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miércoles, abril 20, 2016

 No es bueno llegar a la primavera con los deberes hechos. Entras en la rutina de ganar, ganar y ganar, y llegan las jornadas decisivas y miras más lo que hacen aquellos para quienes el curso ha sido un mero trámite, que lo que verdaderamente te gusta, que es ganar, ganar y ganar. Te crees indestructible, joder, cómo no, si estás en Marzo y aventajas en 11 puntos al segundo de la clase, que es aguerrido, firma una de las temporadas de su historia y aunque gana a todo el mundo, no puede contigo. Piensas que para que todo termine tan sólo hay que dejar pasar el tiempo, quizás leyendo a los modernistas, preocupado por la belleza; tu belleza, porque no sólo ganas, es que encima en cada partido dejas un soneto en alejandrinos o una salutación escrita en hexámetros. Así que sí, que lo mejor es que el tiempo se diluya como una mancha de aceite en un calcetín y ya el año que viene Dios dirá.
Cada derrota que sufras de aquí al final ni siquiera se contará en los libros de Historia. Qué más da. Acudes a la contienda bien peinado y bien perfumado, y tratas al balón de forma delicada, al trote, despacio y en horizontal. Eres jodidamente bueno y tarde o temprano la pelota entrará, puede que más de una vez, donde mejor se encuentra, acunada en el vientre de la portería. No importa que sea el Real Madrid el que venga a chafarte la tarde de un sábado. Ya nada ni nadie puede estropearte tus plácidos fines de semana. Se pierde, y qué, aún la ventaja es suficiente. Te duchas, te peinas, te abrochas el último botón de la camisa y pides comida en el chino. El miércoles sí hay que darlo todo, vienen los mismos quisquillosos de siempre a ponerte contra las cuerdas. Sufres. Se ponen 0-1, pero como siempre, ganas. Lo siguiente es un trance habitual. Anoeta, que no es un estadio modernista una tarde noche de domingo, sino triste y melancólico como un verso de Machado.
Ahí te das cuenta de que algo no va bien. Te marcan, y aunque queda mucho tiempo para que ocurra lo de siempre, que ganes, te quedas sin respuestas. Lo achacas al cansancio de entresemana, esos quisquillosos de rojiblanco de verdad que fueron duros. Quizás sea un traspiés doloroso, pero puede que venga bien para espabilar. Te ha ocurrido como al estudiante perezoso que llega de clases y se promete, convencido, que la siesta va a durar una hora. Sin embargo, cuando abre los ojos, el sol no tiene el color que debe tener y se marcha bostezando por la espalda de los edificios. Todo va a salir bien, te dices, todo va a salir bien.
Pero, carajo, el miércoles hay barro. Mucho barro. Te encuentras en medio de una histeria que ni siquiera has visto llegar. No se puede fallar. Estos del Manzanares vienen con cuchillos en los dientes, aunque de nuevas. Ya has vivido eso mismo en Stamford Bridge y ha pasado lo de siempre, que ganas. No. No ganas. Algo va mal. Tus compañeros tienen los ojos negros. Las piernas tiemblan. Has llegado a la primavera con los deberes hechos para la victoria y ahora resulta que tu máximo rival está en semis y tú no. Que puede que haya Undécima y tú no estás presente para hacer lo de siempre, ganarles. Bueno, aún quedan dos competiciones. El calendario es fácil, y el siguiente partido lo juegas en casa.
Y no. Que no. Que se adelantan en tu campo 0-1 y cuando esperas que llegue lo necesario, el descanso, resulta que el balón se cuela elegante por un hueco leve y te hacen el segundo. Y ahí ya sí que sí. Tomas consciencia de que estás en el final y has alimentado al mismo demonio que alimentaste tantas veces otros años. Rijkaard, Ronaldinho. Pero viene A Coruña, donde se ha ganado una liga, donde va a pasar lo de siempre, te repites, que ganas...

Publicado el miércoles, abril 20, 2016 por La enfermedad de las Turas

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martes, marzo 11, 2014

 Para que la vida no te atropelle de sopetón, es bueno no acudir al pasado. El pasado hay que auscultarlo minuciosamente. Ya Darío dedicó un poema a las personas que auscultan el dolor por la noche, y por extensión, sabemos que casi todos los dolores provienen del pasado. Darío lloraba en su poema Nocturno entre otras cosas la pérdida de un reino. Todo el mundo tiene un reino que proteger. Hay quienes tienen que proteger una hegemonía y quienes, como yo, protegen el recital semanal de empuñar una Fosters de medio litro. Se puede dejar de comprar el pan, incluso de ver el fútbol, pero a una Fosters no se falta. Después que sea lo que dios quiera.
Para proteger un reino hay que saber no quedarse sin respuestas. Don Draper, a base de tapar los agujeros de su pasado y de cambiar decisiones en el momento preciso, sigue manteniendo su dominio en el mercado publicitario. <<El cambio no es bueno ni malo, es simplemente cambio>>, dijo alguna vez. Aunque su castillo de fichas de dominó parece que pronto será derruido por el toque minúsculo del dedo índice del destino, Don Draper sigue disfrutando de Manhattan gracias a su control sobre el pasado. No le pasó lo mismo a Gregorio Olías, el protagonista de Juegos de la edad tardía, de Landero. Olías era de esas personas que construyen una familia por costumbre. Tenía un trabajo normal, una mujer bondadosa y una suegra inaguantable. De niño quería ser poeta. Un día, una llamada despierta de sopetón su pasado. Con la llamada de Gil, un compañero de trabajo que tiene que hacerle los pedidos de la empresa, Gregorio se zambulle en su pasado e intenta vivir en él. El resultado es desastroso. Pierde su reino, el del sosiego del hogar al que estamos destinados los mortales sin ningún don, por no saber auscultar que lo de ser poeta eran chiquilladas.
Para perder un reino no hace falta ser Gregorio Olías. También los poderosos son capaces de perder reinos. Tan sólo hay que leer cualquier novela de Fitzgerald para darse cuenta. Pero la pérdida de un rico es lenta, tiene margen para esconder carencias y un pasado glorioso al que agarrarse. El Barça, al que no hace mucho le brillaban los zapatos y tenía la corbata bien anudada, le está pasando eso mismo, tiene un pasado espléndido al que agarrarse. En lugar de asumir el problema, se viste con el mismo traje, se echa el mismo perfume y sonríe de la misma forma. Pero va de resaca a los sitios. Quizá el Barça necesite olvidarse de si tiene la camisa coja. Es momento de sobrevivir, pero sin acudir al pasado, no vaya a ser que le ocurra como a Joe Gillis, el protagonista de Sunset Boulevard. Gillis intenta sobrevivir y pagar su hipoteca aprovechándose del pasado de una actriz de cine mudo que no acepta que sus días de gloria ya pasaron. Al Barça los días de gloria se le pasaron, pero se empeña en vivir en una mansión de Sunset Boulevard, inconsciente, quizás, de que un día puede amanecer flotando, como Joe Gillis, en una piscina. 

Foto: Sunset Boulevard, Billy Wilder (1950)  

Publicado el martes, marzo 11, 2014 por La enfermedad de las Turas

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lunes, octubre 28, 2013


 Creo que mi hermana cumplía su sexto aniversario y mi hermano su quinto. En el salón de mi abuela materna olía a tarta de galletas, los vasos de plástico parecían pisoteados por caballos y en torno a los dos cumpleañeros se disponía un corro de chillidos, palmas y risas que avecinaban los regalos. Tras la resaca del jolgorio, mi tía abuela Luisa se acercó a mis hermanos para darles su obsequio, que eran dos juguetes de los que no recuerdo ahora forma ninguna. Pero se le quedó en los brazos un tercer objeto liado en papel, que bondadosa me acercó al rincón donde me encontraba para no usurpar espacio a los protagonistas. Su regalo eran dos libros. Yo me marché a una habitación herido en mi orgullo y rompí a llorar, también quería cacharros con los que jugar y en ese momento la lectura no me servía de nada.
Ahora, con el tiempo, esa breve anécdota me sirve para calcular cuánto es de larga mi relación con la literatura, la lectura y la escritura. Los siguientes años discurrieron enfrascados en novelas de terror, ensimismado con las aventuras que narraban Julio Verne o Emilio Salgari. Debajo de mi casa un hombre del que nunca he sabido su nombre tenía -aún tiene- por costumbre montar un tendedero de libros. Yo me embobaba mirando los títulos y mis padres, viendo que el niño se entusiasmaba más mirando esos libros viejos, baratos y gastados que en un pasillo de Hipercor, no objetaban ningún inconveniente en comprarme los dos o tres que les pedía (ya cursadas algunas asignaturas de Filología Hispánica, cuando paso por el tendedero de libros y analizo sus ediciones, gesticulo una risilla sarcástica. Pero algunas gotas de sabiduría no podrán empañar el cariño respetable que le tengo a ese hombre y a esos libros).
Pero no toda la literatura es aventura. Cuando los primeros soles de la adolescencia asomaban sus dedos amarillos por las rendijas de mi saber literario, yo ya estaba ocupado por una tristeza rara. La lluvia en los cristales de Machado, la postrera sombra de Quevedo, los silencios misteriosos de Darío; todos y cada uno de esos elementos habían invadido sin yo conocer a sus autores mi “alma funesta”. Ya más tarde, cuando me inmiscuí en esas graves páginas llenas de desdichas, no podía creer que figuras tan importantes para la literatura española podían coser en sus escritos los sentimientos de un adolescente tan insignificante como yo. En realidad, era yo quien me camuflaba en esos poemas para que mis sentimientos se vistieran de ritmo y de lírica.
Comencé a escribir sonetos con un ritmo enfermizo. Sonetos angustiosos, llenos de dolor ficticio y de paisajes oscuros. Conocí a la poeta Mª Jesús Ortega, que ya había sido mi profesora, y con ella descubrí cómo apostillar las nervaduras de los poemas. En 2006 publicó un espléndido poemario que me firmó de esta forma: “Para Abraham, herido, tocado inevitablemente por el repique maravilloso, doloroso... especial de la poesía”. Esta dedicatoria la llevo sellada en el pecho. No rehusó Mª Jesús de utilizar los términos herido y tocado, como tampoco doloroso.
Todavía me pregunto de dónde ha venido ese dolor y por qué esa herida. Qué tipo de fuerza es la que te desplaza hacia esa tristeza incierta. Con los años he conocido a más gente como yo, gente tocada y herida por el dolor suave y constante de la literatura, la escritura, la pintura, la lectura... víctimas inconscientes de que fueron procreados por la silenciosa e indomable enfermedad de las turas.

Foto: Woody Allen. 

Publicado el lunes, octubre 28, 2013 por La enfermedad de las Turas

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