martes, marzo 17, 2015

<<¡Buscad el tablero, hay que buscar el tablero, carallo!>>, nos aguijoneaba Ángel, un entrenador gallego que nos iniciaba en el arte confuso del baloncesto. Para nosotros, en cambio, el tablero era la manera sucia de meter una canasta, el camino fácil que desechaba la floritura, aquella  que nos había suscitado las ganas de practicar ese deporte. Así las cosas, Ángel nos parecía un pelmazo cuando dejábamos el balón directamente en el aro y nos repetía una y otra vez que el tablero era el camino que había que elegir para encestar. No era el procedimiento que usaban los jugadores que nos gustaban, no era el recurso que unos niños de trece años querían para disfrutar del baloncesto.
Aunque si echamos la vista atrás, a nuestra generación le costaba encontrar  un jugador que se amoldara a nuestros gustos. Nos encontrábamos, seguramente, ante la época más confusa desde que David Stern se hiciera cargo de la NBA en 1984. Michael Jordan, el jugador símbolo de la liga, que acaparaba todo el marketing de ésta y a la que proporcionaba unos resultados económicos sin precedentes, había anunciado su segunda retirada cuando nos adentrábamos en la temporada del año 1999, dejando en las oficinas de la liga el silencio incómodo de la incertidumbre. Antes, el comisionado de la NBA tuvo que hacer frente a las exigencias económicas por parte de la patronal y el sindicato de jugadores, que no consideraba justo que el 20% de los jugadores recibiera el mínimo salarial, mientras que sólo nueve acapararan el 15% de todo el dinero que estaba destinado a pagar salarios. La NBA y la Asociación de Jugadores se habían reunido 9 veces antes del 30 de junio de 1998, día en el que se decretó un lockout que duró 204 días. Fue David Stern quien agarró el problema por las asas. La amenaza del cierre completo de la temporada  amenazaba la NBA, que envió una carta a título personal a todos los jugadores y que amenazó con el cierre definitivo de la temporada si en enero no se había llegado a un acuerdo. La jugada le salió bien a Stern y se pudo jugar una temporada de 50 partidos.
Para el aficionado fue un año raro. El juego ofrecido por las franquicias era especialmente pobre. Con el adiós de Jordan, aquellos que nos saciábamos viendo algunos resúmenes en +Deporte, el programa de Canal Plus, nos sentimos abandonados al no poder contemplar más sus mates ingrávidos, sus canastas en el último segundo y sus aros pasados con doble pirueta. Porque no sólo se fue Jordan, sino que también se fue Chicago. Tras la despedida del 23, Pippen, Rodman y Phill Jackson también acordaron su salida, y con ellos se fue lo que quedaba de una franquicia que -quizás porque era la franquicia más mediática y a la que teníamos más acceso- nos había enganchado al baloncesto.
En estas circunstancias, yo me adentraba a buscar al nuevo jugador que fuera capaz de levantarme del sillón. No estaba, desde luego, en la franquicia ganadora en aquella temporada del 99. Los San Antonio Spurs de Gregg Popovich obtuvieron ese año en el draft al posiblemente mejor ala-pívot de la historia, Tim Duncan, y fueron campeones. Es sin duda el 21 de los Spurs el jugador que mejor ha aprovechado el tablero para encestar, y esto, precisamente, le quitaba méritos de excepcionalidad ante la mirada codiciosa de un chaval de 13 años. Si después de cinco anillos y de desplegar en la última final, ante los Miami Heat de Lebron James, el mejor juego ofensivo y de equipo que he visto hasta ahora, se sigue acusando a Tim Duncan y sus San Antonio Spurs de estrella y franquicia con poco tirón, imagínense el que pudieran tener aquel año, en el que el juego pragmático y de ascendencia militar como la de su entrenador distaba mucho del desarrollado en las últimas Finales.
La NBA se encontraba frente a un panorama sombrío y necesitaba reclutar a los aficionados  anhelantes de showtime. La revelación apareció de forma inesperada. Sacramento Kings, una franquicia en constantes procesos de remodelación, escogió en el draft del 98 a Jason Williams, un base blanquito capaz de hacer auténticas locuras con un balón de baloncesto. Dice Antoni Daimiel en El sueño de mi desvelo, libro del que nos hemos surtido para este artículo, lo siguiente sobre Chocolate Blanco: <<Se puso a jugar con el codo. Perfección, nunca exenta de espectacularidad, que sentó frente al televisor a altas horas de la madrugada a gente que en su vida había visto más de un par de partidos de baloncesto completo>>. La incursión de este base, que estaba acompañado por excelentes jugadores como Chris Webber, Vlade Divac y Stojakovic, fue un brote de esperanza para aquellos que esperábamos juego de contraataque y pases mirando al tendido finalizados con mates sonoros.
Aunque la primera señal de que la NBA empezaba a darle otro ritmo de juego a la competición fue el concurso de mates del 2000. Fue la primera vez que vi a Tracy McGrady. Me sorprendieron sus piernas largas y flacas y la potencia inusitada con que atacaba el aro para machacar. El gran triunfante de la noche fue su primo y compañero de equipo, Vince Carter, pero mis ojos se centraron en los ojos caídos de Mcgrady y el pasotismo con que botaba el balón. Su concurso de mates fue excepcional, pero el de sus contrincantes más aún. Aquel concurso fue un muestrario de mates irrealizables que dejó atónitos a los presentes, fue una advertencia a los huidizos de que la espectacularidad iba a volver, y Mcgrady iba a ser uno de los protagonistas.
Tracy Mcgrady fue uno de esos chavales que entraron en la liga directamente del instituto pidiendo paso entre los grandes de la manera más rápida. Llegó a Toronto Raptors, una franquicia que contaba con tres años de existencia y donde vivió a la sombra de su primo Vince Carter. No obstante, sus números fueron buenos en la franquicia canadiense y en cuanto quedó libre, fue reclutado por los Orlando Magics para formar una dupla exterior junto con Grant Hill que fuera temida por los defensores de la Conferencia Este. Pero a Mcgrady, y a Grant Hill, les acompañaría durante su carrera un aura maldita en forma de lesiones, especialmente con el segundo, que se lesionaría al poco tiempo de iniciarse la temporada, dejando huérfano a Mcgrady en un equipo que con Grant Hill aspiraba al anillo y sin él podía luchar por los playoffs.
Muchos eligieron otros jugadores, algo normal. La época de T-Mac con los Magics coincidió con una etapa de descompensación entre la Conferencia Este y Oeste, que provocaba que se volviera la vista a otros jugadores exteriores como Kobe Bryant. Incluso en el Este se encontraban algunos más mediáticos, como Iverson o el propio Vince Carter. Aun así, McGrady era una fuerza incontrolable y tardaría poco en hacerse un hueco entre los grandes de la NBA. En su primer año como solista en Orlando, recibió el premio de Jugador más mejorado de la NBA, promedió 26,8 puntos por partido, apareció en el segundo mejor quinteto de la liga y fue nominado para el MVP de la temporada, todo esto con 21 años. De esta forma, se convirtió en uno de los habituales en los All Star Games de la década del 2000 e iba fraguando al jugador capaz de anotar 13 puntos en 35 segundos. 
Elegí a Mcgrady por la dulzura con que botaba el balón, por el buen manejo de la bola a pesar de su altura (2,03), por la capacidad que tenía para pararse y tirar con movimientos casi de bailarina, por su potencia para matar por encima del rival, pero sobre todo, porque fue un jugador perseguido por la derrota. Además, la aceptaba con impasibilidad aparente. Siempre guardaba la misma expresión para los momentos buenos y los malos, y con sus canastas imposibles, nos sacaba una sonrisa que hacía gritar a Andrés Montes: <<¿Por qué eres tan bueno McGrady?>>. En definitiva, era un jugador con potencial para ganar cuantos anillos quisiera pero al que la mala suerte, en forma de lesiones (ya fueran suyas o de sus compañeros más ilustres), no le hizo ver más allá de la primera ronda de playoffs.
Mientras tanto, en aquella época en la que T-Mac fraguaba su leyenda oscura en Orlando, Ángel nos seguía preguntando qué carallo nos pasaba con el tablero. Comenzamos a usarlo por su insistencia, y porque nos dimos cuenta que a veces la gravedad era un problema irresoluble para nuestros menudos cuerpos. No usar el tablero era una virtud que sólo unos pocos jugadores se podían permitir. Sin embargo, llegó el All Star Game de Filadelfia en el año 2002. Recuerdo que era muy tarde y a la mañana siguiente había instituto. Nada importaba, era una oportunidad única para ver a Tracy McGrady en acción. El partido discurría de forma tranquila, como suelen empezar esos encuentros, hasta que de pronto, cuando nos encontrábamos al principio del segundo cuarto, McGrady recibió el balón en su propia canasta tras saque de fondo, botó hasta la línea de 6,75 rival, desde ahí estrelló el balón contra el tablero, bajo la mirada de Steve Nash, Gary Payton y Dirk Nowitzki, y con un potente salto desde la pintura, logró cogerlo de nuevo para machacar, volviendo incrédulos a los presentes El salón de mi casa explotó. Era la primera vez que veía un auto-alley-hoop contra el tablero. Fue cuando pensé que si pocos jugadores se podían permitir jugar sin tablero, sólo McGrady podía jugar con él de esa forma. Habíamos visto una jugada que desquiciaría a Ángel durante muchos entrenamientos. 
Tracy McGrady tras asistirse en el tablero en el All Star Weekend de Filadelfia (2002)

Artículo publicado en el primer número de La tabarrera. 

Publicado el martes, marzo 17, 2015 por La enfermedad de las Turas

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martes, marzo 03, 2015

Chirigota La Familia Pepperoni (1998)
El fútbol español vive unos momentos confusos si hablamos de los aficionados que van al estadio para desgañitarse por sus equipos. Y no les hablo sólo de los incidentes ocurridos el pasado 30 de noviembre en el Manzanares -cuyo suceso no vamos a explicar aquí, pues ya el sensacionalismo nacional nos ha dado buena cuenta de ello-, sino de la dificultad que tienen algunos aficionados para asistir al estadio por mor de las exigencias horarias impuestas por la LFP.
Están desalojando los estadios para que los orientales puedan ver nuestro fútbol, mientras el aficionado autóctono, en lugar de abonarse a su club, se abona a Canal Plus Liga para poder ver el partido de su equipo después de cenar. Traicionar a los estadios de fútbol es apuñalar de las entrañas  hacia arriba el alma de los clubes y, aunque suene a topicazo, la única alma que puede tener un club de fútbol es su afición, y ésta toma su estadio como parapeto ante el golpe enemigo, como el lugar que hay que defender de los forasteros como si de tu propia casa se tratara.
El Cádiz C. F. también tiene un estadio que defender, y su afición pintarrajea los alrededores de azul y amarillo siempre que el equipo juega en casa. Manolo Santander, con su chirigota Los de la Roca (2007), ofrece una excelente visión de cómo un aficionado de fútbol siente el estadio del equipo que defiende como su segunda casa. Tratándose de Manolo Santander, ese segundo hogar sólo puede tratarse del estadio Carranza: En el barrio La Laguna / dueño soy de una parcela / (…) El terreno es chiquitito / lo comparto con más gente / y allí voy cada domingo / porque es que yo necesito / empaparme de su ambiente. / En sus gradas he crecido / y quiero vivir / en sus gradas he crecido y quiero morir.
Cádiz, lugar al que pertenecen las dos artes a las que me voy a dedicar en este artículo, es una ciudad extraña: puede lucir como una brillante modelo rubia si nuestra mirada es superficial, pero si nos fijamos en sus entrañas, destila la suciedad de los malos hábitos habituales entre las personas de glamour. Aunque si algo define la ciudad, es la pasión. Los gaditanos giran todo el año entorno a dos emociones difíciles de explicar si no eres de Cádiz: el fútbol y carnaval, y cuando hablamos de fútbol, hablamos del Cádiz C.F. Pocas veces he visto a miles de aficionados esperar a su equipo cuando se va a disputar un partido de 2ªB. Ocurrió el 20 de mayo de 2012, cuando el Cádiz se jugaba el ascenso a Segunda División contra el Real Madrid Castilla. Miles de aficionados esperando al autobús del equipo en la entrada al estadio y gritando <<por un Cádiz revolucionario, todos los fachas fuera del estadio>>, <<oé Cádiz oé>> o el pasodoble de  la chirigota La Familia Pepperoni  <<Me han dicho que el amarillo / está maldito pa´los artistas / y ese color sin embargo / es gloria bendita para los cadistas>>. Porque como hemos dicho antes, carnaval y fútbol son las dos pasiones de los gaditanos y éstos se han encargado de que vayan juntas. De hecho, el pasodoble Me han dicho que el amarillo se ha convertido en el himno oficioso del Cádiz C.F.
Por supuesto, La Familia Pepperoni, chirigota encargada de entonar por primera vez el pasodoble con autoría de Manolo Santander, no hizo la letra por encargo del club. El hecho de que una copla de carnaval se convirtiera en una especie de himno para la afición de un club importante como el Cádiz, ejemplifica muy bien la importancia y significación que tiene esta fiesta entre la gente de la ciudad.  En un ejercicio de poesía popular, el pueblo de Cádiz tomó esa letra como suya. Uno puede no conocer al autor de la letra, pero seguro que conoce el pasodoble. No hay mayor colofón para un carnavalero que una letra suya se convierta en un himno para la ciudad, como bien recordaron Los hinchapelotas, chirigota del 2012, en una copla suya dedicada al autor del pasodoble que se ha erigido como himno del club, en la que se puede apreciar lo siguiente: <<No hay Gran Final / ni hay antifaz / ni premio que supere / que una canción / de carnaval / el pueblo se la quede>>. Por ello, Manolo Santander ha pasado ya al olimpo de personajes ilustres en Cádiz, y estoy seguro de que hay más personas que conocen antes su nombre que el de Fernando Quiñones o José Mª Pemán.
Si uno observara a miles de  personas esperando el autobús de su equipo de fútbol, podría pensar que ese equipo se bate en una eliminatoria importante de Champions League, o que se enfrenta a un partido decisivo para ganar una liga. Pero la realidad del club amarillo es bien distinta. Su presente es aciago y está marcado por la incertidumbre. Así, se va dejando el orgullo por campos de mala madre de 2ªB para volver al lugar que por afición le corresponde. El Cádiz me recuerda a esa escena de Kill Bill 2, la película de Tarantino, en la que la protagonista está enterrada en un ataúd, y a base de paciencia, dando pequeños puñetazos para que la madera ceda, logra escapar del boquete. Y eso es exactamente lo que lleva intentando el Cádiz desde hace varios años ya, escapar del boquete.
Para relatar la última gran gesta protagonizada por el club, debemos retroceder una década, exactamente hasta el año 2005. El Cádiz se jugaba ascender en el campo del máximo rival, el Xerez C.D. Imaginen que el F.C. Barcelona visita el Bernabéu y el equipo blanco puede dejarlo sin liga, o por el contrario, puede ser derrotado en su propia casa para regodeo de toda Cataluña; imaginen ese escenario. Pues con esa misma tensión se vivía ese derbi. Pero pronto se disiparon las dudas. Nada más comenzar el partido, Oli asestó un zurdazo que retumbó como el golpe de bombo de una chirigota clásica. El resto fue dejar atrás los minutos, de hecho, el segundo gol cadista fue mera anécdota, ya Oli se había encargado de dejar las cosas claras desde el inicio, como cuando Michael Corleone vuelve del baño con un revólver y dispara, sin preguntar, a Sollozo y el capitán McClusky en la película El Padrino.
Por supuesto, las agrupaciones se acordarían de la hazaña y la reflejarían en sus letras. En el carnaval siguiente al ascenso conseguido, la comparsa Los Parias, del autor Juan Carlos Aragón, se referiría a la gesta de la siguiente forma: Hay días que pasan cuando llegan / pero sus noches nunca pasan, / como la noche coronada / por nuestra amarilla bandera, / la noche de la primavera / más bella que tuvo Carranza. / De Jerez, fueron de vino de Jerez / las lágrimas que derramé / la noche de la primavera / más bella que tuvo Carranza (…) / Por eso cuando las banderas / cubrieron las ciudad entera / sentí el mayor escalofrío. / Lo que pasaba era más grande / y cada gol más importante / que to el ascenso conseguío.
Oli fue el jugador referente de aquel Cádiz C.F. que consiguió el ascenso. No fue casualidad que el asturiano fuera quien asestara la cuchillada final en Chapín. Su relación con el club gaditano y con la afición se manifestaba en cada minuto que el jugador permanecía en el campo. Tanto se reflejaban el club y el jugador, que tras  no conseguir mantenerse  en Primera División, Oli fue elegido como técnico para volver a repetir la gesta la temporada siguiente. Pero las cosas empezaron a decaer y el idilio entre ambas partes se terminó antes de lo esperado. Sin embargo, la afición aún guarda un gran recuerdo del jugador ovetense. Ya antes de esta gesta, la chirigota Los golfus de Roma (2005), dedicaron un pasodoble al futbolista, en el que querían decirle que lo consideraban como un gaditano más, a pesar de que no hubiera nacido en Cádiz: cuando tú besas mi escudo / estás besando a to Cai entero. / Venga, sigue partiéndote el alma / que te llevan en volandas / todos los cadistas buenos (…) / pudiste venir a Cádiz / para llevarte el parné / pero elegiste vencer / y conquistar corazones / de una afición que te adora / y a la que respondes echando cojones (…) / Y por eso esta afición / aunque tú seas asturiano / te ha demostrado su amor / porque ya eres Oli otro gaditano. 
Oli, estandarte de la última gran época del Cádiz C.F.
No todas las letras de los pasodobles referidas al equipo gaditano son tan aduladoras. El espíritu crítico de algunas agrupaciones es algo destacable, y más aún cuando las cosas no marchan bien, que es lo que le ha ocurrido al Cádiz en los últimos años. Si repasamos la trayectoria del equipo, ha conseguido subir a Primera División, descender a 2ª B dos temporadas después de haber estado en la máxima categoría. Antes de descender, el club había sido abandonado por los nuevos dueños, cuando tan sólo llevaban cuatro meses de mandato, dejando la incertidumbre sobre el futuro económico de la entidad entre sus aficionados, que auscultaban el fantasma del descenso ante el mal rumbo que estaba tomando la dirección del club. Ese descenso se consumó añadiéndole una pizca más de tragedia al asunto. Abraham Paz, capitán del equipo, falló un penalti cuando corría el minuto seis de descuento para el final del partido que, de haber sido anotado, hubiera dejado al Cádiz en Segunda División. Al año siguiente se consiguió el ascenso a Segunda de nuevo, pero cuando el objetivo era mantenerse en la categoría, para que la temporada siguiente, la del 2011, temporada del Centenario del club, se pudiera luchar por objetivos más ambiciosos, el equipo volvió a descender a 2ªB.
Ese descenso fue un varapalo para la afición. El nuevo estadio, que se pretendía que estuviera finalizado para el año del Centenario, estaba desnudo ante la ciudad. El ambiente era frío y raro, y la nostalgia se apoderó del aficionado cadista, que miraba al pasado como método para perderse de una realidad tan pesarosa. Estas circunstancias influyeron también en las letras de las agrupaciones dedicadas a un acontecimiento tan importante como el Centenario del club al que defienden, como la de la chirigota The Cádiz Post Time, de José Antonio Vera Luque, en la que define el acontecimiento de cumplir un siglo de edad de esta forma: Centenario sin tribuna / sin alegría ninguna / sin motivos de jolgorio /que más que lo que merece / el cumpleaños parece / un velatorio.  Y donde más adelante, si seguimos escuchando el pasodoble, sumerge al aficionado en la nostalgia antes mencionada, nombrando jugadores míticos del club cadista, para finalizar con una crítica salvaje e implacable hacia aquellos que jugaron con el futuro del club tratando de hacer negocios: Y recuerdo a los piratas / de chaqueta y de corbata / que llegaron prometiendo, / prometieron oro y plata / y luego como las ratas / de aquí se fueron corriendo. / Y es por eso que lo advierto / y lo digo como socio / a tos los que están ahora / pa´que se apliquen el cuento / que el Cádiz no es un negocio.
La situación del club, después del Centenario, no ha mejorado mucho. Aparte de haber pasado de nuevo por varias manos en su dirección, en lo deportivo tan sólo han sobrevenido catástrofes. El mismo año del Centenario, cuando todo parecía indicar que el club volvería a la Categoría de Plata en el minuto 82 de partido de vuelta en Mirandés, en el que se perdía 2-1, pero en el que se contaba con una ventaja de 2-0, es decir, que el Mirandés disponía tan sólo de 8 minutos para meter dos goles y remontar la eliminatoria. Sin embargo, se trataba del Cádiz, y por supuesto que el club negrirojo consiguió esos dos tantos.
Algo parecido ocurrió la temporada siguiente, en la que en el partido decisivo para el ascenso, el Cádiz C.F. consiguió remontar un 3-1 en contra frente al Lugo, pero no pudo conseguir el ascenso porque erraron más en la tanda de penaltis. Además, después de ese nuevo golpe, el club estuvo a punto de descender a 3ª División bajo el mandato de un grupo italiano que endeuda aún más el club.
El Cádiz C.F. posee una afición que acude en gran número al estadio, algo que parece difícil de imaginar teniendo en cuenta los últimos acontecimientos sufridos. Además, esa afición ofrece su visión de lo que acontece en su club cantando coplas de carnaval, lo que la hace más única todavía del resto de España. Una afición que se acoge a la nostalgia para soñar con recuperar el lugar que le corresponde, y que no mira otros colores que el azul y el amarillo. Pero hay quien dice y maldice / que el Cádiz para él no existe / ya puede presumir / pero siendo de aquí / con esa pena tendrá que morirse, cantaba la chirigota Retrato de familia en el año 1993, diciendo que en Cádiz puede haber gente a la que le guste otros equipos, pero que el equipo de la ciudad juega en Carranza y es el Cádiz C.F.                                                         
Los comparsistas se la dan de artistas (2009)
    (Artículo publicado en el 2º número de La Tabarrera).

Publicado el martes, marzo 03, 2015 por La enfermedad de las Turas

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martes, febrero 10, 2015

 Pocas cosas existen tan hábiles como ser un torpe. Estoy seguro de que hay gente que si le dieran a elegir, escogería ser torpe. No es mi caso, por supuesto, la ineptitud lleva agarrada al bolsillo trasero de mi pantalón, como una niña asustada agarra el de su padre, prácticamente desde que sé comer con tenedor. A mí no me pesa, es más, la considero fatalmente bella, un signo de muerte trágica capaz de dejar un cadáver con aspecto de majestuoso sosiego, como el de Kevin Spacey en American Beauty. Sin embargo, la torpeza es molesta para el pequeño mundo que te rodea. Mi hermano, con el que comparto habitación, es quien especialmente sufre las consecuencias de lo que yo considero como un don. Suele colocar todas las noches, en las mismas coordenadas, una botella de agua para calmar la fatiga del sueño. Uno, que acostumbra a leer y ver cine de madrugada, intenta ser sigiloso cuando entra en la habitación, aunque no hay día en que no derribe la botella de agua y provoque un estruendo en el silencio, parecido al de un ejército de elefantes intentando conquistar la casa.
Hace unos meses, cuando vivía en Alemania, un murciélago se coló por una pequeña rendija de nuestra habitación. Yo nunca me hubiera dado cuenta de que semejante animal estaba sobrevolando la cabeza de Marian y la mía mientras veíamos una serie, hacíamos el amor o sabrá dios qué tonterías más. Fue Marian quien empezó a señalarme, azuzada por el pánico, un bulto negro que intentaba escapar dándose cabezazos con el techo. Cuando consiguió caer al suelo, se encontraba totalmente destrozado. Aun así, no fui capaz de atraparlo. El murciélago, magullado y moribundo, me tenía ganada la batalla psicológica, para desesperación de Marian, que ya bastante tiene con tener que abrocharse el sujetador ella solita porque yo soy incapaz.
Es agradable sentarse en el sillón, Fosters en mano, y mirar la ferocidad de un hipopótamo, o las historias de unos ciudadanos que en realidad no interesan a nadie, porque no eres capaz de hacer nada por ti mismo. Aunque si alguna virtud echo de menos, es la de saber tocar un instrumento musical. Últimamente pienso mucho en apuntarme a clases de guitarra, o de saxofón, o de acordeón mismo, todo con tal de saber tocar algo. Pero la incertidumbre aletea en mi nunca como un cuervo y siempre opto por hacer otras cosas más importantes, como planchar calcetines o beber cervezas. No me va a ocurrir tocando un instrumento como a Mildred Pierce, que aprende a trabajar como camarera y finalmente acaba montando un imperio con sus pasteles. Tampoco pretendo hacerlo para actuar en Benicàssim, ni siquiera para ir por los bares de los pueblos para que los ancianos bailen en sus fiestas. El único logro que conseguiría sería el de tocar algunas notas desafinadas en compañía del alcohol y el complot amable de tus amigos. Suficiente.
Una mañana, cuando rondaba los 14 ó 15 años, edad en la que empiezas a comprender de la pasta que vas a estar hecho, mis padres decidieron llevarnos a la playa de Cádiz. Hay días en los que el desastre se te mete en la garganta desde que despiertas, y esa mañana era uno de esos días. Nada hacía presagiar que un lamentable incidente iba a dejarme el sabor de la acritud, provocada por la certeza de que vas a ser un torpe, en los labios. Cuando estábamos divisando un lugar en el que depositar nuestros tiestos de playa, nos dimos cuenta de que en esa zona era imposible. Mis padres empezaron a ponerse nerviosos, y querían salir a toda prisa de aquella parte de la playa, claro que eso no era tarea fácil. Enfilamos hacia la única salida que nos ofrecía el recinto, pero estaba tan frecuentado que nos era casi imposible dar un paso. Para colmo, la resaca -una resaca que ahora recuerdo como se recuerda la primera vez que tocas a una mujer- empezaba a agarrarme de las piernas fuertemente. Sin embargo, mi padre vislumbró una enorme rampa por la que cortar -él era el único que pensó que eso era posible- camino. Agarró la nevera con una mano, con la otra una bolsa pesada, y debajo de una de sus axilas la sombrilla. Se encaminó pendiente arriba sin que ninguno de nosotros pudiera discrepar sobre su idea. Cuando casi consiguió remontar la rampa entera, aprecié que no éramos los únicos que presenciábamos la gesta, un nutrido grupo de curiosos observaba a mi padre batirse contra la gravedad. Entonces perdió pie. Logró posicionarse para emprender la pendiente hacia abajo, a pesar del peso que llevaba encima, que hizo que alcanzara una velocidad peligrosa. Mientras se deslizaba por la empinada bajada, mi madre murmuraba para sí <<no, si al final hemos venido a matarnos>>. Mi padre consiguió salir airoso físicamente de la batalla, pero el honor de su cordura quedó seriamente lastimado. Nos dirigimos a la salida del recinto con la cabeza gacha, mi madre pensando en la vergüenza, yo pensando en que así iba a ser incapaz de tocar nunca un instrumento.

Foto: American Beauty.   

Publicado el martes, febrero 10, 2015 por La enfermedad de las Turas

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martes, noviembre 04, 2014

 Paco estaba borracho y yo le iba a la caza. Era uno de esos días en los que no había ocurrido nada, de esos días en los que la botella aparece como un consuelo. En la calle había mucha gente porque se celebraba una feria o algo así, después de tres chupitos de Jägermeister era imposible recordar qué nos había llevado a tal estado. Paco fue a mear, lo recuerdo nervioso, pero más nervioso lo recuerdo a la vuelta, cuando se acercó rápido hacia a mí, me agarró por los hombros y me dijo: <<Estaba meando y había una mierda en el suelo, le he disparado con el pis hasta que la he deshecho. Qué estúpido soy, Abraham, podría estar toda la vida en esa situación>>.
Lo cierto es que no me pareció estúpido. De hecho, me pareció alcanzar una lucidez sorprendente con aquel testimonio. La lucidez es una virtud exclusiva a las cosas que parecen estúpidas, es una chispa de la que sólo pueden dotarse personas como Paco y como las madres. Mi madre era capaz, con una pregunta, de cambiarme todas las intenciones. Por las tardes siempre me preguntaba <<Abraham, ¿quieres un bocadillo?>>, <<No me apetece mamá>>, respondía yo para que me dejara en paz, <<no te va a apetecer>>, ordenaba mi madre, y a los dos segundos incrustaba entre mis manos un enorme bocadillo de nocilla. Todas las tardes era capaz de engañarme con la misma pregunta.
En realidad, aspiramos a ser personas con ocurrencias estúpidas repletas de lucidez. A ser, en definitiva, como mi amigo Paco, las madres o como Louie, el personaje de la serie de televisión creado por el humorista Louie C. K. Intuimos que es un personaje inspirado en él mismo, pero eso carece de importancia. Louie ofrece todos los rasgos que sospechamos nos harán miserables cumplida la cuarentena. Y eso es lo que nos gusta. Humorista, divorciado y con dos hijas, el personaje destripa la sociedad americana y la estupidez humana con más estupidez. He de reconocer que no he terminado la primera temporada, pero no importa, desde su primera frase <<tengo 41 y soy soltero. En realidad, no estoy soltero, solamente estoy solo>>, uno adivina que se encuentra ante un personaje que te va a narrar todas las circunstancias más insignificantes -que son las más geniales- en las que uno se puede encontrar.
<<Es que en los capítulos no ocurre nunca nada>>, comentan algunos. Qué más da lo que ocurra, ¿acaso en nuestras vidas ocurren cosas?, ¿alguien considera mayor acontecimiento ser Enoch Thompson que ser un cuarentón cualquiera que tiene miedo al dentista, que es depresivo cuando no están sus hijas o que busca a un amor de la infancia con la que tuvo una relación fallida? Louie, en cada frase que exhala, nos invita a reflexionar sobre los problemas cotidianos, como el funcionamiento de los aeropuertos, la educación de los hijos o la religión. Todo ese contenido está inmerso en la serie. No es sólo que el personaje hable de cosas estúpidas, es que ocurren muchas cosas.
Aparte, Louie nos lanza a las partes sombrías de nuestro salón con un existencialismo duro. Detrás de cada carcajada hay un punto de patada en los costados, de mueca resignada. Todos sabemos que esto es una carrera cuesta abajo y Louie nos lo desgrana, a través de la risa, para que no nos quepa ya ninguna duda. No voy a descubriros nada nuevo, puesto que la serie se emite desde 2010 y yo acabo de empezarla, pero os invito a que la desmenucéis tan tarde como yo lo he hecho, porque es una de las imprescindibles. Recuerdo que hace poco mi hermana me dijo que tenía mucha barriga. Yo, que ya había empezado a ver la serie, pensé en contestarle con lucidez aplastante, pero como ni soy mi amigo Paco ni una madre, sólo pude acordarme de Louie, cuando en unos de sus monólogos dice: <<Nunca me acosté con alguien por mi apariencia, en toda mi vida. Lo sé, nunca gané nada por mi apariencia. No dices: “La estoy perdiendo, ¿qué voy a hacer ahora? Nunca me dio ventaja en la vida>>. ¿No es genial? A todos nos gustaría ser Louie.   

Foto: Louie. 

Publicado el martes, noviembre 04, 2014 por La enfermedad de las Turas

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martes, octubre 21, 2014

Estimada Ana,
Supongo que se habrá preguntado por el extraño motivo de una ausencia tan prolongada. Todo tiene una explicación. En mi caso, no debiera ser una excusa, pero si atendemos a la concatenación de los hechos, si auscultamos la respiración de los actos, he de suponer que puedo volver a contar con la generosidad de su atención.
Tengo que decirle que acabo de sufrir una mudanza. En realidad no hace un día, ni dos, ni tres. Fue hace dos meses exactos. Aunque como sabe, usted que huyó de la provincia a la capital, una mudanza puede dejarle a uno vacío. A decir verdad, hay pocas cosas que tenga que contarle, pero he abierto mi ordenador y he notado un agujero negro en la barriga. No me he asustado, casi que lo esperaba, mas si he sentido unas ganas horribles por hacérselo saber. Una mudanza trae consigo cosas tristes, muy tristes, tristísimas. Intentaba convencerme mientras empaquetaba cajas de que no me dejaría arropar por el manto de la tristeza. Es inevitable, tiene unas uñas capaces de abrazarte.
Para combatir el tedio de las tardes doblo calcetines. Todos. Los de mi padre, mi madre y mis hermanos. Los doblo y miro por el balcón como caminan los viejos y las viejas con la rebeca negra recogida, intentando evitar los saludos de la gente. Y también pasan hombres y mujeres muy cabizbajos, como si les pesara andar, como si tuvieran encima ya a la vida aprisionándoles. Yo les digo los hombres oscuros. No es una ocurrencia mía, por supuesto, no estoy a la altura de un calificativo tan soberbio, es el título de un poemario de Julio Mariscal. Pasan hombres oscuros. Ahora no puedo evitar pensar que el poeta hilvanaba los versos mientras planchaba calcetines.
En cuanto a aquello del clima, no te voy a negar que he agradecido unos rayos de sol. El norte de Alemania está demasiado abrigado por las nubes. La otra mañana me encontraba en Cádiz, ya sabes, burocracia superflua -en Cádiz me di cuenta que llevo cinco años con los estudios retrasados, quizás sea un lustro glorioso para mi futuro currículum-, y me encontré con una chica alemana. Estuvimos hablando del sol. Uno, que es inocente y cree que la gente no se arraiga a su tierra, intentó sacarle las tripas de la envidia a la chica en lo referente al clima. Pero ella, muy rubia y muy segura, me dijo que ya echaba de menos las nubes. <<Eres muy triste>>, le dije yo, además en alemán, demostrando que sé medir las palabras con la gente desconocida, sobre todo con alemanes. Creo que no le sentó muy bien.
Aparte del desastre que te deja un cambio de domicilio, una película sobre mudanzas ha duplicado la voracidad de la hecatombe. La película se llama Boyhood. En ella, un chico sufre las funestas consecuencias de andar cada dos por tres de un lado para otro, amontonando la desdicha de que en realidad, por muchos cambios de domicilio que hagas, nunca pasa nada. Y en esas ando, conociendo que nunca he hecho nada en mi vida. <<Es como si siempre es ahora mismo>>, dice el protagonista de Boyhood. Aunque nada cambie, eso es lo que nos gusta, querida Ana, estar siempre en la tarea de doblar calcetines, mirando pasar hombres oscuros, masticando la desdicha.
 
Foto: Boyhood.

Publicado el martes, octubre 21, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, octubre 06, 2014

Sentí la desgracia cuando le di un mordisco al bocadillo de mortadela y tragué papel de plata. Entonces supe que no había vuelta atrás. Era ese tipo de desgracias que no sabes cuándo ha llegado, pero que se te agarra a la cintura y te corre dos boquetitos más del cinturón. Solté los pendientes en el bolsillo derecho del pantalón, que cayeron en la tela como dos piedras lanzadas desde un barranco. Recordé las palabras que me dijo en la clase de Conocimiento del Medio el Lúa: <<Tú no te achantes, Abraham, el no ya lo tienes por respuesta>>.
Así que cuando la vi, con un chándal de campana y rodeada de amigas, me dirigí a ella, bajo la atenta mirada del Lúa. Entré en el corro de amigas, pareciendo que entraba en un país extranjero. <<Me gustas, Flori, te he comprado estos pendientes>>, le dije, y le entregué dos zarcillos con forma de F que habían estado saltando entre mis dedos dentro del bolsillo. Las carcajadas estallaron, tanto que los chicos que jugaban al fútbol se quedaron mirando. Caí en la cuenta de que desde las risas estaba en el centro de las miradas de todo el recreo, que estaba siendo historia viva de 4º, 5º y 6º de primaria. <<Todavía estás en 4º, no has hecho la comunión y eres muy menudo, las chicas de 6º no salimos con gente como tú>>, me dijo con voz chillona. Volvieron a tronar las carcajadas.
Un amor de colegio o de instituto puede conducir a una desgracia que puedes estar arrastrando toda la vida. Ocurre en Fargo, la serie de televisión basada en la película de los hermanos Coen, cuando Lester Nygaard se encuentra con Sam Hess -un antiguo compañero de instituto estúpido, de esos que te dolía encontrártelos por la calle cuando ibas con tu madre- acompañado de sus dos hijos, más estúpidos si cabe. Sam comienza a contarles las putadas que le hacía a Lester cuando estaban juntos en el instituto. Lester lo aguanta, enterrando la vergüenza. Sólo se altera un poco cuando Sam le recuerda que su actual mujer, que ya era novia en el high school, le hizo una paja en el baile de fin de curso. A partir de ahí la vida de Lester se convierte en una trabazón de asesinatos, mentiras y huidas de la policía para sortear la inevitabilidad de la muerte.
Estoy seguro de que Lester no imaginó, ni por un segundo, que las palabras de Sam desembocarían en una concatenación tan seria de desgracias. Pero la desgracia no necesita de avisos ni cosas por el estilo. Simplemente está ahí, a la espera de que te raspes con la lija del estropajo, de que te salte el aceite en la camiseta, de que firmes un contrato de trabajo, como le sucede a Larsen cuando acepta el cargo como Gerente General de una empresa importante, en El Astillero, la novela de Juan Carlos Onetti. Desde que lo acepta lo inundan la tristeza y el plomo de la existencia, el llanto silencioso y el paso lento. <<Esta es la desgracia -reflexiona- […]. no es que venga y se quede, es una cosa distinta, nada tiene que ver con los sucesos, aunque los use para mostrarse; la desgracia está, a veces. Y esta vez está, no sé desde cuándo>>.
El caso es que la semana pasada, para huir del desastre, me refugié en la barra del bar de siempre. Mientras contemplaba flotar los dos cubos de hielo del gin tonic, una voz chillona irrumpió por la puerta. Iba rodeada de un corro de amigas. Al principio pensé que era una chica más. No le hice caso. Era un poco chabacana hablando y algo escandalosa. Pero al pararme en sus facciones, al poner el oído en la cuchilla de su voz, supe que era la Flori. Me puse algo nervioso, pero nada grave, ninguna urgencia que no pudiera superar con un trago largo. Al rato, cuando los cubos de hielos no eran más que dos lágrimas flotantes, sentí una mano azotándome el hombro y escuché: <<Muchacho, ¿tienes un cigarro?>>. El cigarro se me cayó cuando se lo ofrecí y el corro de amigas tronó en carcajadas de nuevo. Supuse la tragedia. Apuré el vaso y me marché a casa.
El hambre acudió a mí cuando abrí la puerta. Imaginé que eran los nervios. Me dirigí a la cocina y vi encima de la encimera un plato de filetes empanados. Agradecí tener una madre. Pero cuando di un mordisco, una viscosidad inmunda trepó por mi lengua. No eran filetes empanados, eran berenjenas rebozadas. Vomité en el fregadero. Abandoné la tarea de recogerlo para el día siguiente, ajeno a que aquello era un acicate para una bronca monumental. Luego me acosté, con la desgracia en el estómago, pero orgulloso porque la Flori me había pedido un cigarro. Le había ganado una trivial batalla a la infancia. 

Foto: Fargo. 

Publicado el lunes, octubre 06, 2014 por La enfermedad de las Turas

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martes, septiembre 30, 2014

El final del verano no es más que una derrota dulce -si es que existen las derrotas dulces-  la cual nunca esperas que llegue. Sabes que la felicidad acabará por meterse en cualquier rendija de tu patio, escabulléndose como el rabo de una rata, para dejar paso al no sé qué de tristeza que olemos desde lejos. <<Sabremos que el hastío ha vuelto a derrotarnos, / sabremos que perdimos otro verano mas. / Que nos ganó la vida una trivial batalla.>>, nos dice Juan Bonilla en un poema titulado Muchachas de septiembre. Una sentencia de manual si no fuera porque en mi pueblo, Arcos de la Frontera, el verano es capaz de prolongarse hasta bien entrada la hojarasca amarilla del otoño.
Aquí tuvimos la destreza de alargar el verano, lo cual no debería ser una mala noticia, de no ser porque el otoño tiene la habilidad de meterse de sopetón por la ventana de tu salita, ya sea 21 de septiembre, 29 o principios de octubre. No importa, es un clima establecido en mi pueblo para el día después de la festividad patronal, que celebramos con una feria. Podríamos haber hecho como en cualquier otra parte de España, donde reciben el otoño a principios de septiembre, lo mismo un miércoles o un jueves o un sábado, si es este último día mejor, pues acoges la tristeza armado de gin tonics. Aquí no. Aquí colocamos la festividad patronal al final de septiembre y le damos al lunes la capacidad de aniquilarnos, de que nos eche por encima un manto de oscuridad. Recuerdo el final de la feria de mi pueblo de hace tres años. Durante la fiesta bebí con la conciencia débil, sin saber que cada chupito que entraba en mi garganta como un raquetazo era un manojo de avispas haciendo un nido de resaca. Cuando desperté, después de tres días bebiendo que me parecieron uno, sólo pude atinar al desconcierto que me provocaban los zumbidos de avispa de la resaca pasando al lado mío. Estuve doce horas seguidas en la cama oyéndolas con la sábana cubriendo mis ojos. Al día siguiente le dije a un amigo que <<la sábana ardía; que aquello era la sábana de la muerte>>.
Lo mejor sería huir, como antes se huía. A la facultad, a pelarle papas a tu madre o al bar de tu amigo para emborracharte más y no verle los ojos rojos a la resaca. Pero la escapatoria sólo era posible antes. Ahora la tristeza que trae consigo la resaca está también en las calles del pueblo. Puedes oír, a lo sumo, dos o tres motos cuyo destino es una de mis mayores incógnitas durante ese día. O puedes ver a mujeres vestidas de negro caminar calle arriba como si arrastraran un sembrador con la espalda. Son como las ánimas que pululan en Comala, el pueblo de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo. Precisamente, ese día en que se ha acabado nuestro verano me recuerda a un pasaje de la novela de Rulfo, cuando Damiana Cisneros, sumergida desde su cama en la noche, bajo la luz de una luna triste, oye continuos bramidos de toros, y dice: <<Esos animales nunca duermen. Nunca duermen. Son como el diablo, que siempre anda buscando almas para llevárselas al infierno>>.
Lo mismo ocurre con el día de después de feria en mi pueblo. Nunca duerme, bramándonos en el oído, para recordarnos que su día va a llegar, que la felicidad dura lo que dura el verano, que lo vamos a sentir aunque hayamos huido de la feria a un hotel a pie de playa. A esas personas, que aparecen vestidas de verano en el día crucial de su fin, les llega la hora en cuanto se quitan la pulsera de Todo incluido.  

Foto: Días sin huella. 

Publicado el martes, septiembre 30, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, septiembre 15, 2014

Una señal es argumento suficiente para que ponga de puntillas mi desconfianza. Ocurre que a veces es mejor sentarse en el sofá, con el mando de la Play Station en la entrepierna disputando un Fiorentina-Sassuolo, y dejar que los acontecimientos que vienen, por muy graves que sean –es posible incluso que tu madre te mande embalar con papel de plata una tortilla-, se solucionen por sí solos. Así al menos riges tus tardes por fracciones de tiempo que van de diez minutos en diez minutos, lo que dura un partido de consola. Porque una señal, una minúscula señal incluso, es capaz de taladrar el tiempo como un obrero municipal taladra la acera de tu calle a las ocho de la mañana.
Me atrevo a afirmar, a sabiendas de que los eruditos acuchillarán la pantalla de su ordenador cuando lo lean, que el tiempo es aquello que transcurre con normalidad hasta que una señal aparece. Se me viene a la cabeza un relato de Cortázar titulado El perseguidor. En él, el escritor argentino nos cuenta las manías y los problemas existenciales de un saxofonista de jazz enganchado a la marihuana llamado Johnny Carter (personaje inspirado en el saxofonista Charlie Parker), desde la perspectiva de un crítico musical llamado Bruno. En el relato, Bruno nos cuenta: <<Johnny estaba en gran forma en esos días, y yo había ido al ensayo sólo para escucharlo a él y también a Mile Davis. Todos tenían ganas de tocar, estaban contentos, andaban bien vestidos (de esto me acuerdo quizás por contraste, por lo mal vestido y sucio que anda ahora Johnny), tocaban con gusto, sin ninguna impaciencia, y el técnico de sonido hacía señales de contento detrás de su ventanilla, como un babuino satisfecho. Y justamente en ese momento, cuando Johnny estaba perdido en su alegría, de golpe dejó de tocar y soltándole un puñetazo a no sé quién dijo: “Esto lo estoy tocando mañana” […] “Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana”>>. Es una prueba incontestable de que una señal puede desbaratar el tiempo como unas manos torpes un cubo de Rubik.
 Por eso yo soy de los que cuando perciben una señal sienten frío en el cogote. Recuerdo lo que le ocurrió a un amigo hace unos años. Mi amigo vivía en un barrio residencial a las afueras del pueblo, en el que se entraba por entre dos tinajas que encuadraban el camino a seguir. Podemos decir, hablando rápido, que las tinajas eran una señal en los días de lluvia, ya fueran de agua o de alcohol. Lo normal en los habitantes del barrio era no guiarse por las tinajas, sino girar en el punto exacto con la parsimonia de la costumbre. Un dia, mi amigo iba tan borracho que dudó de su parsimonia. Las obras en la entrada del barrio residencial dificultaban un poco la visión. Entonces mi amigo pensó que lo óptimo era entrar por medio de las dos tinajas y luego encauzar el trayecto hasta su casa. Cuando visualizó una tinaja, mi amigo giró a la izquierda, y en el momento en que creía que sentiría la carretera suave debajo de las ruedas de su Hyundai, se vio cayendo con precipitación hacia la cuneta de un pinar. Cuando se bajó del coche para averiguar qué había ocurrido, con fango y hojas de pino hasta el cuello, se dio cuenta de que la primera tinaja había desaparecido y se había dejado llevar por la tinaja incorrecta. Hubiera sido más fácil cerrar los ojos y que el coche hubiera girado solo, sin señales de por medio.  
En realidad, os hablo de las señales porque el otro día tuve un sueño. Los sueños son otro tipo de señales más escarpadas. En él, mi madre, mi cuñada y mi hermano me esperaban en casa de mi abuela. Cuando llegué, los vi reunidos sobre una pila y me acerqué. Mi cuñada y mi hermano miraban cómo mi madre cocinaba unos excrementos empanados como morcillas de grande. No sé de qué eran los excrementos, sólo sé que no eran humanos. Así, comencé a ayudar a mi madre a empanar los excrementos, y mi madre los cocinaba en un aceite muy aguado, y mi cuñada y mi hermano nos miraban empanarlos y cocinarlos como los que miran a un paleontólogo barriendo con una brochecita una piedra. Luego desperté, y por mucho que estuve pensando no conseguí saber -debéis creerme- qué tipo de señales me estaba mandando el tiempo. 

Foto: Bird. 

Publicado el lunes, septiembre 15, 2014 por La enfermedad de las Turas

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