lunes, julio 21, 2014

 Estimada Ana,

Empiezo esta correspondencia con dedos temblorosos, por aquello de contar a la gente nuestras pequeñas intimidades. La distancia nos empuja a ello y tampoco es cuestión de mantenerse callado. Como ya nos separan algo más de veinte kilómetros, abro una puerta en mi blog para que también esté perfumado por su presencia, así logro saber más de usted, que las palabras son más hermosas si salen de sus dedos. A parte del miedo a que la gente conozca nuestras intimidades, otro hecho en este ejercicio me da recelo, lo cual es la posibilidad de que el pequeño número de lectores que nos observen, acabe tirando tomates y algarrobas a la pantalla de su ordenador.
Y es esta duda lo que me hace escribirle. Hace poco escribí que la escritura nos sirve para evaporarnos de nosotros mismos, algo que se contradice con el verdadero afán -al menos el mío- que mueve a los escritores, el cual es ser leídos por la mayor masa mundial, aunque parezca soberbio. Es bonita la farragosa tarea entretanto, sobre todo las primeras causas que nos animan a dedicarnos a ello. Mi decisión para emplearme en esto con ferocidad fue una mujer, ni siquiera en eso he sido innovador. Le escribía poemas de amor inspirándome en las Donna Angelicatas de Garcilaso o Darío.  Cuenta Juan Marsé que cuando tenía dieciséis o diecisiete años escribía relatos, y una amiga de su hermana que le causaba apetencia se los pasaba a máquina. La duda del Marsé adulto era  si que la chica le pasara esos relatos a máquina era lo que le obligaba a escribir.
Aunque ahora  el fin de la escritura es muy distinto. No hay que ocultar que a uno le gustaría ganar algunos euros con ella, pero que sean las palabras las protagonistas, no que uno vaya buscando la fama o la publicación apegándose a quien haya que apegarse. Se me viene a la cabeza Roberto Bolaño. El escritor chileno se encontraba casi en la precariedad económica junto a su familia, y gastaba lo poco que ganaba en imprimir sus obras y enviarlas a editoriales que, por lo general, hacían el mismo caso a sus escritos que un entrenador de fútbol al tercer portero suplente. Cuando le llegó el reconocimiento, cuando el mundo editorial adivinó que sus novelas y relatos se convertirían en la nueva forma a seguir de la literatura hispana, le llovieron las ofertas para las conferencias, ya sabes, eso que prefieren muchos escritores antes de dedicarse a lo que se deberían de dedicar, que es la escritura. Bolaño apartó las adulaciones, porque él jugaba mejor en el barro, en el terreno fangoso de las comas, los puntos y los párrafos bien medidos.
La escritura debe ser soledad, querida Ana. Hay que llenar el estómago de piedras, sentir el aliento de la literatura en la nuca, auscultar los latidos de las comas y mirar más allá de nuestro ombligo. Ya algún día olerás la tinta. Cuentan que Schopenhauer, cuando terminó El mundo como voluntad y representación, envió el manuscrito a su editor con la siguiente nota: “Este libro será en tiempos venideros fuente y ocasión para un centenar de otros libros”. Unos años más tarde, los editores le dijeron que la primera edición de su libro sirvió, entre otras cosas, para reciclar papel, aunque el tiempo dio la razón a Schopenhauer. Tenemos que debernos a nuestras palabras, Ana, aunque luego el único dinero que hagan sea el de fabricar folios marrones, de esos que te decían que tenían ese color porque eran reciclados, cuando estabas en la escuela, y que olían tan mal.

PD: Le debo una receta de puchero.


 Abraham Guerrero Tenorio. 
Foto: Juan Marsé. 

Publicado el lunes, julio 21, 2014 por La enfermedad de las Turas

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miércoles, julio 09, 2014

 Hay tardes, antes de los partidos, que se parecen mucho a pozos negros. Son tardes en las que atinas a tintinear una cucharilla en una taza de café durante horas. Te sientas solo en el sofá porque el resto de la humanidad te parecen demonios. No hay ningún consuelo hasta que empiece el duelo. Ayer fue una de esas tardes, con la salvedad de que unas horas antes del partido, salí a pasear por las calles de Hannover porque teníamos visita. En el paseo nos acompañaba la pequeña Victoria. Cuando andábamos a la altura de Kröpcke, Victoria sacudió el bolso de su madre un poco asustada, preguntando <<mamá, ¿quiénes son esos rubios?>>, señalando a unos chavales que se acercaban en tropel hacia nosotros con las camisetas de Alemania. Luego fuimos a cenar a un restaurante griego, a unos diez minutos de mi casa. Mientras pedíamos la cuenta, empezó el partido.
Brasil sacó la cabeza de Neymar, para que los alemanes se sintieran asustados, como cuando Tom Hagen coloca debajo de la cama del productor Jack Woltz la cabeza de su caballo favorito. Pero los alemanes no gritaron mucho. Nada más empezar el partido, Julio Cesar sintió un tic nervioso en los ojos. Los entrecerró, mirando al frente, sospechando de algo. Creía ver, por los vomitorios del estadio, la silueta de unos tanques acercándose. No podía ser verdad. La película que ellos habían escrito era muy distinta. Tenían la metralleta preparada para el que quisiera cogerla. Tenían la metralleta preparada para la masacre. Tenían la metralleta bien sujeta como Dadinho tenía una pistola bien sujeta para aniquilar todo un puticlub entero. Por puro placer. Con maldad. La misma maldad que Scolari inculcó a sus pupilos para el Mundial. Los jugadores de Brasil realmente eran los Bad Boys del torneo. Pero el primer disparo fue germano. Los sacudió. Se produjo sin que ningún jugador brasileño supiera qué pasaba. Intentaban mirarse sacudiéndose el polvo de los ojos. Sólo Julio Cesar había sospechado algo. <<Son los tanques>>, pensó mientras apartaba escombros para recoger el balón dentro de su portería. Pero no dijo nada porque no quería creerlo.
La camarera nos dio la cuenta de la cena. Pagamos con prisas. No nos queríamos perder ningún detalle de lo que se antojaba como un buen partido. Qué digo buen partido, un partidazo. Me relamía pensando en la metralleta de los brasileños. En el camino a casa llovía y eso lo hacía todo más trágico. Sólo tardamos diez minutos en llegar. En el trayecto oímos gritos. Muchos gritos al principio. Luego bocinas. Nos mirábamos porque no sabíamos qué pasaba. <<Han pitado penalti y por eso gritan. Luego han metido gol y de ahí las bocinas>>, dije. Luego oímos palmetazos en una espalda. Luego oímos risas locas. Entré en la casa y encendí la tele. Alemania ganaba 0-5. Por el césped, unos tanques muy verdes y que daban mucho miedo se deslizaban como salamanquesas venenosas.
En la segunda parte, los rubios alemanes flirteaban, calzando botas negras y con el macuto a la espalda, con las mujeres brasileñas. Mientras, detrás de ellos, los tanques seguían su labor, unas veces rozando el objetivo, otras veces atravesando el corazón de la portería. Hasta dos veces más, como si no la hubieran liado ya bastante. Las madres lloraban. Los niños preguntaban <<mamá, ¿quiénes son esos rubios?>>. El partido terminó. Brasil se había encomendado a una metralleta y acabó mordiendo una frase insípida de Paulo Coelho. David Luiz rezaba al cielo. Julio Cesar le decía a sus compañeros, que lo miraban extrañados, como se mira a alguien que balbucea y se da guantazos en la cara, <<yo los vi, yo vi los tanques>>.
La derrota de Brasil es una de esas derrotas que los aficionados repasan dos días después, tres meses después, diez meses después, un año. Algunos pensarán: <<¿y si David Luiz no hubiera dejado a Müller solo?>>. Otros: <<¿y si la vértebra de Neymar no nos hubiese servido para cabeza de caballo?>>. Otros: <<¿y si una tormenta hubiera suspendido el partido?>>. Yo todavía pienso que el cabezazo de Ramos pasa dando un lengüetazo al poste de Courtois, y que Godín, tras el pitido final, se abraza llorando a Simeone.

Foto: Thomas Müller.   

Publicado el miércoles, julio 09, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, julio 07, 2014

 Mi padre creció sin padre y eso siempre me resultó muy extraño. Mi abuelo murió trabajando. Cayó por un boquete y se mató. Nunca conocí a mi abuelo paterno, pero le tuve mucho miedo. Mi casa también era la casa de mi abuelo y de mi padre. Para subir a mi casa hay que pasar por un pozo que antes estaba tapado por un barreño de metal, el cual no abarcaba todo el boquete y dejaba las esquinas libres. Mucho tiempo estuve pensando que cuando pasara al lado del pozo la mano de mi abuelo resurgiría por una de las esquinas, una mano gris y huesuda, y me absorbería a la oscuridad como una lagartija absorbe una mosca.
Mi padre nunca me ha hablado de su padre. Ahora sé que es porque duele mucho. Yo crecí sabiendo que había un abuelo, pero también he crecido sabiendo que existe La Muralla China. Muchas veces, mi padre se sienta en el patio de mi casa a dibujar, pero no dibuja. Entonces me imagino que piensa en su padre, que le diría las mismas cosas que él me decía a mí, como que cuando se acercara una avispa le enseñara la lengua y me la apretara con los dientes para que no me mordiera. Mi padre dibuja bien y está aprendiendo rápido. Me enseña sus cuadros con devoción y riendo. Yo a todos le asiento. Algunos no me gustan, pero otros son muy bonitos. Mi padre nunca estudió arte en la escuela pero sabe de Monet y Van Gogh y Cézanne y Manet y Renoir y yo muchas veces le digo que en el agua de la Puesta de sol de Monet parece que hay boñigas de cabra, aunque a decir verdad no le digo boñigas, le digo que parece que hay mierdas de cabra, a lo que él sonríe y me dice que el Impresionismo es lo mejor y yo no le contradigo porque a mí también me gusta.
Mi padre nunca me abofeteó pero una vez hizo que me meara encima. Yo andaba preocupado en lo ancho que deberían ser mis pantalones y en odiar a mi padre. Lo odiaba de verdad. Le deseaba cosas malas. Me daba placer chulearle, sobre todo en el fútbol. El Valencia y el Real Madrid eliminaron en semifinales de Champions por esos años al Barça y recuerdo que por dentro me alegré porque sabía que se estaba jodiendo vivo. Hizo que me meara encima porque una vez cerré la puerta de mi casa con mis hermanos, con él y yo afuera y las llaves dentro. Tenía mucha ira en la cara pero no quería abofetearme a mí y le daba puñetazos a la pared. Yo me meé encima y quise abrazarlo y pedirle perdón. A mis hermanos nunca los abofeteó tampoco pero una vez abofeteó a un chico que se metía con mi hermano. Le dijo algo así como que a su hijo nadie le iba a hacer la vida imposible, como cuando Robert de Niro es el padre de Calogero en Una historia del Bronx y le dice a Sonny <<no te acerques a mi hijo>>.
Nunca he visto llorar a mi padre, aunque una vez lo escuché, o eso creo. Su hermana se había puesto muy enferma y creo que él lloraba en la cocina de mi casa. Me sentí como con bruma en el pecho y fui a casa de mi primo para preguntarle si él también había escuchado a su padre llorar en la cocina. No es la única vez que he sentido como bruma en el pecho al escuchar a mi padre. Antes acostumbraba a leer mucho por las madrugadas. Muchas veces leía tantas horas seguidas que apartaba la vista del libro cuando oía el despertador de mi padre. Entonces me apresuraba a mi cama, con el libro de García Márquez, de Cela o de cualquier mierda que estuviera leyendo en ese momento, debajo del brazo, porque sabía que si mi padre lo veía rodando por el sofá, descubriría que me acababa de acostar porque él se había levantado, y al día siguiente se cagaría en la madre que me parió y en la madre que parió a Cela y García Márquez. Cuando estaba en la cama, veía a mi padre, por la ventana de mi habitación, sacudir en la pileta del patio sus zapatos del trabajo manchados de polvo, para ponérselos algo más limpios. Eso me daba mucha pena porque no quería que mi padre se tuviera que levantar tan temprano para ir a trabajar. Me gustaba pensar, agarrado a la almohada, que mi padre se marchaba cagándose en la madre del trabajo, de los pájaros que empezaban a cantar y en los santos difuntos de la jodida y perra vida.

Foto: Una historia del Bronx.   

Publicado el lunes, julio 07, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, junio 30, 2014

 Me gusta pensar que Grecia se dejó perder y empatar con Colombia y Japón para sentirse cómoda. Grecia es como nosotros, acostumbrada a vivir en el sillón, viendo el Mundial y riéndose de las desgracias ajenas, para no tener nada que perder. Lo sufrieron las selecciones a las que se enfrentó en la Eurocopa de Portugal y lo sufrió Costa de Marfil, que no contaba, o no pensó, que si Grecia en el último minuto de su partido estaba eliminada es porque ellos son así, que prefieren levantarse a las seis de la mañana para estudiar el examen que tienen a primera hora.
Grecia estaba cómoda en una sauna hasta que llegaron dos matones musculosos para matarla a traición. Cuando te pillan en una sauna leyendo la Ilíada y van a matarte, supongo que te tensas con maldad, como Viggo Mortensen en Promesas del Este. Grecia acaba los partidos sangrando, sin toalla que cubra las carencias del desnudo, con heridas profundas y con el enemigo muerto a cuchilladas al lado suya. Agonizando y con el espectador diciendo <<¡maten ya a ese muerto!>>.
No tener nada que perder te hacer vivir las situaciones límites con la más absoluta clarividencia. Cuando Karagounis ayer contra Costa Rica recibía balones en su borde del área o en el centro del campo, exhausto y babeando como los caballos que van a morir, no intentaba empatar el partido en el último minuto, él ya sabía que iban a empatar, sino que intentaba mermar el físico del enemigo para ganar el partido en el último minuto, pero esta vez de la prórroga. La tuvo Grecia, pero Keylor Navas ya tenía estudiada la historia y sabía adónde iría el balón.
Grecia vivió el Mundial como Doug Wilson, el personaje de Weeds, vivió la separación de su mujer. Desprovisto de la comodidad familiar, Wilson se va a vivir con sus amigos, no por voluntad propia, sino porque no tenía otro lugar en donde posar sus desgracias. En una escena, Doug escribe una carta a su mujer, en la que le dice que vive <<en un estudio de mierda en el paseo marítimo, no es nada del otro mundo, pero me sirve. Me cuesta dormir, la cama es demasiado corta, tengo pesadillas, me despierto asustado. A veces me cuesta recordar dónde estoy, al perderte a ti, perdí toda sensación de alegría y placer. Sólo puedo hacer una cosa>>. La escena nos lleva a Doug sacando una soga de una bolsa de plástico, colocándola sobre un palo de madera cercano al techo y abrochándosela al cuello. Cuando todos creemos que es el fin de Doug, éste empieza a hacerse una paja con la cuerda bien tensada en la garganta, y cuando se corre, le dice a su mujer: <<así que te follen, a ti y a tus abogados. Ven a buscarme si quieres, no me importa una mierda porque estoy arruinado, y cuando no tienes nada, no tienes nada que perder>>.
Grecia cayó, pero dejó al rival tan herido que si aquello hubiera durado un minuto más hubieran salido corriendo del campo. Murió con una mueca de sonrisa en la boca, la que dejan los perdedores que saben que han dado mucho por el culo, como Kevin Spacey en American Beauty.

Foto: Promesas del Este.  

Publicado el lunes, junio 30, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, junio 16, 2014

 No sabes cuándo llega. Ni siquiera adviertes que un día se presentará el instante en el que te alcance el imprevisto. Mi madre, obnubilada desde que tengo uso de razón por tenerlo todo bajo control, siempre nos advertía a mis hermanos y a mí que había que tenerlo todo recogido por si llegaban visitas inesperadas. Que no creyeran que en la C/Corredera 59 vivían unos desaprensivos. Tenerlo todo bajo control para mí es comer pipas bebiendo una Fosters y mirando la infatigable lucha de una mosca para traspasar la mosquitera. Claro que hay veces que el control de la situación se te escapa de las manos, como cuando percibes que hay algo que te molesta incansablemente. Estudias cuál es la causa que te distrae de la importante tarea que te has encomendado en el día, y adviertes que es el jodido pijama, que se pega a tu piel como el sudor. Te lo quitas de encima con la ferocidad con que le quitarías la ropa a Natalie Portman. Entonces el día recobra su orden. Incluso saludas con naturalidad a tu novia que llega del trabajo y te pilla en esas: mirando los cabezazos de una mosca sobre la tela fronteriza de tu salón, comiendo pipas y en calzoncillos.
Como soy un buen hijo y las advertencias de mi madre son un dictado que hay que transcribir con puño firme, procuro tener siempre los calzoncillos limpios y bien planchados, por no tener que abrirle a alguien que se le ocurriera hacer una visita inopinada, con unos calzoncillos mustios y deshilachados. Recuerdo que un amigo una tarde se encontraba en el piso que su novia compartía con dos compañeras más. Sólo se había llevado un calzoncillo decente y otros dos que se encontraban abandonados en el fondo del cajón de su mesita de noche como una moneda de cinco duros en la repisa más alta del salón de tu abuela. Terminó de ducharse y echó el calzoncillo decente al cesto de la ropa sucia. Como los otros calzoncillos no los consideraba presentables por si venían visitas, optó por quedarse en cueros en el salón de la casa viendo un partido de voley playa femenino. Una de las compañeras de piso de su novia entró en el salón y lo pilló como Dios lo trajo al mundo. Montó en cólera, a la que se sumó varias horas después su novia cuando se enteró del suceso. Mi amigo no entendió tanto dramatismo. Supongo que mi amigo se hizo la misma pregunta que se hacía el Mochuelo en El camino, la novela de Miguel Delibes, cuando secunda la genial idea, junto al Tiñoso, de su amigo el Moñigo, la cual consistía en defecar justo cuando el tren pasaba por el túnel del pueblo. Lo hicieron. Pero cuando el tren pasó se llevó consigo todas las prendas que habían depositado un metro más allá, obligándolos a entrar en el pueblo sin calzoncillos y con motas de carbón en las nalgas, escandalizando a la gente. Escándalo que el Mochuelo no entendía. <<¿Qué otra cosa cabía hacer en un caso semejante?>>. Tampoco es plan que alguien te vea con cualquier trapo. 
Los calzoncillos deben ser cuidados como un ejecutivo atiende su traje de chaqueta. Habrá un momento en que las Fosters se multipliquen por mil, y un amigo tuyo expondrá sus calzoncillos en medio del bar, al que acompañará otro, y otro, y otro y otro, y por ende tú también, con la euforia que le supones a John Lennon cuando salió una vez a tocar en calzoncillos y con la taza de un váter como collar en Hamburgo. No querrás que los de tu alrededor piensen que eres un desvergonzado por llevar unos calzoncillos mal planchados, quizás agujereados. Sólo otro amigo, hace unos días, consiguió que se tambaleara un poco mi certeza sobre la necesidad de llevar bien equipada la entrepierna. Estábamos en una discoteca, se acercó a mí y me dijo <<mira qué calzoncillos más horrorosos llevo>>. Yo le dije que no sabía adónde pretendía ir con esos calzoncillos. <<¿Y si te llevas a la cama alguna alemana, y te ve con esa temeridad?>>, le recalqué. <<Abraham, si una alemana está conmigo en la cama y me ve en calzoncillos, ahí ya hay poco que hacer>>, me contestó.

Foto: Overboard.   

Publicado el lunes, junio 16, 2014 por La enfermedad de las Turas

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martes, junio 03, 2014

 La vaguedad para pensar no es un buen instrumento para la memoria. Soy loador de aquellas personas que se acuerdan perfectamente de lo que hicieron hace cinco minutos. Mi memoria no funciona así. Supongo que es porque mi memoria es como una habitación tranquila con moqueta a la que hay que entrar descalzo, y el ejercicio de recordar siempre viene con zapatos de charol y es muy ruidoso, además de muy puñetero. El caso es que no puedo recordar si hace cinco minutos me lavé los dientes. Sí puedo recordar, en cambio, que el 12 de octubre de 1996 fui a Jerez de la Frontera con mi familia porque mi hermano jugaba un partido de benjamines contra La Granja. Y también puedo recordar que mi hermano se escoraba a la derecha y regateaba como nunca lo había hecho, tanto, que es el mejor partido de su infancia que le recuerdo. La culpa no es de mi memoria, oigan, no la considero tan caprichosa. La culpa es del fútbol. Recuerdo que ese día vi a mi hermano jugar al fútbol porque cuando llegué a casa jugaba Ronaldo. No el F. C. Barcelona, Ronaldo, que desde el centro del campo llegó a la portería del Compostela como si tuviera un detonador en la mano y los defensas huyeran de ver sus cuerpos esparcidos por el césped, para marcar uno de los goles más hermosos que he visto en mi vida.
El fútbol parece tener en mi memoria el mismo efecto que la música tenía para Gabriel, el protagonista de The music never stopped. En la película, Gabriel padece un tumor cerebral que le impide tener recuerdos. Incluso no recuerda su nombre ni su cumpleaños. Sólo cuando su terapeuta le hace escuchar las canciones de su adolescencia, Gabriel es capaz de conocer su identidad y su pasado. Yo recuerdo la primera vez que me masturbé. Lo recuerdo porque mientras veía al Barça jugar contra el Bayern de Múnich en el Olímpico, en casa de mi abuela había mucha gente. La había porque era 16 de abril de 1996, Martes Santo, y los amigos de mi tío se reunieron allí para ver las procesiones. Mientras Gica Hagi empataba el partido a dos, yo me encontraba en el regazo de una de las amigas de mi tío, que me preguntaba las cosas que se le preguntan a los niños de ocho años, a las que le contestaba automáticamente, porque casi ni oía su interrogatorio. Prefería estar más atento al escote que se abría en su vestido, de donde amanecían dos grandes pechos sobre los que apoyaba mi cara porque no había sentido nunca nada más placentero que la huella de aquellos dos seres maravillosos en mi rostro. Cuando la gente se hubo ido, subí a mi casa, me encerré en el cuarto de baño y me masturbé. Tuve un orgasmo que me dejó pensativo varios días.
El 4 de julio de 1998 leía, después de comer, La venganza de Sandokan, de Emilio Salgari, antes de que Dennis Bergkamp bajara un balón servido por Frank de Boer desde cuarenta metros con el cuidado con el que un empleado de tintorería colgaría en la percha un traje manchado de Don Draper, para ponerla al palo largo y clasificar a Holanda a las semifinales del Mundial de Francia. Años más tardes, el 3 de marzo de 2001, estuve con paperas. El Barça, que era un trapo en la boca de un dóberman como el Real Madrid, consiguió empatar a dos en el Bernabéu. Incluso pudo ganar, pero el árbitro anuló a Rivaldo un gol en el último minuto del que mi padre aún sigue cagándose en la madre. El 18 de mayo de 2006 tenía el último examen de Historia de España, al que no me presenté. No lo hice porque el día anterior, el 17 de mayo de 2006, vi al Barça ganar por primera vez la Champions League contra el Arsenal -ya saben, el héroe Larsson-, y preferí emborracharme y celebrar a hacer la selectividad ese año. Recuerdo que dije: <<que le zurzan a Cánovas del Castillo>>. Tardé dos años más en aprobar la asignatura.
El último partido que recuerdo fue el 24 de mayo de 2014. Jugaba el Atleti contra el Real Madrid la final de Champions en Lisboa. La tarde discurrió tranquila, aunque yo sabía que no era una calma normal, porque no estaba aburrido y cuando uno está tranquilo está aburrido, que es el estado natural del hombre. Yo intuía que era la calma que sienten las personas que van a morir antes de que la muerte dé un zapatazo al lado de la cama. Esa tarde marqué como favorito un tweet en el que se veía el cuadro de Napoleón a caballo con el dedo índice de la mano derecha levantado, fundiéndose con el cielo, y que decía <<A ese dedo debemos seguir, atléticos>>. Lo marqué sin saber que la aparición de Napoleón era la señal del final del Atleti. Lo supe dos días más tarde, cuando vi que Roger Sterling llamaba a Don Draper en Mad Men para informarle de la muerte de su socio en común, y le confesaba: <<Pobre Bert. Debería haberme dado cuenta de que era el final. Cada vez que un viejo empieza a hablar sobre Napoleón, sabes que va a morir>>. Cuando el Atleti parecía que iba a sortear la señal de Napoleón, el Real Madrid asestó una cuchillada que dejó a la víctima desangrándose poco a poco, con los leones de la Diosa Cibeles arrastrando al muerto treinta minutos más por el césped, dejando huellas de sangre en el tapete. No se sabe dónde depositaron el cadáver.
Cuando pasen los años, diré que el 24 de mayo de 2014 acababa de morir mi abuelo, y que en Hanóver seguía lloviendo como si quisieran matarme.

Foto: Dennis Bergkamp.   

Publicado el martes, junio 03, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, mayo 26, 2014

 Uno puede pensar que una de las formas más sublimes de sentir soledad es mirar la lluvia. Un error desmesurado. La lluvia puede ser solitaria cuando vives en un pueblo donde llueve diez veces al año. Si vives en Alemania, o en Inglaterra o en Galicia, la lluvia alcanza la misma cotidianidad en tu ser que los libros, y nunca me he sentido solo leyendo un libro. Yo, la mayoría de las veces que me siento más solo es en los bares, rodeado de gente, bebiendo hasta casi atragantarme, siguiendo conversaciones que me importan un comino, riendo incluso con esas conversaciones, pero muy solo, como si estuviera metido en un búnker. No hablo de infelicidad. La infelicidad sobreviene cuando no puedes abrir la tapa del yogur, o cuando no recuerdas un número de teléfono. Hablo de sentirse solo, tan sólo que te dan ganas de gritar.
La otra tarde a Hanóver pareció llegar el verano. Es lo más parecido a un espejismo que he visto. Cogí una manta, un libro y la bici y me marché a uno de los lagos alejados de la ciudad. Por supuesto, mucha más gente había pensado que aquello era un regalo de la naturaleza y también quiso participar de la fiesta. Al lado mía había un grupo de quince jóvenes. Al principio no llamé mucho la atención, pero cuando se percataron de que llevaba una hora sin levantar la vista del libro que leía, observé que murmuraban sobre mí. Uno de los chicos me preguntó que de dónde venía y le contesté mi procedencia en un alemán mal pronunciado, casi sin apartar la vista del libro. Les di un argumento más para que sospecharan de mi rareza.
Mientras leía, mi vista dejó de concentrarse en las letras y comenzó a seguir a una hormiga que cabalgaba por la hoja. Me percaté de que era la primera hormiga que veía en Alemania. La seguía con los ojos intrigados por los caminos que tomaba en su andanada. Pensé que si a los jóvenes de mi alrededor les había parecido raro un chico solo tomando el sol con un libro, qué pensarían de un chico solo tomando el sol mirando las huellas que dejaba una hormiga en un libro. La hormiga tenía una mancha roja en el trasero, algo que me pareció curioso, pues nunca había visto una hormiga con una mancha roja en el trasero. Supuse que era un tipo de hormiga especial de los bosques de Alemania, quizás de los bosques del norte de Alemania. No sabría calcular cuánto tiempo estuve observándola recorrer la hoja de mi libro, estimo que aproximadamente una hora, hasta que le di un manotazo y la aparté de las palabras. A partir de que la hormiga se inmiscuyera en mi lectura, había empezado a sentirme muy solo, como si el invierno se hubiese metido de pronto en mis entrañas.
Mientras me duchaba sentía un picor extraño por la espalda, como si una hilera de hormigas estuviera campando a sus anchas. Después de la ducha me dirigí a la cocina y dejé unas cuantas migas de pan encima de la encimera, por si alguna hormiga acudía a buscarlas. Esperé una hora, pero las migas de pan no eran suficientes para las hormigas de Alemania. No era como en mi casa de España, en Arcos de la Frontera, donde si dejabas una miga de pan encima de la encimera, un ejército de hormigas acudía en tropel para transportarla. Recuerdo una vez que me sentía muy solo. Era una tarde de verano, de esas en las que si mirabas a la calle el pueblo parecía no existir, y dejé unas cuantas migas de pan encima de la encimera. Al minuto, decenas de hormigas llegaron voraces al festín como una excursión de jóvenes ingleses. Yo me quedé en medio de la cocina, en calzoncillos, mirando las hormigas transportar migas de pan hasta perderse por orificios de la pared imperceptibles, con una tristeza y una soledad agolpadas en la garganta como un puño, y acordándome de Old Boy, la película surcoreana de Chang-wook Park, cuando Mido le dice a Oh Dae-Su: <<Cuando uno está solo ve hormigas. He conocido personas muy solitarias, y todos han visto alguna vez hormigas>>. Es cuando supe que no hay nada más terrorífico y solitario que enfrentarse a una hormiga.

Foto: Old Boy. 


Publicado el lunes, mayo 26, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, mayo 19, 2014

 Hay personas que nacemos predestinadas al aburrimiento. La sombra del tedio, que yo imagino que nace de los glaciares, es capaz de extenderse hasta el insomnio. Uno realiza mil tareas para combatirlo, como planchar a las tres de la madrugada, o ir a mear cada dos minutos, o pelar cebollas para el almuerzo del día siguiente, o doblar calcetines, tareas, que en definitiva, no son más que una llamada de socorro. En ese instante en el que crees que has hecho más cosas durante el día de las que se establecen como obligatorias, te das cuenta de que aún te ha sobrado tiempo para aburrirte. Es cuando quieres bajar a una cabina y llamar al 1004, como cuando eras pequeño y te habías cansado de ser feliz, e ibas con un amigo tuyo a una cabina y lo marcabas: <<¿Qué número de teléfono desea solicitar?>>, te preguntaba el contestador. Tú elegías al azar <<Enrique Ballano Matasuegras>>, nombre que el contestador daba como existente y al que llamabas acto seguido. <<¿Sí, dígame?>>, <<Enrique, eres un hijo de puta>>, y colgabas.
Al aburrimiento se le acuchilla mediante llamadas. Me causan asombro las personas que tienen la capacidad de llamarte por cualquier cosa, como los amigos que te llaman porque no saben si dejar a su novia. Yo, en cambio, sólo llamo a mi madre cuando la necesidad me urge, cuando no encuentro el cinturón del pantalón o no sé qué hacerme de comer. Otro caso bien distinto es que te llame tu madre a ti, seguramente al otro lado del teléfono la cólera dará arañazos en tu oreja. Un día, a mi amigo lo llamó su madre. Mi amigo, como todos los sábados a las doce de la noche, estaba borracho. Cuando llegó a su casa, su madre le dijo que su abuela había fallecido. Mi amigo no sabía muy bien qué había oído, porque algo se le acumulaba en la garganta, así que giró la cabeza a la izquierda y vomitó en la pared, su madre comenzó a gritar, así que mi amigo giró la cabeza a la derecha y vomitó en el sofá. Su madre gritó más alto y comenzó a hacerle preguntas a modo de lamentos, a lo que mi amigo contestó: <<joder, mamá, qué pesada eres, pareces la madre de Tony Soprano>>, y se desplomó en el sofá con todo el peso de la borrachera. Hay llamadas que están hechas a deshoras.
Precisamente, en hacer llamadas a deshoras es en lo que pienso cuando el aburrimiento ha allanado las paredes del salón por la madrugada. Piensas en pertenecer a la banda de Las Musarañas, como en el relato de Juan Bonilla titulado así, Las musarañas, en el que un hombre no puede dormir porque un día otro hombre que no podía dormir lo llamó de madrugada. El hombre que llamaba le explicaba que llevaba seis meses sin dormir, y que para combatir el aburrimiento abría la guía de teléfonos y telefoneaba a la gente. También le explicaba que quería fundar una banda de insomnes que se encargara de mantener constantemente la ciudad despierta. Una llamada fortuita, intempestiva, es capaz de arrastrar a otra persona al desierto de horror que es el insomnio. 
Yo en Alemania no entiendo la guía de teléfonos. Tampoco sé alemán, así que si se diera el caso de poder llamar no podría hablar con mucha gente. Aunque en el sitio donde vivo, hay otros seres a los que el aburrimiento los trasquila. Mi casa está en una urbanización tranquila de un pueblo tranquilo a las afueras de Hanóver. También está dentro de un geriátrico. Todos mis vecinos son personas mayores que tiran del aburrimiento como de su silla de ruedas. Por las noches, en las que pasa un coche a cada hora, suele ser habitual oír la voz de un hombre, que busca respuestas, pero que no recibe más que el silencio y si acaso el eco que haga su voz. Ese hombre pregunta todos los días a Marian por su esposa. Marian le tiene que decir que su esposa está muerta, y él le dice que tiene que avisar a sus hijos, y Marian le responde que sus hijos ya lo saben. Hallo!, hallo!, hallo!, grita el hombre la mayoría de las noches. A lo mejor llama a su mujer, o a lo mejor llama a la banda de Las Musarañas, aunque creo que espera que al otro lado conteste la muerte. 

Foto: Los Soprano. 

Publicado el lunes, mayo 19, 2014 por La enfermedad de las Turas

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