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martes, septiembre 24, 2019


A mi amigo Chiqui

Mientras otras ciudades, desde principios de septiembre, acarician con desgana la manta otoñal con que este mes las envuelve, en nuestra ciudad, Arcos de la Frontera, aún contemplamos el trasero del verano que colea como el rabo de un perro. Alargamos de manera natural el estío, con la misma sencillez y espontaneidad con que una bailarina sonríe mientras baila con la punta del pie. Si Juan Carlos Aragón hubiera nacido en Arcos de la Frontera, no habría podido escribir “Septiembre es el llanto de un mes / de un verano después / de un amor que se ha ido”, o el mismo Juan Bonilla tampoco podría haber finalizado su poema Muchachas de septiembre con los versos “sabremos que el hastío ha vuelto a derrotarnos, / sabremos que perdimos otro verano más. / Que nos ganó la vida una trivial batalla”, simplemente, porque no existe el espacio-tiempo fin de verano en nuestro septiembre. Si argumentáramos esto a cualquier amigo de otro lugar del mundo, éste se extrañaría, y sin duda alguna pediría las causas, los motivos por los cuales este suceso. Nosotros, acostumbrados a la sorpresa ante tal singularidad, sentenciaríamos: En Arcos no termina el verano hasta que no termina la Feria.
La Feria de San Miguel es nuestro escudo, el parapeto con el que nos defendemos de la pronta llegada del otoño. Aún nos quedan fuerzas en septiembre para ir a la playa, siempre con la excusa en la boca de que hay que estar morenos para la feria. Además, en septiembre también guardamos argumentos suficientes para dejar las tareas inútiles para otro momento, porque si cualquier ciudadano posterga sus promesas para año nuevo, el arcense lo hace para después de Feria. Quiero decir, que un arcense va a empezar a estudiar las oposiciones después de Feria, va a ir al gimnasio después de Feria y va a empezar la dieta después de Feria. Así pues, queridos, ¿no es la Feria de San Miguel una seña intrínseca del arcense?, ¿no es la festividad más limpia -con limpia me refiero a libre de cualquier convención social- que tenemos?, ¿acaso importa algo en Feria, acaso no bailamos con la misma efusividad sevillanas de Los del Río que canciones de Duncan Dhu, Los Chanclas o Don Omar? Yo os digo: Bienaventurada la Feria porque hace que nos riamos , Bienaventurados aquellos que bajan a la Feria, que viven la Feria, que no traicionan nuestro emblema contra las garras oscuras del otoño por disfrutar de un todo incluido.
A veces no he podido estar en Feria. En esas ocasiones sólo he pedido una cosa a mis amigos: que me envíen una foto bebiendo Tío Pepe. Mis amigos, sabedores de la importancia del Tío Pepe en Feria, nunca me faltaron. Porque esa es otra, los ritos y las bandas sonoras que se repiten año tras año con los amigos: el día tal que reservas para almorzar con ellos, la tarde cual en la que vas a ver un concierto con ellos, la noche en la que terminas a grito pelado cantando Maradó, Maradó con ellos,siempre con ellos, con los que permanecen todo el año en el pueblo y con los que vienen exclusivamente para esa fecha, la Feria de San Miguel, a finales de septiembre, marcada en el calendario como cita ineludible para la amistad. Porque de eso se trata, de la amistad. “La amistad es dos hombres / que vuelven de la feria, o de la vida, / (que vuelven de la feria que es la vida) / hermanados, riéndose, llorando / con los brazos al hombro y los ternos sucios, dicen unos versos de Pedro Sevilla. Hagámosle caso, pues, ensuciemos nuestros zapatos de albero y celebremos la amistad en la Feria, la Feria de San Miguel, a finales de septiembre, ya saben, el auxilio del arcense contra las zarpas sombrías del otoño.

Publicado el martes, septiembre 24, 2019 por La enfermedad de las Turas

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viernes, abril 15, 2016

 Mi madre todavía me pregunta qué quiero ser de mayor. Lo hace seria, tanteando el terreno mientras me acerca sigilosa un bocadillo de nocilla. Yo me pongo solemne para dar la respuesta. Me aprieto bien el nudo de la corbata y me abrocho la gabardina hasta el primer botón de la camisa, para hacerlo lucir. Acto seguido, doy un mordisco al bocadillo, carraspeo para coger buen tono y afirmo que quiero ser rico como Mario Vargas Llosa, ganar el Cervantes, el Príncipe de Asturias y el Nobel. Por ese orden. Nada cercano al futuro como escritor provinciano y profesor de instituto que me espera.
De hecho, ya inicio mi carrera escribiendo en el periódico de mi pueblo. Mi abuela el otro día me preguntó orgullosa si yo estaba escribiendo en él. Quise contarle que mi intención era la misma que la de Antonio Muñoz Molina cuando comenzó a escribir en el Diario de Granada. El novelista cuenta que se presentó en la redacción del diario porque no le publicaban nada y ansiaba que sus palabras desprendieran tinta. Sentirse escritor. Algo parecido a lo que hice yo en la redacción de este medio. La trayectoria del escritor de provincias se urde acercándote al abrazo frío de una columna, como un capo de la mafia busca consuelo zambulléndose en los brazos de su padrino, implorando que su mujer no se encuentre un pez crudo en el felpudo de su ático.
Somos los escritores de provincias seres entrañables. Nos paseamos incomprendidos por las estrechas calles de nuestros pueblos, con los brazos enlazados detrás de la espalda, buscando un verso a la tarde, que nos caiga la gota exacta de una idea suntuosa para una novela, quizás la abuela del vecino de un amigo que perdió a su marido en la Guerra Civil y sacó adelante a siete hijos. La gente del pueblo se sentiría orgullosa de esa novela, pensamos, y nos dirigimos acelerados a casa para escribirla en pocos meses y que el Ayuntamiento nos la publique con 500 ejemplares. Porque los escritores provincianos escribimos sobre todo para que nos lea la gente de nuestro pueblo. Somos como aquellos versos de Pedro Sevilla, en el poema titulado Mi madre, donde el poeta le confiesa el único e incontestable motivo por el que se dedica a esta tarea de borronear papeles: <<Si escribo es porque tengo / una deuda con tus ojos de lluvia; / para que llores menos, si es posible, / y digan los del pueblo: / esa vieja de luto es la Angelina, / que le ha salido un hijo que hace versos / y escribe en los periódicos>>. Todo se reduce a eso, a que los del pueblo hablen de ti, y si eres bueno, a que tus alumnos te lean y te pregunten por qué escribiste esta o la otra cosa.
A veces el escritor de provincias cree que su obra está poco reconocida, o que si da un poco más de sí, puede escribir algo que interese a las grandes editoriales. Quién sabe si un diario. Pero lo escribe y de las editoriales tan sólo recoge un silencio largo e imperturbable que entra por el vientre y se acomoda en la garganta. Entonces piensa en el suicidio, como el protagonista del relato Diario de un escritor fracasado, de Juan Bonilla. Y tampoco es eso, hombre. No si en tu pueblo existe un periódico con falta de columnistas que generosamente va a ofrecerte un acogedor hueco semanal para que te sientas escritor. Así que aquí me veo, escribiendo en el periódico de mi pueblo, trajinándome una excelente carrera como escritor de provincias que esté a la altura de mis antecesores, repitiéndome lo mismo que dice el comisario que entra en la funeraria del señor Mozzarella, en Con faldas y a lo loco, y descubre que detrás se encuentra un bar clandestino: <<Las cosas hay que hacerlas bien o no hacerlas>>.

Artículo publicado en Arcos Información (15/04/2016)

Foto: Con faldas  y a lo loco.

Publicado el viernes, abril 15, 2016 por La enfermedad de las Turas

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martes, septiembre 30, 2014

El final del verano no es más que una derrota dulce -si es que existen las derrotas dulces-  la cual nunca esperas que llegue. Sabes que la felicidad acabará por meterse en cualquier rendija de tu patio, escabulléndose como el rabo de una rata, para dejar paso al no sé qué de tristeza que olemos desde lejos. <<Sabremos que el hastío ha vuelto a derrotarnos, / sabremos que perdimos otro verano mas. / Que nos ganó la vida una trivial batalla.>>, nos dice Juan Bonilla en un poema titulado Muchachas de septiembre. Una sentencia de manual si no fuera porque en mi pueblo, Arcos de la Frontera, el verano es capaz de prolongarse hasta bien entrada la hojarasca amarilla del otoño.
Aquí tuvimos la destreza de alargar el verano, lo cual no debería ser una mala noticia, de no ser porque el otoño tiene la habilidad de meterse de sopetón por la ventana de tu salita, ya sea 21 de septiembre, 29 o principios de octubre. No importa, es un clima establecido en mi pueblo para el día después de la festividad patronal, que celebramos con una feria. Podríamos haber hecho como en cualquier otra parte de España, donde reciben el otoño a principios de septiembre, lo mismo un miércoles o un jueves o un sábado, si es este último día mejor, pues acoges la tristeza armado de gin tonics. Aquí no. Aquí colocamos la festividad patronal al final de septiembre y le damos al lunes la capacidad de aniquilarnos, de que nos eche por encima un manto de oscuridad. Recuerdo el final de la feria de mi pueblo de hace tres años. Durante la fiesta bebí con la conciencia débil, sin saber que cada chupito que entraba en mi garganta como un raquetazo era un manojo de avispas haciendo un nido de resaca. Cuando desperté, después de tres días bebiendo que me parecieron uno, sólo pude atinar al desconcierto que me provocaban los zumbidos de avispa de la resaca pasando al lado mío. Estuve doce horas seguidas en la cama oyéndolas con la sábana cubriendo mis ojos. Al día siguiente le dije a un amigo que <<la sábana ardía; que aquello era la sábana de la muerte>>.
Lo mejor sería huir, como antes se huía. A la facultad, a pelarle papas a tu madre o al bar de tu amigo para emborracharte más y no verle los ojos rojos a la resaca. Pero la escapatoria sólo era posible antes. Ahora la tristeza que trae consigo la resaca está también en las calles del pueblo. Puedes oír, a lo sumo, dos o tres motos cuyo destino es una de mis mayores incógnitas durante ese día. O puedes ver a mujeres vestidas de negro caminar calle arriba como si arrastraran un sembrador con la espalda. Son como las ánimas que pululan en Comala, el pueblo de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo. Precisamente, ese día en que se ha acabado nuestro verano me recuerda a un pasaje de la novela de Rulfo, cuando Damiana Cisneros, sumergida desde su cama en la noche, bajo la luz de una luna triste, oye continuos bramidos de toros, y dice: <<Esos animales nunca duermen. Nunca duermen. Son como el diablo, que siempre anda buscando almas para llevárselas al infierno>>.
Lo mismo ocurre con el día de después de feria en mi pueblo. Nunca duerme, bramándonos en el oído, para recordarnos que su día va a llegar, que la felicidad dura lo que dura el verano, que lo vamos a sentir aunque hayamos huido de la feria a un hotel a pie de playa. A esas personas, que aparecen vestidas de verano en el día crucial de su fin, les llega la hora en cuanto se quitan la pulsera de Todo incluido.  

Foto: Días sin huella. 

Publicado el martes, septiembre 30, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, mayo 19, 2014

 Hay personas que nacemos predestinadas al aburrimiento. La sombra del tedio, que yo imagino que nace de los glaciares, es capaz de extenderse hasta el insomnio. Uno realiza mil tareas para combatirlo, como planchar a las tres de la madrugada, o ir a mear cada dos minutos, o pelar cebollas para el almuerzo del día siguiente, o doblar calcetines, tareas, que en definitiva, no son más que una llamada de socorro. En ese instante en el que crees que has hecho más cosas durante el día de las que se establecen como obligatorias, te das cuenta de que aún te ha sobrado tiempo para aburrirte. Es cuando quieres bajar a una cabina y llamar al 1004, como cuando eras pequeño y te habías cansado de ser feliz, e ibas con un amigo tuyo a una cabina y lo marcabas: <<¿Qué número de teléfono desea solicitar?>>, te preguntaba el contestador. Tú elegías al azar <<Enrique Ballano Matasuegras>>, nombre que el contestador daba como existente y al que llamabas acto seguido. <<¿Sí, dígame?>>, <<Enrique, eres un hijo de puta>>, y colgabas.
Al aburrimiento se le acuchilla mediante llamadas. Me causan asombro las personas que tienen la capacidad de llamarte por cualquier cosa, como los amigos que te llaman porque no saben si dejar a su novia. Yo, en cambio, sólo llamo a mi madre cuando la necesidad me urge, cuando no encuentro el cinturón del pantalón o no sé qué hacerme de comer. Otro caso bien distinto es que te llame tu madre a ti, seguramente al otro lado del teléfono la cólera dará arañazos en tu oreja. Un día, a mi amigo lo llamó su madre. Mi amigo, como todos los sábados a las doce de la noche, estaba borracho. Cuando llegó a su casa, su madre le dijo que su abuela había fallecido. Mi amigo no sabía muy bien qué había oído, porque algo se le acumulaba en la garganta, así que giró la cabeza a la izquierda y vomitó en la pared, su madre comenzó a gritar, así que mi amigo giró la cabeza a la derecha y vomitó en el sofá. Su madre gritó más alto y comenzó a hacerle preguntas a modo de lamentos, a lo que mi amigo contestó: <<joder, mamá, qué pesada eres, pareces la madre de Tony Soprano>>, y se desplomó en el sofá con todo el peso de la borrachera. Hay llamadas que están hechas a deshoras.
Precisamente, en hacer llamadas a deshoras es en lo que pienso cuando el aburrimiento ha allanado las paredes del salón por la madrugada. Piensas en pertenecer a la banda de Las Musarañas, como en el relato de Juan Bonilla titulado así, Las musarañas, en el que un hombre no puede dormir porque un día otro hombre que no podía dormir lo llamó de madrugada. El hombre que llamaba le explicaba que llevaba seis meses sin dormir, y que para combatir el aburrimiento abría la guía de teléfonos y telefoneaba a la gente. También le explicaba que quería fundar una banda de insomnes que se encargara de mantener constantemente la ciudad despierta. Una llamada fortuita, intempestiva, es capaz de arrastrar a otra persona al desierto de horror que es el insomnio. 
Yo en Alemania no entiendo la guía de teléfonos. Tampoco sé alemán, así que si se diera el caso de poder llamar no podría hablar con mucha gente. Aunque en el sitio donde vivo, hay otros seres a los que el aburrimiento los trasquila. Mi casa está en una urbanización tranquila de un pueblo tranquilo a las afueras de Hanóver. También está dentro de un geriátrico. Todos mis vecinos son personas mayores que tiran del aburrimiento como de su silla de ruedas. Por las noches, en las que pasa un coche a cada hora, suele ser habitual oír la voz de un hombre, que busca respuestas, pero que no recibe más que el silencio y si acaso el eco que haga su voz. Ese hombre pregunta todos los días a Marian por su esposa. Marian le tiene que decir que su esposa está muerta, y él le dice que tiene que avisar a sus hijos, y Marian le responde que sus hijos ya lo saben. Hallo!, hallo!, hallo!, grita el hombre la mayoría de las noches. A lo mejor llama a su mujer, o a lo mejor llama a la banda de Las Musarañas, aunque creo que espera que al otro lado conteste la muerte. 

Foto: Los Soprano. 

Publicado el lunes, mayo 19, 2014 por La enfermedad de las Turas

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