre 15, 2014

Una señal es argumento suficiente para que ponga de puntillas mi desconfianza. Ocurre que a veces es mejor sentarse en el sofá, con el mando de la Play Station en la entrepierna disputando un Fiorentina-Sassuolo, y dejar que los acontecimientos que vienen, por muy graves que sean –es posible incluso que tu madre te mande embalar con papel de plata una tortilla-, se solucionen por sí solos. Así al menos riges tus tardes por fracciones de tiempo que van de diez minutos en diez minutos, lo que dura un partido de consola. Porque una señal, una minúscula señal incluso, es capaz de taladrar el tiempo como un obrero municipal taladra la acera de tu calle a las ocho de la mañana.
Me atrevo a afirmar, a sabiendas de que los eruditos acuchillarán la pantalla de su ordenador cuando lo lean, que el tiempo es aquello que transcurre con normalidad hasta que una señal aparece. Se me viene a la cabeza un relato de Cortázar titulado El perseguidor. En él, el escritor argentino nos cuenta las manías y los problemas existenciales de un saxofonista de jazz enganchado a la marihuana llamado Johnny Carter (personaje inspirado en el saxofonista Charlie Parker), desde la perspectiva de un crítico musical llamado Bruno. En el relato, Bruno nos cuenta: <<Johnny estaba en gran forma en esos días, y yo había ido al ensayo sólo para escucharlo a él y también a Mile Davis. Todos tenían ganas de tocar, estaban contentos, andaban bien vestidos (de esto me acuerdo quizás por contraste, por lo mal vestido y sucio que anda ahora Johnny), tocaban con gusto, sin ninguna impaciencia, y el técnico de sonido hacía señales de contento detrás de su ventanilla, como un babuino satisfecho. Y justamente en ese momento, cuando Johnny estaba perdido en su alegría, de golpe dejó de tocar y soltándole un puñetazo a no sé quién dijo: “Esto lo estoy tocando mañana” […] “Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana”>>. Es una prueba incontestable de que una señal puede desbaratar el tiempo como unas manos torpes un cubo de Rubik.
 Por eso yo soy de los que cuando perciben una señal sienten frío en el cogote. Recuerdo lo que le ocurrió a un amigo hace unos años. Mi amigo vivía en un barrio residencial a las afueras del pueblo, en el que se entraba por entre dos tinajas que encuadraban el camino a seguir. Podemos decir, hablando rápido, que las tinajas eran una señal en los días de lluvia, ya fueran de agua o de alcohol. Lo normal en los habitantes del barrio era no guiarse por las tinajas, sino girar en el punto exacto con la parsimonia de la costumbre. Un dia, mi amigo iba tan borracho que dudó de su parsimonia. Las obras en la entrada del barrio residencial dificultaban un poco la visión. Entonces mi amigo pensó que lo óptimo era entrar por medio de las dos tinajas y luego encauzar el trayecto hasta su casa. Cuando visualizó una tinaja, mi amigo giró a la izquierda, y en el momento en que creía que sentiría la carretera suave debajo de las ruedas de su Hyundai, se vio cayendo con precipitación hacia la cuneta de un pinar. Cuando se bajó del coche para averiguar qué había ocurrido, con fango y hojas de pino hasta el cuello, se dio cuenta de que la primera tinaja había desaparecido y se había dejado llevar por la tinaja incorrecta. Hubiera sido más fácil cerrar los ojos y que el coche hubiera girado solo, sin señales de por medio.  
En realidad, os hablo de las señales porque el otro día tuve un sueño. Los sueños son otro tipo de señales más escarpadas. En él, mi madre, mi cuñada y mi hermano me esperaban en casa de mi abuela. Cuando llegué, los vi reunidos sobre una pila y me acerqué. Mi cuñada y mi hermano miraban cómo mi madre cocinaba unos excrementos empanados como morcillas de grande. No sé de qué eran los excrementos, sólo sé que no eran humanos. Así, comencé a ayudar a mi madre a empanar los excrementos, y mi madre los cocinaba en un aceite muy aguado, y mi cuñada y mi hermano nos miraban empanarlos y cocinarlos como los que miran a un paleontólogo barriendo con una brochecita una piedra. Luego desperté, y por mucho que estuve pensando no conseguí saber -debéis creerme- qué tipo de señales me estaba mandando el tiempo. 

Foto: Bird. 

Publicado el lunes, septiembre 15, 2014 por La enfermedad de las Turas

2 comentarios

domingo, agosto 03, 2014

Estimado Abraham:


  Debe saber antes que nada que justo en el momento en que le escribo, tengo un pellizco en el estómago que más bien podría ser una pequeña muerte. Me imagino que sabrá de lo que hablo. No me cabe la menor duda de que hay personas que han nacido para batallar constantemente con su fisiología, en un encuentro y un desencuentro con el propio cuerpo que nos lleva tan al límite, tan a desear la calma, que cuando llega, el cuerpo parece de repente una primavera regalada, y está fresquito como una cama de hotel. A estas alturas de mis explicaciones sabrá que me refiero a las noches en que uno puede entretenerse, obviando la pistola que yo siempre me imagino en una caja amarilla.
 Discúlpeme el mal gesto de comenzar una correspondencia hablando de mí. Pero justamente de eso me parece a mí que me hablaba Vd. en su carta, de la literatura, que viene a ser prácticamente una licencia onanista. Lo cierto es que detesto enormemente todas esas definiciones de literatura que los llamados escritores van dando por el mundo, como si fueran alquimistas que de repente han encontrado algo. Y si se trata de poesía ni le cuento: es escuchar una de esas brillantísimas elocuciones sobre la esencia y los dioses que nos tocan, y descubrir mi cuerpo perforado, emanando un hedor que normalmente tarda una semana en retirarse. Figúrese el apuro que supone para mí ir explicándole a la gente lo que ocurre mientras compruebo cómo se alejan sin ser capaces de soportar el olor que se enquista y se enquista, quedándose por mucho tiempo en la memoria. Un día descubrí que lo peor de la literatura eran los hombres, y ya no quise nunca más saber de ellos. No puedo permitir, y espero que en esto estemos de acuerdo, que una especie que se considera a sí misma privilegiada, arruine lo poco que queda de mi matrimonio con las letras. Aunque eso ya es harina de otro costal y no quisiera abrumarle.
  Esto de que le hablo me ha hecho recordar que cuando recibí su carta, un temporal asolaba la mesa de trabajo donde estaba. Y justo comenzaba a girar en el espacio de la biblioteca, en el centro de una vorágine que hizo saltar las alarmas: todo el personal evacuando, los bomberos de camino, las mujeres y los niños, los hombres después, un violinista en mitad del desastre. Porque como le dije en uno de los escasos encuentros que tuvimos, lo mío con la literatura es un problema irresoluble que he deseado muchas veces resolver como una incógnita llamada X se despeja en las operaciones matemáticas. Y sin embargo no es posible, de tal manera que me enredo en un ovillo que continuamente se contrae y se expande, llegando incluso a deshacerse por las fibras, dejándome solo las últimas hebras para volver a tejer. Y ese era el motivo de la enfermedad que tenía a la ciudad en cuarentena, ese tira y afloja que solo permite el gusto por la lectura los domingos de pascua, y el resto del tiempo se debate entre lo que llegara a ser un día y lo que tan a menudo es un coito muy rápido y casi por compromiso. Pero esos domingos, esos instantes tan breves en que uno encuentra el espejo e inunda el suelo del salón con un llanto primigenio a causa de lo que otros han escrito, vale por todas las vorágines del mundo.
  La cuestión es que leí su carta y desertó el temporal. Y vi la escena congelándose como si todo se hubiera convertido en un cuadro que mientras alguien lo contemple logrará ser impune a la caducidad.
  Me decía Vd. en su carta que le hacía tambalearse la idea de ir aireando por ahí que eso que Vd. ha venido a llamar “nuestras pequeñas intimidades”. Vd. y yo no tenemos de eso, pues el carácter literario de nuestras conversaciones eleva lo que nos decimos al grado malversado de la universalidad. No debe temer. Déjeme decirle, por otra parte, que esa distancia física de la que habla no ha variado por la suma de kilómetros que iban mediando entre su cuerpo y el mío conforme Vd. tomaba su avión y se alejaba de España. Mal suponía yo que era consciente de que lo nuestro se conformó desde el principio en base a este decoro de mutuo acuerdo que nos estrecha en los márgenes de lo incorpóreo, no siendo necesaria la rigurosa visita semanal que muchas veces, he de decir, he deseado. De haber estado Vd. al escribirme en la tierra natal de mi querido Julio, habría respondido a su carta como acabo de hacer.

  Olvide los tomates. Si los viéramos caer sobre nosotros, podríamos bañarnos en su jugo.

  Afectuosamente,



  Ana Rodríguez Callealta.


  PD: Envíeme usted si es tan amable la receta del puchero que me prometió, si es posible, con todo lujo de detalles. No termino de entenderme con los tiempos de cocción.

Publicado el domingo, agosto 03, 2014 por La enfermedad de las Turas

Sin comentarios

lunes, julio 21, 2014

 Estimada Ana,

Empiezo esta correspondencia con dedos temblorosos, por aquello de contar a la gente nuestras pequeñas intimidades. La distancia nos empuja a ello y tampoco es cuestión de mantenerse callado. Como ya nos separan algo más de veinte kilómetros, abro una puerta en mi blog para que también esté perfumado por su presencia, así logro saber más de usted, que las palabras son más hermosas si salen de sus dedos. A parte del miedo a que la gente conozca nuestras intimidades, otro hecho en este ejercicio me da recelo, lo cual es la posibilidad de que el pequeño número de lectores que nos observen, acabe tirando tomates y algarrobas a la pantalla de su ordenador.
Y es esta duda lo que me hace escribirle. Hace poco escribí que la escritura nos sirve para evaporarnos de nosotros mismos, algo que se contradice con el verdadero afán -al menos el mío- que mueve a los escritores, el cual es ser leídos por la mayor masa mundial, aunque parezca soberbio. Es bonita la farragosa tarea entretanto, sobre todo las primeras causas que nos animan a dedicarnos a ello. Mi decisión para emplearme en esto con ferocidad fue una mujer, ni siquiera en eso he sido innovador. Le escribía poemas de amor inspirándome en las Donna Angelicatas de Garcilaso o Darío.  Cuenta Juan Marsé que cuando tenía dieciséis o diecisiete años escribía relatos, y una amiga de su hermana que le causaba apetencia se los pasaba a máquina. La duda del Marsé adulto era  si que la chica le pasara esos relatos a máquina era lo que le obligaba a escribir.
Aunque ahora  el fin de la escritura es muy distinto. No hay que ocultar que a uno le gustaría ganar algunos euros con ella, pero que sean las palabras las protagonistas, no que uno vaya buscando la fama o la publicación apegándose a quien haya que apegarse. Se me viene a la cabeza Roberto Bolaño. El escritor chileno se encontraba casi en la precariedad económica junto a su familia, y gastaba lo poco que ganaba en imprimir sus obras y enviarlas a editoriales que, por lo general, hacían el mismo caso a sus escritos que un entrenador de fútbol al tercer portero suplente. Cuando le llegó el reconocimiento, cuando el mundo editorial adivinó que sus novelas y relatos se convertirían en la nueva forma a seguir de la literatura hispana, le llovieron las ofertas para las conferencias, ya sabes, eso que prefieren muchos escritores antes de dedicarse a lo que se deberían de dedicar, que es la escritura. Bolaño apartó las adulaciones, porque él jugaba mejor en el barro, en el terreno fangoso de las comas, los puntos y los párrafos bien medidos.
La escritura debe ser soledad, querida Ana. Hay que llenar el estómago de piedras, sentir el aliento de la literatura en la nuca, auscultar los latidos de las comas y mirar más allá de nuestro ombligo. Ya algún día olerás la tinta. Cuentan que Schopenhauer, cuando terminó El mundo como voluntad y representación, envió el manuscrito a su editor con la siguiente nota: “Este libro será en tiempos venideros fuente y ocasión para un centenar de otros libros”. Unos años más tarde, los editores le dijeron que la primera edición de su libro sirvió, entre otras cosas, para reciclar papel, aunque el tiempo dio la razón a Schopenhauer. Tenemos que debernos a nuestras palabras, Ana, aunque luego el único dinero que hagan sea el de fabricar folios marrones, de esos que te decían que tenían ese color porque eran reciclados, cuando estabas en la escuela, y que olían tan mal.

PD: Le debo una receta de puchero.


 Abraham Guerrero Tenorio. 
Foto: Juan Marsé. 

Publicado el lunes, julio 21, 2014 por La enfermedad de las Turas

Sin comentarios