Mostrando entradas con la etiqueta Arcos de la Frontera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Arcos de la Frontera. Mostrar todas las entradas

viernes, julio 08, 2016

 Uwe era un alemán escurrido como una calada de cigarro. Durante una semana, era el encargado de llevarme desde Prado del Rey hasta Suryalila, un retiro espiritual en el que lo más trascendente era si la Coca-Cola podía servirse bien fría, y en el que tenía que impartir unas clases de español. Ante mis sospechas sobre por qué ese individuo con ojos de búho vivía en Prado del Rey, él me contaba, de manera entrecortada, pues su español era muy pobre, y con una ironía robada de cualquier tasca, que le gustaba la tranquilidad del pueblo y que estaba cansado del ajetreo de la gran ciudad. Tópico entre los tópicos. Sin embargo, nunca he llegado a comprender la manía de los habitantes de grandes urbes de dejarlo todo y mudarse a un pueblo.
Hay una serie que veo ahora donde un pueblo costero alejado de Nueva York es tan protagonista como los personajes que circulan en ella. En The affair, Montauk extiende sus brazos invisibles al cuello de sus habitantes. La asfixia parece ser calmada cuando Alison, su protagonista, acude al mar en busca de una música silenciosa que apacigüe tanto aullido. Pero el mar le bufa, ladra, maúlla y se la come viva. No es un pueblo todo lo apacible que deseamos. Los seres que viven en él son demasiado taciturnos, refugiados en los bares, con mucho tiempo libre. La palabrería circula por las aceras como un niño en bicicleta. Un pueblo nunca indulta la culpa. Un pueblo es Comala, Macondo, Sonora, donde la aridez del terreno influye tanto en el día a día de los habitantes como peinarse o abrocharse una camisa.
De mi pueblo, Arcos de la Frontera, dicen que es el que mayor número de poetas por metro cuadrado tiene. Quizás no les falte razón. Antonio Hernández, uno de los grandes poetas que ha crecido en estas paredes que hipan desconchones, y que ostenta un currículo literario que ya quisieran muchos, afirmaba sin vergüenza ninguna en una entrevista concedida en el año 89: «Yo ni siquiera soy el mejor poeta de mi pueblo». Quien sea forastero, y analice el historial de Hernández, probablemente advierta en las palabras del escritor cierto afán de falsa modestia. Sin embargo, ese individuo estaría muy lejos de la realidad. En Arcos cada poeta que se atreve a jugar entre asonancias y metros, hinca una rodilla en el suelo y se signa cuando se menciona a Julio Mariscal.
Las calles de Arcos son motivo de metáfora en innumerables ocasiones en las obras de mis paisanos. Pepa Caro, una de los muchos poetas que tenemos, incluso dedica un poemario entero a hablar de ellas. En Las calles de la lluvia, el agua aparece como una melena con cuchillas dentro. Ni el verso manso y lento es capaz de aquietar tanto agüacero. «Nadie quería la lluvia / en esta calle. Nadie», dicen algunos versos. De nuevo el lugar donde naces como tenaza de las ansias. Las calles de Arcos se desdoblan y te hacen nudos en el cuerpo, te llevan al fango cuando te descuidas. Las calles de Arcos «ahora son olvido, / desdibujado perfil, / tierra ya moribunda / que no aviva la sangre», nos recuerda de nuevo Pepa Caro. Y también está la estrechez, que aprieta. Con sus raras geometrías las calles te acercan a la niebla y quién sabe si a la muerte. «Dan ganas de arrimarse a alguien / y hay espanto, / un espamto blando y muy secreto / que prefiere correr hacia lo oscuro», nos dice Mª Jesús Ortega en su poemario Toque de arrebato. Podría contaros miles de versos sobre las calles de mi pueblo, pero las palabras llegan al límite. Seguramente en Tokio, Nueva York, Madrid, haya alguien queriéndose introducir en la paz de un pueblo, engañados, quizás, por haber perdido dos o tres veces el metro. Otros, en cambio, anhelamos el sonido de los coches cabalgando por las avenidas. 

Artículo Publicado en Andalucía Información (06/7/2016)

Foto: The affair.

Publicado el viernes, julio 08, 2016 por La enfermedad de las Turas

Sin comentarios

lunes, diciembre 16, 2013

Si os digo su nombre, quizás pocos lo conozcáis. De hecho, yo no lo conocía, pero la otra tarde leí un artículo en el que aparecía una historia relacionada con una famosa meada, y como si la memoria llevase mi pensamiento en un bólido, rápidamente me acordé de su figura pétrea. La anécdota que aparece en el artículo dice que John Lennon, en una estancia de Los Beatles en Hamburgo, propuso a sus compañeros mearle desde la habitación del hotel a unas monjas que pasaban por la acera al grito de <<¡Vamos a bautizarlas!>>. Yo no soy tan rápido como la memoria, pero en cuanto leí el artículo me vestí, me cepillé los dientes y evacué mis aguas menores, porque de casa hay que salir lavado y meado, más aún en este caso. Cuando me vi frente a él, lo primero que busqué fue su nombre. Diego Jiménez Ayllón constaba en la leyenda. Me pareció un hombre resignado, aunque el paisaje que le rodea y las tumultuosas noches que han contemplado esos ojos grisáceos tienden una mano a la benevolencia hacia ese personaje y hacen que lo mire con cierta pena por su ubicación
Diego Jiménez Ayllón (1530-1590) fue capitán de Los Tercios de Flandes, y al parecer luchó destacándose en la campaña del Adriático y en la guerra de Alemania. Quizás ya ahí era un soldado triste, con un aspecto desgarbado y unos ojos taciturnos, quién sabe si su semblante resignado no es sólo cosa del tiempo. A lo mejor, huyendo del desamor de alguna Donna Angelicata se embarcó en las maderas del poderoso Imperio Español, como los grandes hombres de la época, olvidando los pormenores dolorosos de la vida a base de cuchilladas y arcabuzazos. Además de soldado fue poeta, eso es lo único material que nos ha dejado, dos obras que responden a los siguientes títulos: Los famosos y heroicos hechos del invencible y esforzado caballero, honra y flor de las Españas, el Cid Ruy Díaz de Bivar, con los de otros varones ilustres dellas no menos dignos de fama y memorable recordación y Sonetos a illustres varones de éste felicísimo y cathólico exército. La primera obra mencionada está considerada como la primera publicación en lengua castellana de un poeta gaditano, ahí es nada. Además, fue regidor de su pueblo, Arcos de la Frontera.
Esas casillas en el currículo le valieron para que todavía guarde en propiedad un trocito de hierba rodeada de plantas en el pueblo. En medio del bucólico paraje, su estatua, con nombre y la fecha de nacimiento y muerte, para que ningún paisano de Arcos se olvide de su existencia. Quizás de ahí viene su pesadumbre. A lo mejor pensaba que los novi poetae de las postreras generaciones recitarían sus primeros versos a los pies de su talla. Sin embargo, los años trasladaron la zona de bares y discotecas al mismo lugar donde se encuentra su poética estancia, y su idílico hogar quedó encajonado entre el Bar Castro y la calle por donde los jóvenes acceden a éste y otras discotecas. Los únicos Tercios para gobernar ahí son los de botellines de Cruzcampo, su césped ha sido y es váter idóneo para que depositemos nuestros orines cuando la urgencia nos toca la puerta. Un día, allanada su finca por mis amigos y por mí, uno de nosotros dijo <<voy a mearle en lo alto>>, y allí que se puso con el bulto al aire y haciendo dibujos con el orín en su esculpida piedra, para deleite y regocijo nuestro. A lo mejor esa es su resignación. <<Para lo que hemos quedado>>, pensará.
Cuántas generaciones habrá visto su resignado gesto pasar enfrente de sus narices ebrias de alegría y jolgorio. A cuántos quinceañeros habrá visto con manos nerviosas subirle la falda a chiquillas dulces con sandalias. Cuántos hemos sido los que hemos vomitado en la casapuerta de su aposento, los que hemos hecho pis en alguno de sus árboles con un ojo en el chorro y otro en el asfalto por si llegaba la policía. Se acercan las navidades, y allí estará él, como siempre, con mirada dócil y la figura afligida. Al menos mírenlo y sonrían cuando pasen cerca suya, no sabemos cuál es el origen de su tristeza. Y por favor, no le meen encima.

Foto: Diego Ximénez de Ayllón. 

Publicado el lunes, diciembre 16, 2013 por La enfermedad de las Turas

1 comentario