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viernes, julio 08, 2016

 Uwe era un alemán escurrido como una calada de cigarro. Durante una semana, era el encargado de llevarme desde Prado del Rey hasta Suryalila, un retiro espiritual en el que lo más trascendente era si la Coca-Cola podía servirse bien fría, y en el que tenía que impartir unas clases de español. Ante mis sospechas sobre por qué ese individuo con ojos de búho vivía en Prado del Rey, él me contaba, de manera entrecortada, pues su español era muy pobre, y con una ironía robada de cualquier tasca, que le gustaba la tranquilidad del pueblo y que estaba cansado del ajetreo de la gran ciudad. Tópico entre los tópicos. Sin embargo, nunca he llegado a comprender la manía de los habitantes de grandes urbes de dejarlo todo y mudarse a un pueblo.
Hay una serie que veo ahora donde un pueblo costero alejado de Nueva York es tan protagonista como los personajes que circulan en ella. En The affair, Montauk extiende sus brazos invisibles al cuello de sus habitantes. La asfixia parece ser calmada cuando Alison, su protagonista, acude al mar en busca de una música silenciosa que apacigüe tanto aullido. Pero el mar le bufa, ladra, maúlla y se la come viva. No es un pueblo todo lo apacible que deseamos. Los seres que viven en él son demasiado taciturnos, refugiados en los bares, con mucho tiempo libre. La palabrería circula por las aceras como un niño en bicicleta. Un pueblo nunca indulta la culpa. Un pueblo es Comala, Macondo, Sonora, donde la aridez del terreno influye tanto en el día a día de los habitantes como peinarse o abrocharse una camisa.
De mi pueblo, Arcos de la Frontera, dicen que es el que mayor número de poetas por metro cuadrado tiene. Quizás no les falte razón. Antonio Hernández, uno de los grandes poetas que ha crecido en estas paredes que hipan desconchones, y que ostenta un currículo literario que ya quisieran muchos, afirmaba sin vergüenza ninguna en una entrevista concedida en el año 89: «Yo ni siquiera soy el mejor poeta de mi pueblo». Quien sea forastero, y analice el historial de Hernández, probablemente advierta en las palabras del escritor cierto afán de falsa modestia. Sin embargo, ese individuo estaría muy lejos de la realidad. En Arcos cada poeta que se atreve a jugar entre asonancias y metros, hinca una rodilla en el suelo y se signa cuando se menciona a Julio Mariscal.
Las calles de Arcos son motivo de metáfora en innumerables ocasiones en las obras de mis paisanos. Pepa Caro, una de los muchos poetas que tenemos, incluso dedica un poemario entero a hablar de ellas. En Las calles de la lluvia, el agua aparece como una melena con cuchillas dentro. Ni el verso manso y lento es capaz de aquietar tanto agüacero. «Nadie quería la lluvia / en esta calle. Nadie», dicen algunos versos. De nuevo el lugar donde naces como tenaza de las ansias. Las calles de Arcos se desdoblan y te hacen nudos en el cuerpo, te llevan al fango cuando te descuidas. Las calles de Arcos «ahora son olvido, / desdibujado perfil, / tierra ya moribunda / que no aviva la sangre», nos recuerda de nuevo Pepa Caro. Y también está la estrechez, que aprieta. Con sus raras geometrías las calles te acercan a la niebla y quién sabe si a la muerte. «Dan ganas de arrimarse a alguien / y hay espanto, / un espamto blando y muy secreto / que prefiere correr hacia lo oscuro», nos dice Mª Jesús Ortega en su poemario Toque de arrebato. Podría contaros miles de versos sobre las calles de mi pueblo, pero las palabras llegan al límite. Seguramente en Tokio, Nueva York, Madrid, haya alguien queriéndose introducir en la paz de un pueblo, engañados, quizás, por haber perdido dos o tres veces el metro. Otros, en cambio, anhelamos el sonido de los coches cabalgando por las avenidas. 

Artículo Publicado en Andalucía Información (06/7/2016)

Foto: The affair.

Publicado el viernes, julio 08, 2016 por La enfermedad de las Turas

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martes, abril 29, 2014

    Es muy entretenido ir en un vagón del metro. Es más entretenido aún si vas en un vagón del metro que cruza la ciudad por las calles. Además hay días, en esta primavera alemana, en los que el sol consigue apartar forzosamente las dos columnas de nubes que oprimen el cielo. Si el sol alcanza a triunfar en su labor pertinaz, aparte de oír el suspiro de alivio de la ciudad, es interesante viajar en un vagón del metro que cruza las calles esta vez soleadas. Lo digo porque te sientas en la ventana en la que el sol puede colorearte la cara, te adormeces con sus cosquillas cálidas hasta que se adentra el metro en un túnel y te abofetea la oscuridad, pero no importa, porque cuando vuelves la vista al vagón, ves a una chica cruzada de piernas y riendo, no porque te hayas quedado dormido, sino porque siente la juventud trepar, entre sus piernas cruzadas, por el césped blando de sus sandalias.
Las sandalias son el mejor colorido que puede tener una ciudad. Recuerdo abril en un césped de un parque en el pueblo. Los chicos nos embrutecíamos hablando de películas de mafias, recreándonos en esos personajes italianos que tienen de nombre Sollozzo, Blasi, Corleone, Luchesse o Soprano, mientras las chicas estiraban al lado nuestra sus piernas moviendo coquetas los pies vestidos con sandalias, para llamar nuestra atención. Nosotros las ignorábamos porque éramos pobres. Fue más adelante cuando concreté en mi pensamiento que toda chica que llevara sandalias merecía la atención de mis ojos. Una vez caminaba, mientras amanecía, con una chica. Ella empezó a cojear, pero quizá el pudor evitara que no me diera el aviso de que había un problema. Yo había apreciado su vestido blanco, que resaltaba con su piel morena, pero cuando comenzó la cojera, miré sus pies, tallados a la perfección, pero dañados de dolor porque se había roto una sandalia. Nos sentamos y agarré ese pie con cariño, para que no se sintiera desahuciado porque su casa, la sandalia, ya no tenía arreglo.
Una mujer con sandalias es la belleza de nuestra juventud, uno aún se siente joven porque cuando llega esta época, alrededor tuya abundan chicas con sandalias y sentadas en un césped. Pedro Sevilla dejó de sentirse joven cuando miraba a unas jóvenes adolescentes con sus amigas en sandalias. En Adolescencia, de su poemario Tierra Leve, Pedro Sevilla nos dice lo siguiente: << Desde un exilio impuesto por los años, / hoy has vuelto a una patria de donde ya no eres. […] / Has vuelto de invitado a un solar que fue tuyo, / y aunque ellas te dejen frecuentar sus guitarras, / y oler en sus melenas el trigo de otro siglo, / sabes que es imposible, sin hacer el ridículo, / someterse a su ritmo>>. La juventud estará perdida cuando tu espíritu ya no pertenezca a esas chiquillas, cuando no puedas acompañarlas sentándote en el suelo para mirarles las sandalias: <<tú miras sus ojos, / sus cinturas desnudas como playas / para labios piratas, sus sandalias, / o la forma que tienen de sentarse en el suelo / y comprendes que es eso, la adolescencia es eso: / unos ojos muy limpios, un verso arrebatado, / y el raro privilegio de sentarse en el suelo / o andar casi descalzas por la calle>>.
La nostalgia de la juventud puede acrecentarse aún más si tienes una hija adolescente. Uno, que se ha contagiado de los poetas que añoraban la juventud, teme el momento en el que su casa esté inundada de chiquillas con olor a cuero de sandalias. Teme, incluso, enamorarse de la mejor amiga de su hija. Es como en otro poema de Pedro Sevilla, titulado Sensación de vivir, de su obra La luz con el tiempo dentro, en el que dice: <<no me provoques, hija mía: / no me traigas a casa tan dulces quinceañeras / de inexplicables ojos, de miradas / aún más inexplicables. Diles que no se pinten / los labios en mi espejo, que no te presten ropa. / No metas en mi infierno a esos diablos / que me tratan de usted. Sé buena hija / y evítale a tu padre el duro lance / de morirse de amor por tu mejor amiga>>.
Yo supongo que la muerte sonará a pasos de sandalias alejándose.  

Publicado en Arcos Información (09/09/2016)

Foto: Marilyn Monroe y Dan Dailey. 

Publicado el martes, abril 29, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, febrero 17, 2014

 En la habitación suena Something de Los Beatles. Hay mucha claridad. Las cortinas se contonean haciendo reverencias movidas por la brisa. Por entre sus claras telas se cuelan como flechas los rayos anaranjados del sol. La cámara camina muy lentamente hacia atrás ampliando la visión de la habitación. Aparece una cama con un hombre desnudo y una mujer encima suya haciéndole el amor. Sus manos están apoyadas sobre el dorso del hombre. Le hace el amor pausadamente. Las sábanas blancas están desordenadas alrededor de los dos cuerpos, incluso caen por un borde de la cama. La luz se filtra también por los cabellos rubios de la mujer. Rompe el estribillo de la canción. You´re asking me will my love grow dice la letra. Justo en esa frase se abre violentamente la puerta de la habitación, pero nosotros lo vemos a cámara muy lenta. Aparece un hombre con una metralleta, o un arma que dispara muy rápido, no sé. Comienza a disparar como si fuera lo último que hiciera en la vida. La cámara muestra un plano de la mujer recibiendo los disparos. Vuelve al plano amplio de la habitación. Los disparos continúan con el estribillo de la canción. La pared del cabecero se tiñe con grandes gotas de sangre, trozos de sábanas saltan por los aires. Trozos de cristal también. Con el final del estribillo acaba el tiroteo. El intruso agacha el arma y se da la vuelta. La cámara muestra la habitación. Hay mucha claridad y está descansada.
     Imaginaba la escena mientras sonaba esa misma canción en un bar inglés de Hannover que me gusta mucho. Alrededor mía había amigos, pero no les hacía mucho caso. Hay días en los que sólo estás para la literatura o algo que se le parezca. Puede parecer que quieras estar muy solo. Yo no sé si es eso lo que quiero, pero hay veces en que soy capaz de silenciar el bullicio de mi alrededor. A Juan Tallón le leí, en un artículo en el que habla de su búsqueda de silencio para la escritura, “es hermoso que el silencio te penetre en los huesos”. Una amiga mía me cuenta que cuando termina de hacer un poema tiene la absoluta necesidad de fumarse un cigarrillo. Pero tiene que ser liado. Yo supongo que siente la paz del trabajo bien hecho poniéndole como banda sonora el sonido de sus caladas al silencio.
Hay veces que para llegar al silencio debe haber habido mucho alboroto antes. A mí me da mucho escalofrío el silencio de una estrofa del poema Contra Jaime Gil de Biedma. “Te acompañan[...]/ las calles muertas de la madrugada/ y los ascensores de luz amarilla/ cuando llegas, borracho/ y te paras a verte en el espejo/ la cara destruida [...]” dice la estrofa. Es aterrador. Mientras el ascensor subía se debían escuchar en su cabeza los raíles de las vías de un tren. Roberto Bolaño dijo que “siempre había admirado las vidas desmesuradas de los poetas”. Son vidas que me hicieron amar la poesía a mí también. Pero lo malo de esas vidas es cuando llega el silencio, como en Jaime Gil de Biedma.
El mismo Bolaño dice en Los detectives salvajes “hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear”. Yo escribo después de haber boxeado contra un día. Dejo que el silencio penetre en mis huesos, me traigo conmigo las calles muertas de la madrugada, recuerdo los golpes recibidos en el ring y justo ahí es cuando comienza todo. Más tarde le pondré banda sonora al silencio con el sonido de las caladas de un cigarrillo. Ahora no sé si es momento para la poesía, pero estoy seguro de que es momento de boxear. 

Foto: Roberto Bolaño. 

Publicado el lunes, febrero 17, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, enero 27, 2014

 Si los poetas del siglo XVI y XVII los hubieran conocido, hubieran escrito muchos poemas sobre ellos. Cualquiera que haya leído un poco a autores como Garcilaso o como Góngora sabrá que sus musas, sus donnas angelicatas, aparte de ser capaces de tatuar su mirada en sus almas -escrito está en mi alma vuestro gesto-, de ser capaces de convertirse en la prenda de sus atormentados amoríos -mi alma os ha cortado a su medida-, de transformar sus manos en ánforas delicadas donde recoger sus muertes -En fin, a vuestras manos he venido/ do sé que he de morir tan apretado-, eran capaces de recoger en su cabello las finas hebras de los rayos del sol y el oro líquido del despertar de los días. Para Garcilaso y para Góngora, el pelo de sus amadas no era rubio, sino que era el cabello que en la vena del oro se escogió o el cabello, oro bruñido que al sol relumbra en vano. Por suerte, no conocieron a la horda de chiquillos y chavales peinados a tazón y con el pelo fino y rubio como hileras de sol y suave como las buenas telas.
Si habéis crecido en la década de los noventa, seguro que los conocéis. Yo recuerdo a Joselito en el colegio, flacucho y con los andares imperantes, ordenando donde debíamos jugar al fútbol y como se debían hacer las cosas. Joselito infundía mucho respeto a pesar de su menudencia. Ahora estoy seguro de que era por su pelo rubio y a tazón. Otro caso parecido era el de mi vecino Pedro. Su padre regentaba una tienda de juguetes, que era el sueño para cualquier niño. Cuando iba a casa de mi primo, siempre me paraba en el escaparate de la tienda del padre de Pedro, y observaba con ojos codiciosos la nueva Play Station, o la Gameboy, o los patinetes con manillar en los que ponías un pie en la plataforma y con el otro empujabas para coger velocidad. Pedro, a parte de todos esos juguetes, tenía el pelo liso y peinado a tazón que le llegaba hasta el cuello. Además, portaba una chulería innata, y andaba calle arriba y calle abajo bamboleándose con la Gameboy en las manos o empujando su patinete. Otras veces, cuatro o cinco niños andaban detrás de él siguiendo la estela de su aureolada melena. Con Pedro también estoy convencido de que sus dotes de mando y chulería eran por su pelo rubio y a tazón.
La otra tarde me disponía a coger el tranvía. Eran las tres, que es la hora en la que en Alemania los niños salen del colegio. Esperando a que el semáforo se pusiera en verde me acompañaba un enjambre de niños drogados de nerviosismo y alegría porque había acabado el día de escuela. Los niños no consiguieron despegarme de mi ensimismamiento, ya saben, pensaba en la mierda de país que es España, en que el tiempo no se frena nunca y mil tonterías más que no vienen al caso. Alcé la vista para ver si el semáforo cambiaba de color y una luz amarilla se destacó ante mis ojos encarándose al cielo gris. Volví a ver a un miembro de esa especie. La especie de chiquillos de pelo dulce y dorado y peinados a tazón. Creía que habían sucumbido a la moda, pero al parecer no. El niño era menudo y delgado y portaba una mochila que hacía más bulto que su cuerpo. Tenía los ojos muy azules, estaba rodeado de tres niños que le seguían las bromas y que se dejaban pegar, como nosotros con Joselito, como los amigos de Pedro con él. El semáforo dio el aviso y los niños cogían el mismo tranvía que yo. Me senté en un asiento de cuatro personas, los amigos del chiquillo rubio y peinado a tazón ocuparon los tres restantes. Al chiquillo le cambió el rostro y se puso serio. No sé por qué, pero había tensión en el pequeño círculo que habíamos formado. Yo creía que alguno de los otros tres niños iba a dejarle su asiento, pero no ocurrió así. El niño rubio me miraba y yo no podía evitar mirarlo. En realidad no a él, sino a su pelo tan del oro y tan fino y a sus ojos tan azules. No lo soporté, cogí mi mochila y con un gesto amable le señalé que el asiento era suyo, que me había ganado. Fue inevitable. Era como un ángel.  

Foto: Leonardo DiCaprio. 

Publicado el lunes, enero 27, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, diciembre 16, 2013

Si os digo su nombre, quizás pocos lo conozcáis. De hecho, yo no lo conocía, pero la otra tarde leí un artículo en el que aparecía una historia relacionada con una famosa meada, y como si la memoria llevase mi pensamiento en un bólido, rápidamente me acordé de su figura pétrea. La anécdota que aparece en el artículo dice que John Lennon, en una estancia de Los Beatles en Hamburgo, propuso a sus compañeros mearle desde la habitación del hotel a unas monjas que pasaban por la acera al grito de <<¡Vamos a bautizarlas!>>. Yo no soy tan rápido como la memoria, pero en cuanto leí el artículo me vestí, me cepillé los dientes y evacué mis aguas menores, porque de casa hay que salir lavado y meado, más aún en este caso. Cuando me vi frente a él, lo primero que busqué fue su nombre. Diego Jiménez Ayllón constaba en la leyenda. Me pareció un hombre resignado, aunque el paisaje que le rodea y las tumultuosas noches que han contemplado esos ojos grisáceos tienden una mano a la benevolencia hacia ese personaje y hacen que lo mire con cierta pena por su ubicación
Diego Jiménez Ayllón (1530-1590) fue capitán de Los Tercios de Flandes, y al parecer luchó destacándose en la campaña del Adriático y en la guerra de Alemania. Quizás ya ahí era un soldado triste, con un aspecto desgarbado y unos ojos taciturnos, quién sabe si su semblante resignado no es sólo cosa del tiempo. A lo mejor, huyendo del desamor de alguna Donna Angelicata se embarcó en las maderas del poderoso Imperio Español, como los grandes hombres de la época, olvidando los pormenores dolorosos de la vida a base de cuchilladas y arcabuzazos. Además de soldado fue poeta, eso es lo único material que nos ha dejado, dos obras que responden a los siguientes títulos: Los famosos y heroicos hechos del invencible y esforzado caballero, honra y flor de las Españas, el Cid Ruy Díaz de Bivar, con los de otros varones ilustres dellas no menos dignos de fama y memorable recordación y Sonetos a illustres varones de éste felicísimo y cathólico exército. La primera obra mencionada está considerada como la primera publicación en lengua castellana de un poeta gaditano, ahí es nada. Además, fue regidor de su pueblo, Arcos de la Frontera.
Esas casillas en el currículo le valieron para que todavía guarde en propiedad un trocito de hierba rodeada de plantas en el pueblo. En medio del bucólico paraje, su estatua, con nombre y la fecha de nacimiento y muerte, para que ningún paisano de Arcos se olvide de su existencia. Quizás de ahí viene su pesadumbre. A lo mejor pensaba que los novi poetae de las postreras generaciones recitarían sus primeros versos a los pies de su talla. Sin embargo, los años trasladaron la zona de bares y discotecas al mismo lugar donde se encuentra su poética estancia, y su idílico hogar quedó encajonado entre el Bar Castro y la calle por donde los jóvenes acceden a éste y otras discotecas. Los únicos Tercios para gobernar ahí son los de botellines de Cruzcampo, su césped ha sido y es váter idóneo para que depositemos nuestros orines cuando la urgencia nos toca la puerta. Un día, allanada su finca por mis amigos y por mí, uno de nosotros dijo <<voy a mearle en lo alto>>, y allí que se puso con el bulto al aire y haciendo dibujos con el orín en su esculpida piedra, para deleite y regocijo nuestro. A lo mejor esa es su resignación. <<Para lo que hemos quedado>>, pensará.
Cuántas generaciones habrá visto su resignado gesto pasar enfrente de sus narices ebrias de alegría y jolgorio. A cuántos quinceañeros habrá visto con manos nerviosas subirle la falda a chiquillas dulces con sandalias. Cuántos hemos sido los que hemos vomitado en la casapuerta de su aposento, los que hemos hecho pis en alguno de sus árboles con un ojo en el chorro y otro en el asfalto por si llegaba la policía. Se acercan las navidades, y allí estará él, como siempre, con mirada dócil y la figura afligida. Al menos mírenlo y sonrían cuando pasen cerca suya, no sabemos cuál es el origen de su tristeza. Y por favor, no le meen encima.

Foto: Diego Ximénez de Ayllón. 

Publicado el lunes, diciembre 16, 2013 por La enfermedad de las Turas

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lunes, diciembre 09, 2013

Cuando en la serie The Wire, Omar Little pedía consejos a Butchie, el mundo se paraba. Butchie cumple a la perfección ese refrán que dice más sabe el diablo por viejo que por diablo. Privado de la vista, desarrolló dos virtudes indispensables para cualquier ser humano: la serenidad y la reflexión. Y si he dicho indispensables para cualquier ser humano, más indispensables si cabe para los personajes que habitan las calles de The Wire, donde el silbido de las balas te hacen saber que una vida vale lo mismo que una hamburguesa. Omar se sentaba en la barra del bar de Butchie, con mohín torcido, exponía el tema y esperaba a que su consejero canalizara toda la información. El ciego, con la expresión en el vacío que le otorgaban esos ojos que miraban hacia atrás, aguantando el silencio sin dejar de darle brillo con un paño a un vaso, dictaba la solución: la única y posible que su protegido podía tomar para salvar su pellejo. El mundo comenzaba a funcionar y los que temíamos por la vida del delincuente respirábamos mejor. Pero yo no escuchaba los consejos de Butchie, yo miraba sus ojos y pensaba en la niebla.
Hay libros que llevamos dentro como una cicatriz, y eso ya es para toda la vida. Lo mismo que digo libros, también me refiero a poemas, versos sueltos, relatos, y un largo etcétera que no acabaría nunca. Por ejemplo, en una tarde gris y de lluvia, mientras escribo, miro a la ventana del salón donde vivo y me acuerdo de Antonio Machado. Monotonía de lluvia tras los cristales. Yo nunca me he visto de niño vestido de colegial y mirando los puñetazos de la lluvia en las cristaleras, pero desde que conozco a Machado, y sin ser un niño, cada vez que llueve me asomo al cristal que tengo más cerca, poso mi sien en él y repito: Monotonía de lluvia tras los cristales.
Pero además de lluvia, en Hannover ahora mismo una niebla suave se va apoderando de los tejados de las casas. Camina lenta, para que la veamos llegar, y yo, con mi sien apoyada en el frío ventanal, escuchando la metralla del aguacero, me olvido de Machado y recito: las cuencas blancas de los ojos de un ciego. Ninguna imagen se asemeja mejor a la niebla que ese verso. Mª Jesús Ortega es la artífice, una poeta más entre muchos poetas, cuyo libro seguramente sólo conozcamos unos cuantos, pero que carga sus poemas de un dolor y de un ritmo, que cada acento retumba en la cabeza como un martillo golpeando un yunque. Las cuencas blancas de los ojos de un ciego, un verso que pertenece a un poema que dedica a la niebla en su libro Toque de arrebato (Delegación de Cultura del Ayuntamiendo de Arcos, 2006). Una imagen que me acompañará toda la vida; un poema que yo recitaba cuando veía los ojos de Butchie mirando al vacío.
Y es que es curioso este paisaje de tejados verticales y de casas en medio del bosque. Miro la niebla y veo ciegos paseando por las aceras, con sus cuencas blancas y andando sin bastón porque qué más cómodo que andar por la niebla si tus ojos son la niebla. La niebla de Mª Jesús. Que ahora también es la mía. Que llega con su espíritu de nubes y de sombras, te hace temer y apartar la vista de la ventana, porque viene con la melena suelta y un vestido blanco y una risa loca, envolviéndolo todo, metiéndote dentro de ella, cumpliendo su propósito: el recordatorio espeso de que no estamos en ninguna parte.

Foto: Omar y Butchie. 

NOTA: Éste es el poema al que se hace mención en el artículo.


Niebla en el castillo de Fatetar



Parece que no estamos en ninguna parte.

Tras los cristales, el vacío mojado,
las cuencas blancas de los ojos de un ciego.
Huele a moho.
Sobre las mesas corretean en espíritu puro
sombras y nubes.
Dan ganas de arrimarse a alguien
y hay espanto,
un espanto blando y muy secreto
que prefiere correr hacia lo oscuro,
echar las persianas,
cualquier cosa antes que levantar la vista
hacia esas ventanas sin sentido,
huir del despiste temprano
de este extravío correoso.
No hay más remedio que hacerse el loco
y negar el saludo a los cristales
que retienen como pueden ahí fuera
la lechosa exageración que es hoy la niebla
y su recordatorio espeso
de que no estamos en ninguna parte.


Mª Jesús Ortega, Toque de arrebato, 2006.




Publicado el lunes, diciembre 09, 2013 por La enfermedad de las Turas

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lunes, octubre 28, 2013


 Creo que mi hermana cumplía su sexto aniversario y mi hermano su quinto. En el salón de mi abuela materna olía a tarta de galletas, los vasos de plástico parecían pisoteados por caballos y en torno a los dos cumpleañeros se disponía un corro de chillidos, palmas y risas que avecinaban los regalos. Tras la resaca del jolgorio, mi tía abuela Luisa se acercó a mis hermanos para darles su obsequio, que eran dos juguetes de los que no recuerdo ahora forma ninguna. Pero se le quedó en los brazos un tercer objeto liado en papel, que bondadosa me acercó al rincón donde me encontraba para no usurpar espacio a los protagonistas. Su regalo eran dos libros. Yo me marché a una habitación herido en mi orgullo y rompí a llorar, también quería cacharros con los que jugar y en ese momento la lectura no me servía de nada.
Ahora, con el tiempo, esa breve anécdota me sirve para calcular cuánto es de larga mi relación con la literatura, la lectura y la escritura. Los siguientes años discurrieron enfrascados en novelas de terror, ensimismado con las aventuras que narraban Julio Verne o Emilio Salgari. Debajo de mi casa un hombre del que nunca he sabido su nombre tenía -aún tiene- por costumbre montar un tendedero de libros. Yo me embobaba mirando los títulos y mis padres, viendo que el niño se entusiasmaba más mirando esos libros viejos, baratos y gastados que en un pasillo de Hipercor, no objetaban ningún inconveniente en comprarme los dos o tres que les pedía (ya cursadas algunas asignaturas de Filología Hispánica, cuando paso por el tendedero de libros y analizo sus ediciones, gesticulo una risilla sarcástica. Pero algunas gotas de sabiduría no podrán empañar el cariño respetable que le tengo a ese hombre y a esos libros).
Pero no toda la literatura es aventura. Cuando los primeros soles de la adolescencia asomaban sus dedos amarillos por las rendijas de mi saber literario, yo ya estaba ocupado por una tristeza rara. La lluvia en los cristales de Machado, la postrera sombra de Quevedo, los silencios misteriosos de Darío; todos y cada uno de esos elementos habían invadido sin yo conocer a sus autores mi “alma funesta”. Ya más tarde, cuando me inmiscuí en esas graves páginas llenas de desdichas, no podía creer que figuras tan importantes para la literatura española podían coser en sus escritos los sentimientos de un adolescente tan insignificante como yo. En realidad, era yo quien me camuflaba en esos poemas para que mis sentimientos se vistieran de ritmo y de lírica.
Comencé a escribir sonetos con un ritmo enfermizo. Sonetos angustiosos, llenos de dolor ficticio y de paisajes oscuros. Conocí a la poeta Mª Jesús Ortega, que ya había sido mi profesora, y con ella descubrí cómo apostillar las nervaduras de los poemas. En 2006 publicó un espléndido poemario que me firmó de esta forma: “Para Abraham, herido, tocado inevitablemente por el repique maravilloso, doloroso... especial de la poesía”. Esta dedicatoria la llevo sellada en el pecho. No rehusó Mª Jesús de utilizar los términos herido y tocado, como tampoco doloroso.
Todavía me pregunto de dónde ha venido ese dolor y por qué esa herida. Qué tipo de fuerza es la que te desplaza hacia esa tristeza incierta. Con los años he conocido a más gente como yo, gente tocada y herida por el dolor suave y constante de la literatura, la escritura, la pintura, la lectura... víctimas inconscientes de que fueron procreados por la silenciosa e indomable enfermedad de las turas.

Foto: Woody Allen. 

Publicado el lunes, octubre 28, 2013 por La enfermedad de las Turas

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