Mostrando entradas con la etiqueta F. C. Barcelona. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta F. C. Barcelona. Mostrar todas las entradas

viernes, diciembre 02, 2016

 En primer lugar, es preciso situarlo en las coordenadas exactas en donde va a producirse el encuentro. El calendario de liga y los periódicos dicen que es en la ciudad de Barcelona, en el estadio Camp Nou. Dicho dato debe ser considerado orientativo. El Clásico es un encuentro en el que el espacio y el tiempo pasan a ser dos elementos secundarios, como el color de las botas de los jugadores. Es decir, se dice que es en Barcelona pero lo que va a ocurrir podría ser perfectamente en El Cairo o en Bangladesh.
En otro orden de cosas, es recomendable ir bien aseado a la cita, con la camisa cerrada hasta el último botón. No importa si lo ve solo o acompañado, en ese momento, poco le va a importar si los macarrones se le han pegado dos horas antes o si se ha quemado al sacar la pizza del horno; si su cuñado le ha hablado de la muerte de Fidel Castro o si su esposa le ha invitado a sacar la basura justo cuando se calzaba los zapatos para salir. En fin, tome asiento relajado y cruce las piernas solemne porque, ante todo, lo que no debe es alterarse.
Una vez iniciado pueden acaecer varias situaciones. Recuerda, no desespere. Una de las posibles tesituras en las que puede verse envuelto es la siguiente: a Cristiano Ronaldo se le antoja volver a pedir calma en territorio hostil. Si este hecho le provoca urticaria, tranquilícese, quizás en la jugada posterior Ronaldinho haga un eslalon desde el centro del campo con la tranquilidad con que un emperador entraba por un arco saludando a sus esclavos. En el caso de que Raúl Blanco marque el empate a dos en el tiempo de descuento y se lleve el dedo índice a sus labios sellados, no piense que debe callar, en cualquier caso deberá abrazarse a la persona de al lado o, por el contrario, deberá increpar a la pantalla del televisor como al conductor que estuvo a punto de atropellarlo en un paso de cebra. Considérese en la misma situación si Geovanni marca también cuando el partido da un respingo y hace tres cortes de manga al público. Si Luis Enrique está en el banquillo dando instrucciones a todos los jugadores menos a Messi, no se sorprenda si en cualquier momento marca un gol y va a restregárselo a la grada madridista estirando la camiseta del Barça hasta decolorarla. También puede ser que la burla vaya dirigida a la grada blaugrana y que esta vez la camiseta que pierda textura sea la del equipo blanco. Depende del minuto en que circule el enfrentamiento. Asimismo, aunque Zidane esté en el área técnica, sepa que es capaz de meter un gol por la escuadra que dé el pase a la Final de la Champions en el partido de ida, y que incluso puede alegar que sentenció rápido porque necesitaba ingeniar uno de los goles más increíbles del deporte. Rivaldo es muy asiduo a marcar cuando el aceite está más caliente, así que no lo pierda de vista. Bien es sabido que Messi puede estigmatizar a Mourinho tras asistencia de Afellay, y en la jugada siguiente puede otear el horizonte, mientras hace quiebros y avanza despacito por el campo como usted cuando intenta barrer el hilillo de polvo del salón. La diferencia es que el argentino va a apuntillar al Real Madrid sin ni siquiera moverse. Quizás Ronaldo pueda parecerte a James Gandolfini, en ese caso, desconfíe, va a recibir un pase en profundidad y va a hacer una carrera tan perfecta que va a lesionar a Thiago Motta. Cuando esté enfrente de Valdés, va a picarla, sonriente, como diciéndole a sus compañeros «yo sé hacer estas cosas, chicos».
Por último, haga oídos sordos a aquél que te sugiera que el árbitro estuvo mal porque no pitó no sé cuántos saques de banda. Para eso, ya está la televisión. 

Publicado en Arcos Información (03/12/2016)

Publicado el viernes, diciembre 02, 2016 por La enfermedad de las Turas

Sin comentarios

miércoles, abril 20, 2016

 No es bueno llegar a la primavera con los deberes hechos. Entras en la rutina de ganar, ganar y ganar, y llegan las jornadas decisivas y miras más lo que hacen aquellos para quienes el curso ha sido un mero trámite, que lo que verdaderamente te gusta, que es ganar, ganar y ganar. Te crees indestructible, joder, cómo no, si estás en Marzo y aventajas en 11 puntos al segundo de la clase, que es aguerrido, firma una de las temporadas de su historia y aunque gana a todo el mundo, no puede contigo. Piensas que para que todo termine tan sólo hay que dejar pasar el tiempo, quizás leyendo a los modernistas, preocupado por la belleza; tu belleza, porque no sólo ganas, es que encima en cada partido dejas un soneto en alejandrinos o una salutación escrita en hexámetros. Así que sí, que lo mejor es que el tiempo se diluya como una mancha de aceite en un calcetín y ya el año que viene Dios dirá.
Cada derrota que sufras de aquí al final ni siquiera se contará en los libros de Historia. Qué más da. Acudes a la contienda bien peinado y bien perfumado, y tratas al balón de forma delicada, al trote, despacio y en horizontal. Eres jodidamente bueno y tarde o temprano la pelota entrará, puede que más de una vez, donde mejor se encuentra, acunada en el vientre de la portería. No importa que sea el Real Madrid el que venga a chafarte la tarde de un sábado. Ya nada ni nadie puede estropearte tus plácidos fines de semana. Se pierde, y qué, aún la ventaja es suficiente. Te duchas, te peinas, te abrochas el último botón de la camisa y pides comida en el chino. El miércoles sí hay que darlo todo, vienen los mismos quisquillosos de siempre a ponerte contra las cuerdas. Sufres. Se ponen 0-1, pero como siempre, ganas. Lo siguiente es un trance habitual. Anoeta, que no es un estadio modernista una tarde noche de domingo, sino triste y melancólico como un verso de Machado.
Ahí te das cuenta de que algo no va bien. Te marcan, y aunque queda mucho tiempo para que ocurra lo de siempre, que ganes, te quedas sin respuestas. Lo achacas al cansancio de entresemana, esos quisquillosos de rojiblanco de verdad que fueron duros. Quizás sea un traspiés doloroso, pero puede que venga bien para espabilar. Te ha ocurrido como al estudiante perezoso que llega de clases y se promete, convencido, que la siesta va a durar una hora. Sin embargo, cuando abre los ojos, el sol no tiene el color que debe tener y se marcha bostezando por la espalda de los edificios. Todo va a salir bien, te dices, todo va a salir bien.
Pero, carajo, el miércoles hay barro. Mucho barro. Te encuentras en medio de una histeria que ni siquiera has visto llegar. No se puede fallar. Estos del Manzanares vienen con cuchillos en los dientes, aunque de nuevas. Ya has vivido eso mismo en Stamford Bridge y ha pasado lo de siempre, que ganas. No. No ganas. Algo va mal. Tus compañeros tienen los ojos negros. Las piernas tiemblan. Has llegado a la primavera con los deberes hechos para la victoria y ahora resulta que tu máximo rival está en semis y tú no. Que puede que haya Undécima y tú no estás presente para hacer lo de siempre, ganarles. Bueno, aún quedan dos competiciones. El calendario es fácil, y el siguiente partido lo juegas en casa.
Y no. Que no. Que se adelantan en tu campo 0-1 y cuando esperas que llegue lo necesario, el descanso, resulta que el balón se cuela elegante por un hueco leve y te hacen el segundo. Y ahí ya sí que sí. Tomas consciencia de que estás en el final y has alimentado al mismo demonio que alimentaste tantas veces otros años. Rijkaard, Ronaldinho. Pero viene A Coruña, donde se ha ganado una liga, donde va a pasar lo de siempre, te repites, que ganas...

Publicado el miércoles, abril 20, 2016 por La enfermedad de las Turas

Sin comentarios

martes, abril 05, 2016

Llegué de trabajar como un día normal. Uno, cuando llega a casa después del trabajo, siempre tiene que hacer el mismo ritual, como una abuela cuando va a misa, que entra en la iglesia, compra una vela roja, la enciende y ya después si eso se acomoda para rezar. Dejé mis cosas en mi habitación y me senté a comer. Mi padre miraba la televisión, como siempre. Yo, también como siempre, dije <<buenas>> para saludar, sin esperar ni siquiera una respuesta por parte de nadie, porque a esas horas no hay nada más importante que el plato que tienes delante. Pero mi padre contestó, claro que contestó, con una frase sentenciosa que lo único que pretendía era herir la paz incomprensible de la salita. <<Abri, Cruyff se ha muerto>>. No tenía ánimos para entablar una conversación con él que versara sobre la ligereza en el fútbol y sobre quién había marcado una época más gloriosa en el Barça, así que contesté <<hostias>>, y me concentré en el plato que tenía enfrente.  Ya pasados varios días,  no he podido dejar de pensar en la muerte de Cruyff y en mi padre.
Desconozco los motivos por los cuales mi padre es culé hasta para elegir sofá. Me gusta pensar que es del Barça porque el club significaba para él un recurso épico contra el franquismo de su infancia, algo parecido a lo que pensaba Manuel Vázquez Montalbán, y que Cruyff representaba una clara victoria contra el Régimen. Sin embargo, creo que es cruyffista porque desde que nació mi padre hasta 1994, el F.C. Barcelona había vivido sólo dos momentos gloriosos -un 0-5 en el Bernabéu y el Dream Team-, y en los dos Johan mandaba tranquilo e imperturbable, vestido con sandalias y una toga de lana cayéndole sobre el cuerpo. Puro fútbol. Es tan cruyffista que una vez me hizo grabarle un Argentina-Holanda del Mundial de Francia porque no lo podía ver, y aunque Cruyff nada tenía que ver con esa selección de Holanda, era holandés, y a Holanda se la defiende en mi casa como a la última letra de la hipoteca.
Yo, barcelonista prófugo, tengo malos recuerdos de Cruyff dirigiendo el banquillo del F.C. Barcelona, pues coincidí con la época de los Cuéllar, Kodro, Prosinecky, Eskurza, Korneiev, y una serie catastrófica de fichajes que auparon al Barça a la burla más sarnosa y a los comentarios más feroces en mi contra por parte de los viejos sin escrúpulos que bebían manzanilla con mi abuelo en el bar. (Artículo completo en Andalucía Información)

Publicado el martes, abril 05, 2016 por La enfermedad de las Turas

Sin comentarios